Texto: Jazmín Ramos.
Imagen: Kokoro, Natsume Soseki. Impedimenta.

La literatura japonesa tuvo eras de gran esplendor, entre ella las época Heian y la era Meiji sobresalen por sus escritores e historias, siempre humanas, siempre inconclusas y llenas de sentimientos indescriptibles. El autor de quien les hablo hoy no es solo mi favorito, sino aquél que llevaría el estandarte de la literatura japonesa durante la edad moderna japonesa: el Meiji.

Natsume Soseki escribe en una época de cambio importante para Japón, un país que había cerrado sus puertas al mundo en busca de resolver sus problemas y encontrar la paz. Tras la apertura de sus fronteras, la literatura occidental vuelve a golpear en su país, haciéndole notar la necesidad de defender la literatura que los definía, se convirtió en un crítico de aquellos que buscaban parecerse a los occidentales porque para él su literatura tuvo y sigue teniendo lo necesario para enfrentarse a otras más.

A petición de dos amigas mías, a quienes tuve la oportunidad de hablarles sobre Soseki y acercarlas a él, hoy he decidido hablarles de Kokoro que para mí es la novela Sosekiana por excelencia, en la que alcanzó su esplendor como escritor y que además describe uno de los sentimientos más terribles: la culpa.

Kokoro cuenta la relación amistosa entre un universitario (cuyo nombre jamás se menciona) y un hombre retirado a quien siempre llamamos sensei. La novela se divide en tres partes: sensei y yo, mi familia y yo y, el testamento de sensei; este último apartado es el más terrible, pero también el más hermoso, porque nos permite conocer la verdad detrás del carácter agrio de sensei.

La historia de este hombre nos sumerge entre la maldad humana, pero también en el arrepentimiento perpetuo de aquél que visita la tumba de su amigo cada año, el mismo día. Sensei nunca se perdonará el haberse casado con su esposa, porque gracias a ello su mejor amigo muere; esto solo nos es revelado en el último apartado, pero pequeños indicios en la novela nos dejan ver que sensei es infeliz.

Durante una plática con su joven amigo, el anciano comenta acerca de su relación matrimonial:  “deberíamos ser la pareja más feliz del mundo”, es decir que no lo son, pero no sabemos la razón. Mi pasaje favorito de la novela rodea un sinfín de significados ocultos, sensei le dice al chico: “el amor es un pecado y a la vez algo sagrado”. El joven no habría de entenderlo hasta leer su testamento, una carta que le llega mientras está lejos de casa, donde además se entera de que sensei está muerto.

Las conexiones entre el dolor, la culpa y el amor son tan grandes y a veces nos pasan desapercibidas. Soseki nos enseña la realidad humana, mientras pinta el retrato de una era cada vez más cercana a occidente que se resbala entre las manos de Japón. Leer Kokoro no es solo leer una novela, sino el alma de un hombre siempre moribundo, que viajó a Inglaterra y se dio cuenta de cuan extranjero era, de lo solo que estaba y al final volvió a su país en busca de realzar una literatura tan hermosa como la japonesa.

Para finalizar estas líneas escribo la mejor imagen que tengo de Soseki, contada por uno de sus mejores traductores; el autor estaba en Inglaterra, estudiando literatura, lejos de su país cuando de pronto comenzó a nevar. La cultura japonesa es contemplativa por excelencia y en una búsqueda de sus raíces le pide a uno de sus amigos ingleses que lo acompañe a ver la nieve caer, el joven se burló de él porque no comprendía esta necesidad de ver y sentir lo que se ve; en ese momento Soseki se sintió por fin un extranjero, entendió lo que significaba no estar en casa, estar fuera de línea.