A Mónica Jav

La eternidad está contenida en un vaso. Esa era la frase que Mónica repetía en cada momento, en cualquier oportunidad, parecía tenerla pegada en la boca como un dulce del cual se quiere uno zafar. La había leído, en cierta ocasión, en una de esas galletas de la suerte que le dan a uno en las comidas chinas.

Estaba internada en un hospital, por lo tanto vivía rodeada de dolor y de sufrimiento. Se podría decir que el miedo era su compañero constante, aquel del que no se despegaba. Las habitaciones eran ecos de la parca, lugares infestados de Shinigamis. No transcurrían tantos días cuando se enteraba que otra persona moría o agonizaba en alguna cama vecina. La muerte al fin es algo común. A pesar de ello no todo era infelicidad, también la contraparte, la curación o el restablecimiento, aparecía de cuando en cuando para alentarla, para darle ánimo. La alegría era más imprevisible y también más rara.

Cuartos más allá, bastante más alejados de ella, estaba internado un niño pequeño, casi un bebé. Su llanto ocupaba las noches y los días llegando a inquietarla ¿qué tendría aquél chiquillo? ¿Por qué le tocaba pasar por ese dolor? Se hacía estas preguntas a menudo. Los lloriqueos llenaban aquel edificio del seguro social. Su curiosidad, sentimiento innato a todos, al cabo de cierto tiempo fue creciendo más y más hasta que llegó a desbordarse, entonces quiso saber. Pensó que estaría en el mismo piso que ella pero comprobó que no, así tuvo la fuerza para ir a buscarlo. Subió con la ayuda de su madre, su compañera, la que la apoyaba en todo momento y que había vivido junto a ella todos esos años de mal agüero. Tomadas de la mano, como hermanas, ascendieron por un elevador que hasta ahora les era desconocido.

Al llegar al siguiente piso notaron que era una perfecta calca del anterior y que no sería tan fácil encontrar al chiquillo puesto que había dejado de llorar, lo que les sugería un problema. Hasta ese momento el eco de sus lloriqueos las guiaba, ahora les tocaba improvisar.

Mónica era frágil. De por sí desde niña fue delgada, enfermiza, de cristal; su piel pálida solo acentuaba esta condición. Le faltaba fuerza, caminaba con cierta dificultad y no negaba la ayuda de su madre.

Fueron preguntando de cuarto en cuarto, también con las enfermeras. Andaban atentas a cualquier chillido que se presentara. Desde cierta ventana por la que pasaron lograron apreciar una luna en cuarto menguante. Mal augurio dijo la madre.

A diferencia de otras ocasiones todo andaba en una clama preocupante que se iba acentuando conforme buscaban. El silencio a veces es más molesto. Cada habitación, cada pasillo era una historia clínica: encontraban desde pacientes en recuperación por algún accidente automovilístico o de cocina hasta enfermos terminales de cirrosis, tumores, leucemia y otras tantas enfermedades desconocidas.

Ella, Mónica, tenía cáncer.

Cuando se lo dijeron no podía creerlo, tuvo esa sensación de la mentira, de que le jugaban una broma de muy mal gusto. Preguntó los motivos o los posibles motivos para tener esa enfermedad; como todos, pensó que cargar con esa enfermedad era sinónimo de una muerte próxima. Después, cuando le explicaron que de entre todos los tipos aquel era de los que la estadística favorecía tuvo cierto alivio y esperanza. La mantenía con optimismo. A partir de ese día comenzó a ver la vida desde un punto de vista distinto, cada sabor, olor o recuerdo era más intenso, se almacenaba bien.

Al fin, después de recorrer la mayor parte del piso y de preguntar a un montón de gente, encontraron al niño de los chillidos. En realidad, resultó ser una niña, una beba. Ésta, justo cuando llegaron iba a ser llevada para una resonancia magnética, el motivo: la sospecha de que un tumor maligno se alojaba dentro de su cabecita. La nena era rubia, güera, con pecas en la cara y cuello, una preciosidad; se notaba que cuando creciera no iba a pasar desapercibida, contenía una belleza que aclama a la admiración.

La madre de la beba estaba ahí, miraba cómo era transportada de sus brazos a aquel aparato inmenso y con apariencia de tunel. Ella les contó por qué su hija había sido internada. Dijo que durante su nacimiento y primeros cuidados los doctores no encontraron alguna anomalía, alguna extrañeza en su salud. Los avances de la ciencia para detectar enfermedades tempranas falló. Al parecer era normal, común. Fue al cabo de meses que pasó algo que le quitó la calma: la niña lloraba sin parar en las noches sin una causa aparente. Al principio creyó que era por hambre o frio, razones obvias, pero después se dio cuenta que no era la falta de comida o leche, tampoco una enfermedad visible o medible como una fiebre.

Este hecho ocurría cuando era dejada sola. Alejada de la mirada de sus padres.

Y duraba demasiado, tanto como puede ser el sueño durante la noche. Pues sucedía de continuo en la oscuridad cuando la chiquilla lloraba. Al principio no hubo motivos aparentes para preocuparse ya que todos los bebés lloran, algunas veces por el simple hecho de falta de calidez de la madre o por miedo a ser dejados solos. Pero algo le decía que no era normal lo que le pasaba a su beba.

Después vino lo preocupante. De noches se escuchaban pasitos en el tejado, como si alguien anduviera a puntitas y quisiera andar desapercibido. A la par también ligeras, pequeñas, minúsculas corrientes de aire provenientes de no se sabe dónde envolvían la casa. Corrientes salidas de la nada y que volvían a la nada pues afuera reinaba la tranquilidad. Los padres trataban de apelar al sentido común, decían por ejemplo Es febrero loco es normal. La situación tomó un agravante: rasguños en las paredes, platos encontrados por doquier, migajas de pan, hasta una sonaja de la beba había sido hallado en el baño. Cuando esta situación se presentó no hubo explicación lógica que se atreviera a esclarecer lo ocurrido.

El caso tenía toda la apariencia de algo sobrenatural, inentendible.

Para resolver esta situación el padre tuvo una idea. Durmió cada noche siguiente al lado de su hija, su adoración. Hacía guardia para que ella se sintiera acompañada y querida. Una noche de entre tantas la madre fue despertada de improvisto. Percibió que las sábanas que la envolvían estaban siendo movidas, arrastradas, apenas fue un leve roce aunque ella lo percibió porque tenía la costumbre de un sueño leve, sutil. Guardó silencio y puso atención a su entorno, pudo percibir una respiración ajena, un silbido pequeño. Entonces saltó de la cama.

Tal historia les dio a Mónica y a su madre la sensación de les estaban contando una pesadilla. Ambas no sabían qué contestar a una mujer que, por lo visto, tenía problemas psicológicos serios, que de seguro andaba inventando eso. Para su alivio, un médico se presentó diciendo que la resonancia había terminado y que era necesaria la presencia de la mamá.

Un instante después ésta vino con la beba en brazos. Dos marcas paralelas en el cuello ocuparon el primer vistazo. ¿Qué será aquello se preguntaron? lo único que hicieron fue mirarse una a la otra y fingir no haber visto aquellas marcas.

La madre se adelantó a la pregunta. Y fue entonces cuando dio detalles sobre las cicatrices:

Mi marido se volvió loco. En aquella madrugada en que sentí ese escalofrió él dormía con la beba. En realidad aún no sé qué ocurrió porque pasó tan rápido. No hubo un motivo visible, o al menos no noté algo, sólo comenzó a gritar y gritar sin parar. Daba saltos, escupía, corría de un lugar a otro. Se tomaba el cuello, para después ir a vomitar al baño. Tiró todo a su paso ninguna fuerza podría haberlo detenido. No tardó mucho pues se tiró al suelo, con su pesado cuerpo rompió algunos platos de la cocina porque para acabar de fregar se fue a morir ahí. Desde esa madrugada a la beba la aparecieron esas marcas raras. La traje al médico, se le hicieron muchos análisis y como suele suceder, una viene por algo sencillo: una marca en el cuello y se va con un diagnóstico mortal, al fin dijeron que tenía un tumor en la cabeza. Sobre las cicatrices en el cuello no supieron explicarme el porqué salieron.

Los brazos de la madre temblaban, como si su hija pesara más de lo debido. Sus manos la seguían, llevaban un movimiento que hacía temer por la seguridad de la beba. En aquel edificio, en aquel lugar de encuentros desafortunados, de inesperados y abundantes terrores, aquellas mujeres hablaban sobre las enfermedades, sobre la muerte. Hablaban de su mala fortuna compartida. Eran iguales, semejantes en dolor, porque era el dolor el que las acercaba, el que las unía.

La eternidad está contenida en un vaso.

Mónica se dio cuenta que aquel sitio donde la muerte es frecuente, donde la esperanza se pierde era ese vaso frio, contenedor de la vida y que en cualquier momento estaba expectante a desbordarse, de precipitarse fuera. Para otras personas este vaso podría ser su propio hogar o su trabajo, para ella se trataba de las paredes de una de las tantas estancias del Seguro Social.

Una ligera corriente salida de la nada la sacó de estos pensamientos. En ese instante ambas madres charlaban. Miró la luna en cuarto menguante y se dijo así misma: Mamá tenía razón.

Por José de Jesús López Avendaño

Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH)