Por Amaranta S. Piña

 

Por lo que me atrevo a comenzar.

No fue sino el duro golpe de la realidad, que ciertamente a todos llega como

brisa de otoño: de repente y conscientes de ello.

Nacen, como en un loop de tiempo, los recuerdos precipitados entre polvos dorados con los que mi madre iluminaba lienzos tras eternas piezas inmóviles, donde grabados los ángeles que la protegían, reposaban.

El cielo rosado envuelto en la melodía de los brazos del paraíso que vio mi existencia

y sueños emerger traía de vuelta la calidez de sus manos, como dulce durazno.

Aún se mantiene en mis memorias el deseo de sentir la ciudad una iglesia eterna mientras se estremecían mis sentidos, el tacto tan elocuente de una visión sobre girada tan limitada en donde la fe y sus luces me elevaron a tal desesperación, la misma que me impulsó a explorar

mundos alternos a lo ya escrito, dando vueltas sobre un mismo sitio y siendo

antes, tan obstinado, tan entregado a esta visión, abrí mis alas para un mundo

sereno. La pauta de aquella voz en ojos de miel regocijaban mis destellos

paulatinos, y entonces, recordé, ¿qué fue de aquel beso jamás dado? destinado

a compensar el naufragio, corrí por los campos nocturnos, que al pasar los

años colocarían mis pesadillas en sus adentros para hacerme olvidar todo lo

que pudo ser, una calumnia a mi juventud. Se anticipó a insípidas mentiras, un

dios o maravilla dándome como regalo el origen, los mares bailaban serenos,

atentos mientras la historia cambiaba su curso.

Las suaves cortinas de oro cubrieron el descanso de mis sensaciones, el inicio de

mi existencia, y hacia arriba un cielo que parecía mostrarme los secretos que

más tarde por mi cuenta descubriría, y ahí estaban, un dúo de imágenes tan

precisas, postrando ante mí pensamientos tan conocidos por el hombre,

sonrisas y todo se envolvía en flores de cientos de colores ante la celebración

sobre millones de recuerdos que pinturas materializarían miedos profundos.

Andamios mentales sobre poblando la mente.

Después de todo, el mediterráneo aún no estaba preparado para soportar la

pasión de las estrellas, y las calles tristes, húmedas e inexistentes daban a luz

rosas, a las que jugábamos a inventarles nombres. Nos dábamos a la tarea de

seguir, siempre mirando hacia atrás, tratando de recordar que fue lo pasó, buscando soluciones a preguntas que siquiera existen, luchando por la

organización de un hemisferio secreto. Todo tan similar a quien mira un

álbum: elevándose al drama de la existencia infinita en la que mi padre

encontraba el secreto de las flores jamás entregadas.

Y aquí, es hasta donde alcanza la razón.

Presentándose por sí misma, la pauta que marcaba mi descenso a este increíble

e insensato sueño de alguna nostalgia de Dios, recostado en los velos del

estanque que aún me recordaba el cielo que guardaba mis alegrías y, buscando

correr, me limité a sentarme a escuchar los secretos de la noche, y como suele

hacerlo un acompañante, me entregué a sus sueños y lloré sus miedos, una y

otra vez, lloré sus miedos.