Texto por Lilian C. Lucio

Imagen por Valeria Nime

El día en que la iban a asaltar, Lilian Lucio se levantó a las 9:30 de la mañana para ir a la universidad y presenciar el tan esperado eclipse solar del año 2017. Un par de semanas antes del 21 de agosto, ella ya traía enterrada en el pecho la corazonada de que iba a ser asaltada, pero esperaba que no fuera más que un presentimiento predeterminado por la ola de asaltos hechos en los transportes urbanos.

A eso del medio día se le veía paseando por el Zócalo de la ciudad de Puebla, caminando entre telescopios y gente ansiosa, mataba el tiempo, pues se había citado aquel día con una amiga para ir a tomar un café. El clima era caluroso y el cielo estaba despejado para admirar sin vicisitudes el tan anunciado “fenómeno astronómico del año”.

Unos 15 minutos antes de que el reloj marcara la 1, Lili divisó a su amiga Alejandra a lo lejos, quien llegaría con una caja de cereal entre las manos, con la cual (según recordaba) unos muchachos de la facultad de ingeniera le habían enseñado a armar un proyector que les permitiría ver el eclipse de forma segura (sin tostarse los ojos).

Eran la 1:06 de la tarde cuando el eclipse parcial de sol dejó ver una medialuna brillante, ambas habían subido al techo del edificio azul donde estudiaba Lili, para poder presenciar tal vez el único eclipse solar que verían en su vida. Unos compañeros de la facultad con quienes las chicas compartieron el techo les prestaron un pequeño vidrio como el que usan los soldadores en sus máscaras, sólo así vislumbraron la pequeña media lunita que se apreciaba en el cielo.

El día transcurrió sin más… hasta las 4 de la tarde que salieron del Museo Amparo y caminaron por la avenida 7 oriente rumbo a la parada de autobús. Enfrente del Oxxo sentadas en la banca, Alex dijo: “Vámonos en la 33 porque en el rápidos andan asaltando mucho”, Lili le dijo que sí, pero ella pensó: “Cuando te toca, te toca. No importa en que autobús vayamos”.

El autobús blanco con el número 33 en rojo se detuvo frente ellas, Alejandra se subió primero y pagó su pasaje, Lilian que tenía el dinero en la mano a punto de entregarlo al chofer sintió que alguien la despojó de su celular, la chica volteo y vio al muchacho chocando contra un puesto de gorditas de nata, esto no lo detuvo, el chico se reincorporo frente a los ojos sorprendidos del vendedor de gorditas y la furiosa mirada de la recién robada y se fue corriendo.

Me acaban de robar mi celular” gritó Lilian, la gente del autobús no se inmutó lo cual la llenó de ira, se le quedó viendo a  Alejandra con unos ojos que decían: “Vamos a recuperar mi teléfono”, la otra muchacha volteó a ver al chofer y después decidió bajarse del autobús con ella.

Alex le comentaría tiempo después que por un un instante los vio como la bifurcación de la conciencia: al chofer como el ángel de los buenos consejos y a Lili como el diablillo travieso que te da las ideas peligrosas. Alejandra tomó la mano del diablo.

La última imagen que Lili tenía de su teléfono celular fue cuando lo tomó para ver la hora saliendo del museo y lo guardó en su bolsillo trasero. Caminaban por la misma avenida que recorrieron tiempo antes, cuando a los lejos vieron una sudadera a rayas rosa con negro, si, la del ladrón, aunque las chicas habían bajado del autobús inicialmente para buscar un policía, cambiaron de idea al verlo.

Lo alcanzaron en la plazuela de “Los sapos” y decidieron rodearlo, Lili sacó de su mochila una navaja que flexionada mide unos 11 centímetros y estirada llega a los 20, la cual fue cariñosamente apodada “El Kevin”, en honor a un viejo amigo. La navaja fue puesta en el cuello del ladrón mientras Alejandra lo sujetaba de la sudadera, entre mentadas de madre y groserías (todas las que una Veracruzana y una sinaloense pueden decir) las chicas le pidieron que regresara el celular, que el chico arrojó segundos antes a un arbusto y negaba que lo tuviese. Ale siguió agitando al flacucho ladrón mientras le daba una cantaleta de groserías con un marcado acento del norte, en lo que Lilian revisaba que su teléfono estuviese completo, asegurándose de esto lo dejaron ir.

Lili y Ale despidieron al muchacho de igual manera de cómo lo recibieron, con un sonoro: “¡Piérdete hijo de la chingada, pero quiero ver que te pierdas!” por parte de la Sinaloense, mientras la Veracruzana (más aliviada) le advirtió a las personas que se encontraban en “Los Sapos” que ese “cabrón puto”, le había robado el celular.

Las muchachas abordaron el primer autobús que las llevaría a sus respectivas casas, sí, un Rápidos de San Antonio, el que en un principio no querían abordar por los asaltos. En el trayecto platicaron lo que acaban de hacer y reían (entre nerviosas e impresionadas) por toda la situación, pues Alejandra se acordó que el chofer no le devolvió los 6 pesos de su pasaje y Lili que el “asaltante” era flaco como un palillo y su arma era un lápiz que traía enfundado en el pantalón.

Finalmente Lili llegó a su casa y se sentó en el sofá de la estética de la señora con quien vive, la cual la vio con una actitud extraña y le preguntó:

– “¿Que tienes Lili?”.

-“Que me bolsearon, Doña Tere”- le respondió mientras suspiraba.