Dougall

I

Mi hermosa ballena de acero resplandece, se abalanza, abre paso por entre el resto. Las localidades están agotadas, todos estamos ansiosos mientras admiramos el espectáculo. Vemos cómo se despliegan las paredes a nuestro alrededor; nos balanceamos unos contra otros, en la misma caja con envolturas de diferentes tonalidades. Nos gusta mirarnos como extraños, envueltos en el calor de cada uno de nosotros. Silenciosos, inquisitivos, viajamos por el mismo torrente desde hace casi cinco centenarios. Un pitido agudo nos interrumpe, miramos desconcertados. Uno, dos, tres. El pavimento florece debajo mío. El mamífero metálico se aleja. Sigue habiendo un nosotros.

La señorita T está sentada al fondo del camión. Debe estar en 40 minutos exactamente en su habitación si no quiere que el imponente señor R vuelva a golpearla. De todas maneras no le importa: según sus cálculos, pasarán 53 minutos hasta que ella empuje la pesada puerta de madera del hogar.

Ensimismada en estas reflexiones, la señorita T no nota cuando un hombre trepa al camión y, al no encontrar asiento, queda de pie frente a ella. La lluvia sigue cayendo y hace que las personas, pobres criaturas humanas, huyan buscando refugio. Una de estas víctimas, la vieja Señora H, cruza descuidadamente la calle y termina debajo de un desvencijado camión. La Señorita T, unos 12 automóviles detrás del suceso, mueve el pie derecho nerviosamente y consulta su precioso reloj de muñeca. Disfruta la posición en que se encuentra antes de ser arrojada al suelo por el señor R en 48 minutos.

II

Hoy se terminó la mermelada. No importa el sabor, ya no hay. No estás aquí de nuevo y simplemente tomo el tarro entre mis manos y me siento a esperarte.

Hace apenas una semana fuimos a comprar cajas y cajas de mermelada. Muchos colores, más sabores, todas llevadas por tus robustos brazos hasta casa. Desde que vives conmigo nunca ha faltado la mermelada. Tarros y tarros vacíos rodean los pasillos y umbrales.

¿Por qué no estás aquí? La ventana asemeja un enorme frasco transparente. Te gusta la mermelada roja porque piensas que es más alegre. Yo prefiero la de durazno: suave, tersa, delicada.

Quisiera recostarme en la cama para esperarte pero está llena de cajas vacías. No sé en dónde meterlas. ¿En dónde se guardan los tarros vacíos de mermelada? Siempre solemos ir por más antes de que se termine. A veces te hostiga, pero sabes que me encanta.

Tengo miedo. Espero que traigas más mermelada. Los frascos hacen mucho ruido cuando me tropiezo con ellos. Entre los ecos escucho tu regreso.

No puedo esperar más. El tarro que está entre mis manos ha resbalado. Siempre usas los tarros vacíos para poner tulipanes artificiales. No quiero más flores, necesito mermelada. ¿Cómo puedes dejarme con este frasco vacío? ¿No dijiste que también te gustaba la mermelada? Los tulipanes también se marchitan, ¿no lo sabías?

Nunca me ha gustado ese estúpido florero. No pises los vidrios regados cuando regreses. Tampoco traigas más mermelada: sabes que no volveré.

III

-Señorita, ¿me da permiso?

La Señorita T regresa sideralmente al camión envuelto en la lluvia. Voltea y ve a la mujer gorda y sudorosa que hace unos momentos la interrumpía con balbuceos. Qué molesta es esta gentuza. La Señorita T levanta su ovoide trasero y deja que la vieja adiposa salga al pasillo, vuelve a sentarse y toma el tibio lugar que quedó vacío del lado de la ventana. El hombre que hace unas cuadras había subido puede -¡al fin!- descansar su humanidad en el asiento del lado del pasillo. El camión sigue sin avanzar.

El tic tac de sus dedos es detenido por un líquido frío que recorre verticalmente su piel, a lo largo de la pierna derecha. La Señorita T dirige sus pupilas hacia la falda de rombos y ve una mano escabulléndose debajo. Sabe que no es suya porque sus extremidades superiores están ocupadas con el sudar que le provoca la textura de la mochila escolar. Voltea hacia el asiento de junto y descubre el rostro del hombre.

IV

Después de estar de pie durante 183 metros, el camión se detiene y el asiento frente a mí queda vacante. Quedo sentado junto a una muchachita uniformada, la misma de todas las tardes. Nunca la había visto en un día de lluvia: los cabellos empapados, la boquita tiritante.

Cuando era pequeño solía acurrucarme en mi cama en las tardes lluviosas. Escuchaba el bailoteo de las gotas hasta quedarme dormido; al despertar descubría el patio totalmente mojado. Clavo mi vista en tus ojos cuando volteas a otro lado. Te tomo de las manos y jugueteo con ellas; son delgadas y tersas, como siempre las imaginé. Las gotitas escurren por el cristal hasta quedar inertes, quietas entre el aire estancado. Sigues volteando a todas partes intentando evadir el tan-tan del aguacero. Las yemas de mis dedos recorren el camino de tu brazo, llegan danzando a tu hombro, se deslizan de puntitas a tu nuca y se encajan milimétricamente en ella.

Hoy no.

Hoy no es la lluvia la que golpetea el vidrio, la que se queda quietecita y empapa el patio; tampoco tu mirada y mi mirada que nos unen ni nuestros besos en clave de sol que rompen el aguacero. Hoy no es el chipi-chipi el que reboza en el cristal, son nuestras voces las que se azotan contra él y lo van agrietando, dibujan venas que se extienden por todo el jardín.

Me granizas en todo el cuerpo con un ritmo enfurecido y sin pausas. Me siento y me siento mar, con peces escurriéndose por mis manos y nadando entre la lluvia.

No sabes cómo siento tu piel salada en una tarde de mayo, como tu vaho exasperado hablando quedito, como tu enervante olor a hembra. Tampoco sabes cómo me dueles en cada silencio, en cada recoveco en que te escondes y no me encuentras y lloro y no sales y no regresas.

Siempre has sido una caprichuda. Cuando te vi por última vez, después de tu mueca de inconformidad, te diste la vuelta y caminaste meneando el trasero hasta desaparecer entre la muchedumbre.

Tardé tiempo en notarlo. Siempre aparentaste ser una mujercita dulce, honesta y conocedora de la urbanidad vigente. Te sigue gustando pintar en enormes óleos que exhibes como trofeos mientras escuchas lo más refinado de Schubert y recitas a Rimbaud. Cambias tu guardarropa cada temporada con la nueva tendencia recién traída de París y, detrás de tu careta de Teresa de Calcuta, te regocijas incansablemente de tu bien lograda imagen de perfección no intencional.

Diario buscas despertar fresca como una verdolaga de mayo; cuidas las calorías que entran a tu cuerpo en cada milímetro cuadrado de la cuchara; arreglas tu rostro por más de media hora frente al espejo antes de salir al pavimento que resuena bajo tus pasos.

El día de mi perdición en que te conocí fuiste la muchachita que todos esperaron: sonrisa implacable, comentarios atinados, delicadeza en los modales. Y, con una falsa modestia, recibiste los aplausos de todos los presentes.

Qué iluso fui -he sido- al postrarme ante la aparente fortaleza de tu porte. Sí, me dejaste entrar en tus más recónditos recovecos. Sí, por una vez en tu vida creíste querer de verdad.

Debo admitir que, como tú, creí haber hallado la verdadera forma del amor. Un amor celoso, apasionado, posesivo y esclavizado. Cada tarde me convencías de escuchar a los grandes clásicos del cello mientras desenredaba el hilo de tu bordado. Me destrozaban tus chillidos al cantar junto a la voz que salía del fonógrafo, me parecía absurdo cambiar de atuendo 4 veces al día. Pero nunca pude contradecirte porque nunca supe nada: ni bordar, ni escuchar, ni cantar, ni vestir ni cambiar.

Escribías cada viernes una columna que aparecería en el periódico dominical de la parroquia, pero el cura se ayudaba de los sacristanes para corregir las pobres y profanas incoherencias que plasmabas, segura de ti misma, en hojas rosa membretadas con el escudo que le habías inventado a tu apellido.

Procurabas que el color de tu ropa combinara con el clima, la humedad del ambiente, el color de tu cabello y el monumental maquillaje que aplicabas todos los días. Te gusta creer que las señoritas bien tienen un toque especial e instintivo para la delicada selección textil de cada día. Pero así como escogías minuciosamente tus vestidos, has escogido cruelmente a las personas: nunca has conversado con alguien quien no ha escuchado al menos 15 compositores europeos; desdeñas a las muchachas de tu calle que leen sonetos de amor que compran en el puesto de periódico de las esquinas; aborreces sin tregua a las damas que no son capaces de reproducir finamente algún cuadro de Delacroix. Porque nacida en cuna noble, siempre has creído delimitar las normas de lo que se debe y no hacer.

Quisiera explicarme cómo fue el momento en que comencé a formar parte de tus desaliñados versos. Ni tú ni yo ni nadie podrá dar testimonio de mi apertura en tu exclusivo mundo, cómo un ñengue señorito se abrió paso por entre las sombras y llegó a instalarse en ese palacio de mármol que es tu corazón. Pero así como fue instalado, atendido y adorado, fue arrojado brutalmente a los fosos del repudio entre los cocodrilos de tu vil y sórdida perfidia.

Esa última vez que te vi perdiste la vistosa compostura que te esfuerzas por mantener. Gritaste exasperadamente y escupiste la sarta de insultos que una niña de 8 años diría cuando han tirado su bola de helado. Tomaste tu bolso y saliste corriendo arrastrando el orgullo entre las patas.

Y ahora, después de tanto tiempo, te pido disculpas. Perdón por decírtelo tan tarde, por no evitar que te consumieras en tu infinita llama de Narciso. Perdón por no haberte detenido en tu inevitable viaje hacia la vanidad y la soberbia, por dejarte haber sido la perrita burguesa que siempre quisiste y que ahora te tiene postrada en esta cama, con solución salina en tus venas y patéticas costras horizontales en las muñecas. Discúlpame por hacerte creer que este mundo era tuyo y eras una reina que siempre mereció todo. Una pequeña princesa atrapada en un castillo de paja.

Cuando corte el oxígeno y comience la anoxia, quedarás inconsciente en 10 segundos, en 4 minutos iniciará la necrosis neuronal y en 6 minutos serás la inocente mártir que siempre quisiste. Aparecerás en primera plana el día siguiente y seguro todos lloraran por tu incompensable pérdida. Serás fotografiada, adorada, reconocida y finalmente olvidada entre tantas otras como tú. Comienza a contar.

V

Han pasado 13 minutos y, finalmente, el descongestionamiento permite al autobús continuar su recorrido. La Señorita T cree que sería muy descortés pedirle al hombre que retire su mano; además, le gusta cómo se siente. El hombre lanza una sonrisita tímida, la cual es respondida por la radiante y perfecta sonrisa de la Señorita T.

El camión sigue avanzando y en 20 minutos alcanza a la ambulancia que lleva el desfigurado cadáver de la pobre vieja Señora H. La mano del hombre comienza a frotar ansiosamente la ingle de la complacida Señorita T. Arriba, abajo. Cada uno de los dedos comienza a recorrer la naciente selva del sexo de la Señorita T: paulatinamente comienzan a acercarse al punto de placer, lo rodean juguetonamente hasta que lo palpan; primero con parsimonia, luego aceleran y lo pulen frenéticamente cual si fuera una oculta perla salobre.

Señorita T, déjeme volver a pellizcar sus suaves labios; repita todos los fonemas inexorables que salieron de su boca, vuelva a sonreír perfecta y radiante ante su desnuda inocencia. No importa que el furioso señor R noche tras noche le dé su implacable castigo, que los 53 minutos se reinicien y esta carretera se prolongue hasta el fin de la vida; vuelva a abrir la caracola que ayer nos dio tan lindos recuerdos. Póngase nuevamente la monísima falda de colegiala estúpida y mueva el pie derecho mientras recarga su cabeza en el vidrio de la ventana. Escuche otra vez el jadeo de su respiración, excrete nuevamente los 237 mililitros de sudor que empaparon sus pechos y su sexo y su frente.

Señorita T…

Señorita T…

Señorita…

Alan Robles, Lingüística y Literatura hispánica. BUAP