Entras al recinto, te sientas. Las luces se apagaron hace poco. Ya se ha dado la tercera llamada. El telón se abre. En el centro puedes ver a dos personas de pie: un hombre de casi 70 años, a su lado izquierdo una mujer de la misma edad. En medio de ambos hay una mesa que tiene un teléfono fijo y un celular. El hombre temeroso, a quien llamaremos Colibrí, descuelga y marca unos dígitos. Unos segundos después el celular suena y responde la mujer con interés… Esa mujer es la Cuervo.

—Vaya, pero qué tenemos aquí… Mi querido Colibrí.

—Hola, Cuervo. ¿Cómo estás?

—Encantada de que me marques. No es normal que alguien como tú busque a los amigos.

—No, yo sé que no. Disculpa.

—Tú tranquilo, cariño. Si yo te conozco desde hace casi 50 años. Por eso sé que lo único que te motiva a llamarme es porque quieres un favor. ¿Me equivoco?

—(Se lame los labios) Así es, Cuervo, necesito un favor que solo tú puedes realizar. Pero no me lo tomes a mal, voy a retribuírtelo como me sea posible. No recuerdo haberte fallado alguna vez.

—¡Pero si eso no me preocupa, querido! Lo único que me gustaría es que salieras más, que te divirtieras, que conocieras a los muchachos aquí. No que solo me hables del trabajo.

—A mí me divierte el trabajo, soy un Martínez.

—Godínez, se dice Godínez.

—Eso, soy un Godínez.

—No me digas…

—Como sea, eso no es lo importante. Quiero pedirte un favor.

—(Desvía la mirada) Adelante, te escucho.

—Necesito que me ayudes a montar una revista.

—¿De qué tipo?

—Literaria. Tengo dos escritores que tienen armado un proyecto bien interesante. Yo les voy a echar la mano con la edición.

—Y yo con el dinero, me imagino.

—No, no… Bueno, de hecho sí. Verás…

—Debes tener mucha confianza en estos muchachos como para arriesgarte a sacarme dinero.

—Ya me conoces, mi juicio es infalible. Además, no te estoy sacando dinero explícitamente a ti. Se lo estoy sacando al gobierno.

—Yo soy el gobierno. Tú sabes que arriba de mí solo Krauze, y ahorita no se encuentra en el mejor momento.

—Lo sé, Cuervo, lo sé perfectamente. Por ello recurro a ti. Eres la única que puede ayudarme.

—Sí, eso ya lo dijiste. Lo que no me has dicho es cómo piensas pagarme. Ese dinero lo tengo que justificar.

—Mira, no puedo asegurarte que la inversión la vas a ver en capital económico. Sabes de antemano que ninguna revista se sostiene por sus ventas.

—Colibrí, carajo, ¿por quién me tomas?

—Perdón, perdón. Discúlpame. Lo que quiero decir es que el capital cultural que está en juego puede mover las letras mexicanas a otros espectros.

—Sigue hablando, acabas de tomar mi atención.

—Lo que tienen estos muchachos va a impactar en toda Latinoamérica a lo mucho en unos seis meses. Ellos entienden el rumbo que la literatura debe tomar.

—¿Tanto así? ¿Pues quiénes son tus misteriosos colaboradores? Ni a Bellatin lo endiosaron de ese modo en su momento.

—Son nóveles. Desconocidos, pues. Pero créeme, tienen talento y potencia.

—Nóveles, quieres decir novatos.

—Yo… Sí, son novatos en el mundo editorial pero no en la escritura. Llevan años escribiendo.

—Años sin ser publicados, sin ganar premios, sin que nadie sepa de ellos. Nadie salvo tú, que aseguras que esos niños tienen el Santo Grial de las letras.

—Yo sé, yo sé que no suena razonable, pero debes confiar en mí. Tú me conoces más que nadie. Jamás te he traído a ningún escritor mediocre.

—Salvo al Tecolote.

—El Tecolote no era mediocre. Tú nunca le agarraste gusto.

—Nunca le agarraré gusto a los mediocres como mi padre.

—Bueno, pero ellos no lo son. Te lo prometo.

—Tu promesa no me sirve de nada. Quiero pruebas de que lo que me dices es cierto.

—Te las daré, pero tú tienes que asegurarme que no los trataras como al Tecolote.

—¿Ya se te olvidó quién pone las reglas aquí? No les haré lo mismo si demuestran que saben hacer las cosas. Quiero que me traigas el número cero de su revista a más tardar el 17 de abril.

—Claro, Cuervo. Lo tendrás sin falta.

—Otra cosa, querido…

—¿Qué pasa?

—No me vuelvas a marcar. Si quieres algo de mí, vienes a la oficina y me lo pides en persona.

—Sí, lo siento. Pasa que…

La Cuervo cuelga el teléfono antes de escuchar la excusa de Colibrí. Abandona la escena. Colibrí lucha por controlar sus emociones. Puedes ver el arrepentimiento en su rostro. Saca un pañuelo para intentar secarse el sudor de la frente, pero le tiemblan tanto las manos que arroja el pañuelo y tira la mesa. Arroja el teléfono contra la pared. Se cae sobre las rodillas. Comienza a llorar. El telón se cierra. Nadie aplaude. Te vas antes de que termine el descanso. Conduces el Pointer que tienes desde hace 15 años. Te desesperas en el tráfico. Atropellas a un ciclista. La hermana de ese ciclista te grita mientras aceleras. Llama a una ambulancia. Su hermano no reacciona. Crees que lo mataste. Acelera, maldita sea, acelera. Esos culeros creen que por usar bicicletas son mejores que el resto del mundo. ¿Lo son? ¿Lo mataste? Ojalá que sí, piensas, ojalá que sí.

TELÓN

Continuará…

Julio Calderón Luna