No hay día en que los muertos no regresen a la tierra de los vivos.
Rogamos por la seguridad de las puertas cerradas, mas no hay día
en que el tiempo deje de arrebatarnos lo que vaga o seriamente hemos
construido.

Pero no hay miedo a los muertos, tampoco a la pesadilla. Qué puede ser más horrendo que el despertar y volver al círculo vicioso que siempre
se está consumiendo inconsolablemente; qué puede ser más espantoso
que verse frente a un espejo y luego echarse la soledad y la decepción
a los hombros para pasearlas por la ciudad, mientras todas las estrellas
de la noche van desapareciendo, mientras en las calles aparecen trozos
del amor cercenado.

Cadenas forjadas por el hombre que muere se preparan para recitar
en voz alta los versos de la desilusión y de la mente entregada al lamento:

“Esta ciudad es una tumba ruinosa que se alza ante mí
para tapar el alba inminente;
la apoteosis del amanecer; del sol quebrantando el cielo”.

Mientras hace del crucifijo una estaca, la garganta del poeta enrojece:

“Busco los ojos de un amigo que se revuelven en las sombras
del presente; entre estos días tenebrosos
en los que estamos perdiendo el horizonte”.

Hace una pregunta poniendo los ojos en blanco:
“¿Quién piensa en el cielo azul?, ¿quién piensa en el verde mar?”

Hay un pacto con la muerte que desconocíamos. A la espera, en la lúgubre
callejuela infestada de fantasmas, pobres santos y proxenetas enfadados,
el hombre muerto se acerca con susurros procaces:

“Los días en esta ciudad son borrosos; he olvidado a todos
sus habitantes nada más despertar;
también me olvidé de sus calles, de sus monumentos y parques”

Hay un viejo libro que habla de Dios danzando en las postrimerías del mundo.
El hombre que se besa con la Muerte ahora vuelve al bar.
Ante la copa de vino enciende un cigarro, hojea el viejo libro y se le hincha
la garganta como un sapo. Sus ojos brillan con luz ultravioleta:

“Mas he soñado, ¡oh, sí!, he soñado: he visto el bermejo ocaso
despidiéndose de ellos, y mirándome a mí,
también vi, llenos de esperanza, los ojos del amigo”.

El poeta asiste a un teatro en las catacumbas de París, o en las minas de Salomón.
En cualquier caso el teatro es La Metamorfosis, y pronto él está en un cementerio.
El poeta camina por las tumbas, realmente triste. Con la estaca que ha forjado,
clavada ahora en su voz, pronuncia letanías que dedica a la muerte.

“Triste es admitir que nada ha quedado de aquel embelesado
sopor: el ocaso se va en un parpadeo, dejándonos a solas con el
esperpento de la noche; y la esperanza es una agónica ilusión
para todo aquel que no la tiene”.

No hay día en que los muertos no regresen a la tierra de los vivos.
Yo, que estoy más muerto que vivo, y aunque vivo y río cual el árbol
más loco, no olvido la promesa de la muerte, y sé que el tiempo es
más parca que luz, más sepulcro que caminos empedrados.
Pisa la arena del coliseo en la que todos hemos muerto por última vez.

 

Zahid Oliver Vargas, Lingüística y Literatura hispánica. BUAP

 

Krol i krolowa por Zdzislaw Beksinski