Tu ausencia me amarga el día, la noche, la vida; odio sentirla tan cerca, tan poco ajena, tan mía. Antes tenía la costumbre de que, en cuanto abría los ojos al despertar, volteaba a la izquierda de la cama para cerciorarme de tu presencia y desde hace algunos días sólo he de confirmar que junto a mí, taciturna, yace tu ausencia; y la detesto, sin embargo, no le faltaría al respeto, ya que fielmente a ti y a tu huida permanece en la casa, guardándote cada rincón que sigue siendo tuyo. Tu antítesis se ha equivocado de ornamento, y me hace y me deshace, adorno cuando lloro y temo cuando no, porque mi madre me ha hablado de dependencia y soy el sentido puro de necesitar, te anhelo, y me basta tu simple estado de abstracción para sentir el éxtasis que adjudica el vivir. Tu ausencia, tu antítesis o tu símil, es pseudo dependiente de mí y me persigue en el trabajo, se presenta cuando pasan las horas, y no llegan tus llamadas, ya se me ha hecho costumbre revisar si el teléfono de la oficina no se encuentra descolgado, no vayas a llamar y no responda; se sienta frente a mí durante el desayuno, el almuerzo y la cena; suele mirarme todo el tiempo y a veces conversamos; tiene la costumbre de repetirme que no regresarás, y mi paranoia me sugiere que ambiciona abandonarme, porque si te supero no importa, si te olvido no existe, y si te sigo esperando se queda; entiendo que de cualquier manera requerirte es insensato y más irracional es que, teniendo tus cenizas en la sala, crea todavía que vas a volver.

Aymee Hernández Vásquez, Lingüística y Literatura hispánica. BUAP