Oscuro. Oscuro. Me levanté y choqué contra algo metálico. Carajo. Me tapé la boca. Ja, ¡qué bruta! Hay días en los que olvido en qué lugares amanezco, que en realidad ya no vivo en casa de mi madre y ya no puede agarrarme a coscorrones o darme una bofetada. Carajo, carajo, carajo. Es una especie de mantram liberador. Carajo.

A tientas levanté mi ropa, me la puse, carajo. Carajo. CARAJO. ¿dónde estoy? ¿mi dinero? ¿dónde sale el sol? Pateé al sujeto que dormía a mi lado, pero no respondió… ¿y si está muerto? Ni madres, yo me largo, a mi no me meten a la cárcel. Tres, cuatro, sí, alabado sea el señor, seis hermosos y devaluados pesos mexicanos, que no sirven para mucho, pero sí para subirme al camión. Oscuro. Oscuro.

Puto camión. Me dejaron dos, me recogió uno. ¿A dónde va?, qué pregunta Lula, que tonta. El chofer me miró con una mezcla de aburrimiento e incredulidad. Al centro. Me senté y miré el respaldo del asiento de adelante, mirar la ventana me daba pánico. ¿Cómo que por qué? Pues porque aquí todo el mundo maneja como loco, como si tuviera a los niños en la lumbre. No, horror. El asiento con todo y la mugre y el olor a gente, a ciudad manoseada y nauseabunda, le da a una más tranquilidad.

Maldecir es normal, pero principalmente en esta ciudad, hacerlo es cada vez más frecuente para mi: a los choferes perros que no dejan que termine de subir, a los albañiles peRROS que me gritan leperadas que ni entiendo y a cualquier hombre de trabajo rudo PERRRRRRROS que me miran las piernas, el cuerpo y principalmente los senos. Si no vas a pagar, no te claves cabrón. Se ríen y se van o se ríen y ya, se quedan ahí paradotes.

¿Por qué al centro? No lo pensé, me subí sin pensar. Como siempre, como todo. Carajo Lula, no tienes la cabeza donde deberías. Das vuelta como los mayates, eso decía mi madre, y dicen que ¿quién mejor para conocernos que nuestra propia madre? Segurito estaba en lo correcto.

Si me lo preguntaran, taconear no es tan malo, en el pueblo se hacían cosas peores y por mucho menos dinero. Allá era todos parejo, agarrar sin importar quien eras, en el pueblo no saben lo que es pedir permiso. Reverenda tontería esto de venirse a una capital… ¿cuál? ¡qué mas da! Todas las capitales son igual de horrorosas. Debí haberme ido a la casa, pero Tomás iba a empezar como siempre con sus preguntas. Segurito estaba encabronado porque otra vez no llegué a dormir…y no, que cosa tan espantosa su cara de resentimiento y reclamaciones sordas. Quien sabe por qué, pero esa es la cara que nos enseñaron a poner en el pueblo cuando nos enojábamos, cuando nos moríamos de hambre, cuando nos pegaban, cuando queríamos llorar… pinche camión, me mareó.

Tomás, Tomás, Tomás, pero si él era igual a mi edad. Siempre con su cara de ardido. En mi defensa puedo decir que fue su culpa, él tuvo la idea de venirse para acá. En la ciudad tendremos más oportunidades. Sí, ajá, seguimos igual de jodidos.

Oscuro. Oscuro.Los accidentes son una cosa curiosísima, que no aprendí sino hasta que llegué aquí. No, no se hagan pendejos, ni todo va lento, ni ves tu vida pasar, ni blanco, ni su chingada madre. Es una ausencia y un frío. Un frío que hace que no veas nada, nada. Ausencia, frío. Carajo, pero así, quedito, porque la garganta en realidad no responde, como en el pueblo, como nos enseñaron sin enseñarnos, ¿si se entiende? Oscuro. Oscuro.

Intenté acordarme de todas las groserías, albures y leperadas que me sé, pero no, nada salía. CARAJO, bien liberador. Cuánta razón de mi madre al pegarme cuando pronunciaba las primeras tres letras: CAR… ¡PLAZ! ¡No digas groserías Lula! Si lo hubiera dicho antes me habría liberado de muchas cosas, para empezar de ella, de Tomás, de los tacones, de la pinche capital, de los hombres, de este camión. Camión. Come on! Cabrón. Sí, chocó el camión, todo por ir jugando carreritas. Lloró un bebé, lloraron todos a su forma. No chillen les habría dicho, pero no podía hablar. sólo Carajo, entonces a carajear. Sí, sí mamá, esto es putas liberador, pinche genial. Las señoras ya iban agarrando sus cosas como para bajarse y mentarle la madre al camionero, lástima que yo solo podía carajear y no tenía cosas que bajar.

Tomás me mata, pensé, ahora sí, así como segurito aprendió allá en el pueblo, bien sangriento y de portada del Alarma. O se larga, mejor que se largue. Llevaba mucho tiempo teniendo la esperanza que se cansara y me dejara, que se hartara de mi, tomara sus cosas y me dejara 300 pesos. Una sorjuanita y un indio, como él, como yo, para que lo recordara. Pero no, Tomás sólo sabe estar callado y aguantar vara. Pinche Tomás, vale menos que nada.

Ya sólo quedábamos tres personas en el camión esperando que el chofer arreglara todo el relajito, cuando al fin decidí bajar. Yo creo que los otros dos tampoco se bajaban por estar igual de jodidos que yo, porque uno ya sabe que el dinero nunca lo devuelven y nada más uno pierde el tiempo… y no hay esperanza. Tomás segurito ya se largó y me dejó cien pesos, sí, el billete del indio, para que me acuerde de él y me duela, y llore. Tomás, Tomás, Tomás. ¡Pero si tú eras igualito a mi edad!

Oscuro. Oscuro. El accidente había sido más aparatoso de lo que pensaba en un principio. La camioneta con la que chocó había salido disparada hacia la banqueta. La gente que se había bajado del camión estaba toda junta viendo algo. De seguro mataron a otro ambulante, oscuro, oscuro, como en las noticias del otro día, oscuro, oscuro. Me acerqué yo también y se veía oscuro, oscuro, un hombre tirado oscuro, oscuro, en el piso con una maletita oscuro, frio, oscuro, frio, oscuro, diminuta. CARAJO. Pude verle la cara. Era mi Tomás.

 

Vania Itzel Herrera Cabrera, Lingüística y Literatura hispánica. BUAP