Texto por: Renata Tapia

Imágenes por: Frida Pablo

Diría que los últimos minutos del Nocturno de Chopin son los mejores. Pero desde lo absurda que ya es la oración, no sé si estaré siendo injusta o solamente ingenua. Imagino que varios hemos cometido antes descuidos como este, absortos en ligaduras y pasos que se dan en puntillas; instantes que si uno decide, en secuencia se vuelven uno sólo para convertirse en eternidad.

Llenos por la superposición de ideas, recurrimos a embaucarnos la mente, aligerando los pies y  lanzando falacias como último recurso. Aquella hipnosis enigmática nos invade y nos duerme, producto de la calma que nos regala la estabilidad. Parecido al constante deseo de repetir, ese sentimiento que llamamos felicidad, segregación de hormonas inas, nos cuenta al oído que aunque todo termine, siempre puede comenzar.

Nos sumergimos y no podemos salir más del cuadro de acuarelas, repleto de referencias a las mañanas soleadas, a las canastas abarrotadas con flores que vienen del campo.

renata 1Parecido así los sostenidos borboteando con sus replicas. Así el azúcar en el extremo de tu lengua. Así las ondas que se generan cuando los brazos se elevan para tenderse en el fondo del mar. Así el slow motion de los parpadeos, la danza contemporánea que recibe el arcoíris, y el dorado que aparece alrededor de las pupilas de los que más amamos; que alguna vez también nos traerán desdicha.

Permitir que continúen hasta que noten que es la misma magia con diferentes trucos. Adorar las dobles corcheas del compás número trece. Animar al escucha a recopilar variaciones y al lector poemas. Seleccionar aquellas que nos traen luminiscencia a la memoria, declarando sin comillas ni ataduras, que el tiempo no existe para lo que por naturaleza tiende a no terminarse nunca.

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