Por Julio Calderón Luna

Hoy es 20 de marzo. El cielo es de un azul impenetrable, tanto que casi lastima la vista. Con todo, es un lindo día para volar. Las aves lo agradecen. Nosotros no volamos; andamos en bici. No podemos volar pero escribimos. Es lo que hacemos para sentir, aunque sea por un momento, el aire húmedo en nuestras alas.

            Vinimos por el Colibrí ya que era el único que podría ayudarnos. Recorrimos cerca de 300 kilómetros para verlo en todo su esplendor. Claro que la palabra “esplendor” actualmente sería tomado como una exageración. Pero solo porque hasta antes de que nosotros llegáramos, nadie había visto al Colibrí en persona desde 1968. Se encerró en una pajarera que se volvió un mito. Una leyenda que viajó hasta nuestros oídos tan necesitados de auxilio.

            Se dice, por ejemplo, que la mujer del Colibrí fue aplastada el 2 de octubre. Mientras ella recibía en la espalda los pisotones de las multitudes alteradas, él miraba el sol por la ventana de su despacho. Los militares se la llevaron; pues entre tanto muerto, ni sabían cuáles eran los suyos.

            Lo cierto es que la Colibrí tampoco era una santita, y no se le arrugaba para meterse a los trancazos. Era joven; tan distinta a él, un Octavio Paz en toda la extensión de su gordura. Ya que nunca encontró su cuerpo, no le fue difícil concluir que su esposa había recibido los plomos de Echeverría. Lo creyó hasta que en 2006 apareció una novelita de José Agustín: Armablanca. Al leerla, se le ocurrió que su esposa también pudo haberse fugado con alguno de los grandes, o al menos con uno que sacara poemas rojillos de cuando en cuando. Sí, qué tiempos, caray.

            Él era escritor y editor. La memoria de su mujer y su impronta partida motivaron su imaginación para escribirle cuentos. Quería darle aventuras apasionantes, convertirla en la protagonista salvaje que combatiera los males del capitalismo con sus amigos rojos y liberara de sus cadenas a los proletarios. Lo que pudiera hacerla feliz de estar viva en alguna parte. Eso quería. Lo malo, como se dio cuenta más tarde, era que le faltaba ingenio creativo. Terminó un cuento y le puso título al segundo. Yo soy bueno para corregir, no para crear. Guardó los papeles doblados en la zona de su librero que nunca revisaba. Retomó las narrativas que le encargaron, dedicando a ellas el lapso que nos trae hasta el 2019.

            —¿Le entra o no, don Colibrí? —dijo mi hermana.

            —¿Cómo dijo?

            —Ya se lo repetí dos veces. Que si le entra a la revista, pueh.

            Miraba distraído la portada del número 0. Pensó en su cuento, en la Colibrí; en su versión ficticia de la Colibrí, en la Colibrí que sale con él en la foto del despacho. ¿Qué diría ella, la del relato? ¿Qué dirías tú, amor?

            —Esa mujer, la del retrato, ¿es su esposa? —interrumpí su introspección para satisfacer mi deseo de confirmar los rumores.

            —¿Ella? —carraspeó—. No, ella es una celebridad con quien tuve la fortuna de tomarme una foto.

            —Pues yo creo que ella podría ser su esposa, es rete bonita —le dijo mi hermana—. ¿No cree usted, don Colibrí?

            —Ja, lo dudo mucho. Yo soy un sapo y ella es otra cosa.

            —No, usted es un Colibrí. Que no se le olvide.

            —Como sea, volvamos a lo que vinieron. Ustedes quieren hacer una revista que se distribuya a nivel nacional para que puedan publicar sus textos. ¿No es así?

            —Se le vuelven a olvidar las cosas, don Colibrí. No nos interesa publicar, nos interesa escribir. Publicar lo hace quien no sabe qué hacer con sus textos.

            —¿Y qué es lo que quieren hacer ustedes?

            —Nosotros, —me miró mi hermana— nosotros queremos encontrar a nuestros padres. Queremos decirles que estamos bien y que los estamos buscando. Ellos leerán nuestra revista.

            —Ya veo. Una búsqueda, eso es todo. Me parece perfecto. Pues, al final, de eso se trata la literatura, ¿que no? Que así sea. Hablaré con mis allegados. Comenzaremos la redacción lo más pronto posible. Tengo un par de ideas… —miró el cajón de su cuento con entusiasmo.

            —Epa. Antes discutiremos los términos de dirección.

            —Todo a su tiempo, señorita. Lo que sí le advierto es que tendré una columna, y esa es mi última palabra.

            —¿Y de qué quiere hablar en ella exactamente, don?

            —Mañana mismo se enterará, jovencita. Yo mismo le entregaré mi texto.

            —Oiga, no ha salido de esta casa en mucho tiempo, ¿seguro que no prefiere mandarme un e-mail?

            —Usted no me mandó ningún e-mail. Vino personalmente, y como corresponde, personalmente le entregaré mi texto.

            —Sale vale. Aquí le dejo nuestra dirección. Tenga cuidado.

            —Ándele, vayan con Dios.

            Al despedirnos observé que se sentía impaciente, como un niño en víspera de Día de Reyes. La otra impaciente era mi hermana, quien pedaleaba con fuerza, cada vez más rápido, casi como si se preparara para despegar. Yo la quería mucho, igual a papá y mamá. Por eso, aunque no lo demostrara, también estaba emocionado. Tendríamos una revista y en ella pondríamos todo lo que no pudimos expresar. En nuestra revista se encontraba la esperanza de nuestra familia, ¿y por qué no? También el futuro vuelo del Colibrí.

Continuará…