Temblé ante el sonido de su voz. Sugestionado por la batalla anterior, sorprendido de un espíritu beligerante desconocido en mí hasta entonces, me aterró el canto de su voz.

No habíamos encendido fuego. Estábamos acostados en la oscuridad. Los cadáveres no estaban muy lejos de nosotros; estaban allí, desparramados sobre nuestra tierra, consumando su lenta descomposición. Mañana los arrojaríamos al mar; hoy se quedaban con nosotros.

Acostado, con la vista hacia el nocturno firmamento, me dejaba asombrar por el fulgor de las estrellas. “Cómo brillan”, pensaba, “cómo brillan”. Nuestra tierra me parecía tan oscura en comparación a los luceros, que creía que esa era la razón por la cual la sangre de otros debía ser derramada: aquel resplandor bermejo tal vez iluminaría nuestra tierra tanto o más que el Sol.

Pero me engañaba. Mis pensamientos pretendían alejar el tortuoso recuerdo de mis acciones…y su voz, envolvente, cautivadora, bella.

***

En aquellos días carecíamos de patriotismo. Los conceptos nación, reino, imperio eran desconocidos. Sólo teníamos un amor inmanente a nuestra tierra, y entre nosotros había una fidelidad canina. No éramos una utopía. Conocíamos la severidad de la naturaleza: la aridez de los inviernos, las tormentas del verano, la esterilidad de algunas hembras, la impotencia de algunos varones. Los fallecimientos ocurrían tanto como la podredumbre de los frutos. Ante todo esto nuestro carácter era estoico; nos adaptábamos a las inclemencias del clima para seguir viviendo. Nada era una tragedia. Pocos acontecimientos nos lograban conmover. Por eso nuestro mayor arte eran platos hondos hechos de barro. La música no existía.

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Su voz quebrantaba mi piel. Aquel día conocimos la guerra, y sobrevivimos. Ese día sentimos miedo de morir como nunca antes; temimos la presencia del otro, y, entumecidos e inexpertos, les hicimos frente. Mataron a algunos de los nuestros, pero nosotros los aniquilamos a todos.

Su voz enardeció mi espíritu. No lo pude resistir. El aire estaba embriagado de lírica y vino por primera vez. Aspiré los fluidos escarlata de la noche, y me uní a los cantos de victoria. Celebré estar vivo, no haber acabado con un puñado de hombres; pero estaba feliz de que ellos fueran los muertos.

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Días después levantamos altares a una pléyade de dioses bélicos; los cantos de esa noche se escribieron en piedra. Nos convertimos en héroes, y soñamos con triunfos y glorias eternas, como la de nuestros dioses; imaginamos eternos combates en los que la muerte sólo acaecía a los débiles, porque si los fuertes caían era porque Los Astros los reclamaban, y por tanto no morían jamás: creímos en la inmortalidad, esa que únicamente otorga una muerte dignificada por nuestros actos en la tierra.

Con el tiempo la guerra sería un acontecimiento épico, sagrado, una ley, un ejemplo: una repulsiva veneración, una inmensa marcha fúnebre cargando la gloria de los hombres que mueren por otros; un hermoso canto bélico, como lo fue al principio; un epitafio lacrimoso, incólume; una bandera que tapa el sol en la Plaza de la Victoria.

 

Zahid Oliver Vargas, Lingüística y Literatura hispánica. BUAP

Napoleón cerca de Borodinó por Vasili Vereshchaguin