Pero aún quedaba un problema. Ayudar a esos niños a cumplir su sueño de publicar una revista requería de hablar con la Cuervo. Recordé que nuestros caminos precisaron en el zócalo del extinto D.F. el 3 de abril del 67. Mi esposa y yo paseábamos como si fuera domingo. Las tensiones políticas corrompían la amabilidad del clima. Los policías se secreteaban mientras lanzaban miradas lascivas a las estudiantes. Nuestro asunto, sin embargo, nada tenía que ver todavía.

     Nuestro motivo más bien era asistir a la presentación de quien para nosotros ya era un dios literario en la tierra de los indignos. La vuelta al día en ochenta mundos acababa de ser publicado y la expectativa por Julio Cortázar era altísima. La gente se abalanzaba con la esperanza de tocar al hombre axolotl. Mi mujer y yo no nos preocupamos porque hablaríamos con él en persona horas más tarde, así que seguimos andando bajo el calorcito de la temporada. La cosa se puso complicada a la hora del evento. Julio no llegaba y no llegaba. La gente se impacientó con una agresividad enjaulada que no tardaría en estallar. Cuando la multitud gritaba «¡JULIO, JULIO, JULIO, JULIO!» con más furia que entusiasmo, le dije a mi esposa: vámonos de aquí.

      La mano punzocortante de la Cuervo se posó sobre mi pecho. Al verla creí haber visto mi propia muerte, y no sabía por qué. Lo primero que nos dijo fue: No se vayan todavía, el señor Cortázar no tarda en aparecer. Mi mujer se acercó a ella con legítima curiosidad, casi a punto de olerla. Yo la conozco, —la espetó— sí, sí, yo sé quién es usted.

     —Yo también los conozco —contrarrestó.

     Se presentó formalmente. Era un alto miembro del Fondo de Cultura Económica y una de las encargadas del evento. Lo poca estima que me tenía a mí mismo en aquel momento me hizo dudar de que realmente nos conociera. Mi esposa, por supuesto, no parecía sorprendida.

     Explicó que Cortázar había tenido problemas en la aduana, pero que ya se encontraba en el centro y en unos minutos lo veríamos en todo su esplendor. La mala noticia era que no se podía quedar y todas las convivencias tendrían que ser canceladas.

     —No se desanimen, lo traeré el año que viene y ustedes tendrán la oportunidad de conocerlo a fondo —respondió con ojos sardónicos.

     La presentación, con todo, fue buena. Al finalizar ella nos invitó a una tertulia con otros admiradores del argentino. «Sería una pena desperdiciar la oportunidad de celebrar solo porque la figura principal se ausentará, ¿no creen?». Yo no quise ir, así que agradecí y decliné. Luego mi esposa comentó que estaría bueno conocer a futuros socios; escritores en crecimiento que nos darían el empuje que necesitaba nuestra editorial, además de que llevaba días sin probar una copa de vino. Muy bien, acepté, con la incomodidad que me provocaba el contacto con desconocidos, pero no nos vamos a quedar mucho tiempo, ¿okey?

     Transitamos hacia calles menos concurridas. Recuerdo haber visto un juego de luces y sombras entre las nubes y el sol precioso, que nunca volví a ver después. Poco antes de que la oscuridad del anochecer lo consumiera, entramos en lo que yo creí una vieja casa de la colonia Roma. En el interior, no obstante, el ambiente poco se parecía a la fachada: jazz, alcohol y luces que incitaban a la enajenación total. Nos sentamos con dos amigos de la Cuervo cuyos nombres no tengo presentes. La situación hasta ese punto, estaba tranquila. Lo inquietante comenzó cuando sus compañeros se fueron y ella se había acabado el quinto mezcal.

     —Mi padre también admiraba muchísimo a Cortázar.

     Sin saber de dónde había salido eso, me limité a asentir a la par que pronuncié estas palabras: debió ser un buen hombre. Su semblante cambió. En toda la velada no había mostrado señal de tener una sola gota de alcohol en la sangre, pero entonces parecía que una cólera destilada la corroía desde el interior.

       —No lo fue, Colibrí.

     Mi mujer y yo enmudecimos. Sabíamos que nos habíamos metido en un territorio extraño, o peor aún, que ella nos había conducido hasta su trampa, donde seguramente nos mataría… Me disculpé por el comentario e insinué que nuestra estancia se había prolongado indebidamente. Mientras me levantaba, la Cuervo sujetó el brazo de mi esposa.

     —Quédense, no hay de qué preocuparse. Es más, ¿no les gustaría que les contara qué clase de hombre era mi padre? —sugirió con la mirada alimentada por una malicia que no nos dejó otra opción que acceder.

     —Claro, exprésese —la invité al momento de retomar mi asiento.

     —Mi padre, el Cuervo, no solo admiraba a Cortázar: quería ser él. En mi infancia lo vi hasta altas horas de la noche tratando de descifrar el secreto de su poética. Estaba obsesionado, tenía pasión. Era un escritor mediocre. No tenía talento y el delirio constante con el autor de Rayuela terminó de arruinar sus expectativas. Nos dejó en la quiebra; perdía concursos, las editoriales rechazaban sus manuscritos… En el medio se burlaban de él. «Cortazarito», le apodaron. Quien se suponía que sería el pilar de la casa era un desempleado vulgar que soñaba despierto. Mamá nos dejó a él y a mí perdidos en nuestra miseria. Pasó el tiempo y más por cercanía que por vocación me volví literata. Fui de las primeras mujeres en doctorarse en letras mexicanas. Fui recomendada por Octavio Paz para el Fondo. Logré todo lo que mi viejo había deseado desde lejos. Un día el mismo Paz me dijo que pronto lanzaría una antología de autores nóveles, quería que le recomendara algunos nombres. Pensé en mi papá, quien aún en su vejez continuaba escribiendo. Pedí un día libre, pues necesitaba hablarlo con alguien. Regresé a la casa de mi infancia. Él me recibió con entusiasmo. Vi mis fotos con mamá, descubrí que me había salido una lágrima al entrar a ese mundo estancado en el tiempo. «Papá, Octavio Paz me ha pedido que le recomiende escritores para una antología que se distribuirá a nivel internacional. La única condición es que sean inéditos…» No me dejó terminar, tenía tanta felicidad que me abrazó con la fuerza que le quedaba. Me decía: «muchísimas gracias, hija mía, yo sabía que llegarías a ser grande y ahora el tiempo que he dedicado a las dos cosas que más amo están rindiendo frutos». «Déjame terminar, papá». «Claro, claro, hija. Como gustes». «He venido para contarte esto porque… porque yo nunca te voy a publicar, ni voy a permitir que lo hagas jamás». «¿Qué dices?» «Lo que oíste. De mi cuenta corre que jamás seas publicado en este o cualquier otro país. Yo crecí odiándote. No por lo de mamá, ella es libre de hacer lo que quiera. Te odiaba por no tener talento, ¿qué no te das cuenta de que no sirves para esto? Yo lo sé, yo he estudiado. Yo puedo decir qué es literatura y qué no. Le darías asco hasta al mismo Cortázar. Me tomó muchos años juntar el valor para decírtelo, pero ahora que por fin ha salido, se siente increíble. Que te vaya bien, papá». Fue la última vez que lo vi. Necesitaba hacer eso para no tentarme el corazón con nadie. Habíamos permitido por muchos años que la literatura mediocre se enraizara. Conmigo eso se acabó. He dedicado el resto de mi vida por crear algo decente qué presentarle al mundo y hasta ahora ha funcionado. ¿No les parece?

     Volví sobre mí mismo luego de aquella elipsis. Me temblaron las piernas y mis labios se secaron. Me armé de valor para descolgar el auricular. Marqué el número.

     —Buenas tardes, joven. ¿Se encuentra la señora Cuervo? Debo hablar con ella.

     —Claro que sí, ¿de parte de quién?

     —De don Colibrí. Sí, yo espero. Gracias.

     Continuará…

Julio Calderón Luna