Texto por: María Elisa Pérez Huerta

Fotografías: Moto Red Tehuacán

La verdad, no sabía en lo que me metía. El día 24 domingo de marzo asistí al primer concierto de Molotov en mi vida y todas las recomendaciones no alcanzaron para el caos.

Antes que nada, deben tener en cuenta esto: yo no he asistido a muchos conciertos, son contados con los dedos y mi educación católica dista mucho de el florido vocabulario que brotan en las canciones de esta banda, así que no es como si estuviera entrenada para el ambiente, pero me agrada y considero que esta banda es una de las que cualquier mexicano debe conocer.

Desde que se anunció la cartelera de la Feria de la ciudad el concierto más esperado era el de Molotov, ya que muchos aún teníamos el recuerdo de una cancelación algunos años atrás, así que desde un principio sabíamos que sería el más concurrido. Varias cosas llamaron mi atención aquel día, comenzando con los preliminares, el presidente municipal había anunciado que para este evento se doblaría la seguridad y así fue, el primer cuadro de la ciudad fue cerrado y sólo había dos entradas al lugar, además de una revisión antes de pasar a la explanada, cosa que no sucedió con los anteriores artistas que visitaron la ciudad.

Yo creía que eran medidas exageradas ya que es conocido el tipo de ambiente que se viven en conciertos de bandas así: empujones, slam, muchas groserías y brincos, así que al asistir sabes qué es lo que puede pasar.

La noche tuvo tres strikes: el primero fue la desaparición de dos niños pequeños, Jesús de seis años y Joselo cuya edad no se supo pero se asumió que era un niño pequeño ya que despertó el ánimo del público al grito desesperado que más bien parecía una ovación, “Joselo, Joselo, Joselo” se escuchó minutos antes de que la presentación empezara. Nunca se supo si encontraron a Joselo, suponemos que sí.

El segundo strike fue el terrible destierro que sufrimos, cualquier ser pensante y un poco teto como yo supondría que si quieres estar en la zona de adelante en un concierto gratuito lo único que tienes que hacer es llegar temprano, pero ¡oh, sorpresa! Parece que basta con juntarse con 50 o más personas y hacer que entre empujones y jalones las personas que están entre ellos y el escenario se disuelvan al lograr una carambola que termine con ellos al frente y los buenos samaritanos magullados y enojados  aplastados contra las vallas o, en el peor de los casos, atrás, hasta atrás.

El tercer strike y el más grande fue la visión de varios niños pequeños en el público. Después del magullón, desgreñe y baño en sudor decidimos que lo mejor (y más seguro) era situarse en la parte de atrás, bajo un árbol y cerca de la valla de policías que trataban de contener a las personas que de cuando en cuando saltaban la seguridad para entrar. Y pareciera que esa fue definida como la zona de seguridad porque se encontraban varios niños, no faltó el que se concentraba en el celular y cada cinco minutos decía a su mamá “Mamá, ya vámonos”, palabras que quedaban ahogadas por los gritos de “Chingo yo, chingas tu, chinga tu madre” mientras la madre sin decir una palabra, ni cantar mantenía la vista al frente.

Más atrás estaba una niña de máximo dos años de edad que en algunas canciones bailaba y aplaudía pero en otras se mantenía ocupada al ser amamantada por su joven madre. Ella estaba en lo suyo, la verdad.

Y en Marciano el slam no se hizo esperar, así como un padre que llevaba a su hija sentada en los hombros mientras en la orilla del círculo trataba de empujar a sus congéneres, claro está sin dejar de sostener con ambas manos las piernas de su hija, había que evitar accidentes. Por cierto, una niña de aproximadamente diez años de edad se aferraba a un árbol como si su vida dependiese de ello, un gran cuadro que inspiraría a cualquier fotógrafo contemporáneo.

Aunque esos fueron los strikes a remarcar, no se puede dejar de mencionar el esperado olor a mariguana y tabaco y las empapadas de agua a pesar de las precauciones y el cateo, o sea, el nulo éxito de las medidas precautorias de las autoridades.

La chica que interrumpió a al menos una veintena de personas durante una buena serie de brincos para buscar su zapato, y aquella que a la par de la ovación “Chichis pa’ la banda” tomó a bien despojarse de su ropa para dar gusto a la muchachada y cuya foto siendo arrestada se viralizó en las páginas más conocidas de la ciudad.

La mala calidad del sonido mermó el ánimo de los más exigentes, entre quienes había jóvenes de gran ímpetu que esperaban que “Gimme the power” encendiera el anarquismo en el público y asaltaran el palacio de gobierno o mínimo una rechifla para los policías que cuidaban la entrada, cosa que por supuesto nunca pasó. Lo único que aconteció en el Palacio municipal fue que el fotógrafo oficial del evento cuyo puesto privilegiado en un balcón del edificio le permitía una vista panorámica, perdió la compostura y durante “Puto” no paraba de saltar, bailar y gritar dejando por un breve momento su cámara a un lado, dedicándose a disfrutar.

El concierto de Molotov fue definitivamente más de lo que esperaba, no sólo fue el disfrute de la música en vivo, el slam y los brincos, no sólo me fui con la experiencia del espectáculo de la banda; fue el espectáculo del público el que me dejó con una impresión mucho mayor. Al llegar a casa y platicarle de manera más coloquial y animada a mi mamá todos estos detalles lo único que me dijo fue: “Mexicanos locos, sólo aquí pasan esas cosas”, y pues sí, México mágico.

lis 2.2