Texto por Jazmín Ramos
Imagen: Lo bello y lo triste, película de 1965 (fuente: FilmAffinity)

Mi primer acercamiento a la novela japonesa me dio una idea sobre su manejo del drama y, cuanto más leía más me convencía de una cosa: la muerte y el amor van de la mano. Comenzando con Murasaki Shikibu y la novela de Genji, pasando por Soseki, Mishima, Tanizaki y por supuesto Kawabata, las novelas que involucraban romance me dejaban una terrible sensación de tristeza, de vacío y, aún peor, la idea de que algo estaba muerto muy en el fondo de sus personajes.

Yasunari Kawabata se consagró como uno de los grandes escritores del mundo y uno de los cuantos japoneses que occidente se animó a leer durante los últimos años; algunos me han preguntado si vale la pena ser leído y de ser así, ¿cuál de sus obras? Yo contesto que para mí es alguien que te toca en lo más profundo y que cualquiera de sus obras ha de dejarnos con algún sinsabor en el alma. La novela de la que hablo aquí (ya lo han visto en el título) es Lo bello y lo triste.

Uno de los atributos de Kawabata radica en la construcción de sus personajes, a quienes describe como víctimas de sus pasiones más profundas. Sus hombres y mujeres racionales eran quienes más sufrían, por ello la muerte siempre los alcanzaba de alguna manera ya fuese directa o indirecta.

En lo bello y lo triste, una joven de 15 años y un hombre que pasa de los 30 mantienen una relación oculta, que termina en una dolorosa separación de muchos años, dentro de los cuales la venganza siembra una semilla que va creciendo hasta convertirse en un árbol sumamente enraizado.

Otoko, la protagonista, crece para convertirse en una mujer hermosa, además de una pintora reconocida a quien el destino habría de juntar nuevamente con Oki, su primer y único amor. Oki, ya entrado en sus 50, reconoce a la joven en un reportaje y decide visitarla por el año nuevo, en un intento por comprobar si ella sigue amándolo o no. La cobardía de este hombre, al no quedarse con la chica y regresar a su vida conyugal habría de pesarle durante los 24 años en que permanecen separados. Tras su encuentro la pregunta se lanza ¿se siguen amando?, ¿podrán estar juntos esta vez?, eso es algo que deben comprobar por ustedes mismos.

Como simples humanos, los personajes de la novela bailan al ritmo de un destino trágico que se hace cada vez más certero conforme los capítulos avanzan, el único ser que escapa al miedo y la culpa es Saeki, la aprendiz de Otoko, una jovencita que vive enamorada de su maestra y decide hacer lo imposible por mantenerla a su lado. Sus fijaciones, pero también la falta de carácter de Otoko habrán de llevar a la muerte a uno de los personajes, quien (como ocurre muchas veces) nada debía a nadie.

La muerte aparece en el final de un amor juvenil, en las esperanzas de una joven marchita que no vuelve a amar a nadie como amó a Oki, en las campanadas que anuncian el fin del año y las pinturas de flores que nadie es capaz de comprender. La muerte se mueve, lenta pero de manera certera y no siempre en la misma forma.

Los acontecimientos del relato se mueven de manera a veces improbable, los escenarios pintados a la manera japonesa con descripciones de aromas y sabores nos dejan con un hueco en el estómago, siempre en busca de ser llenado. Sin duda una novela que muestra el carácter oriental en muchas de sus facetas y que nos demuestra lo débiles e indefensos que estamos ante nuestra propia naturaleza.