Fecha: 01/05/19

Nombre del paciente: El Golondrina

Nombre de la persona responsable: La Golondrina

Relación: Hermana

Hábitos personales:

  1. Fuma (No)
  2. Hace ejercicio (Sí)
  3. Consume enervantes (No)

Información médica

  • Padece alguna enfermedad sistémica (No)
  • Padece alguna enfermedad crónica (No)
  • Padece alguna enfermedad aguda (Sí)

Especifique: Lesión cutánea por corte, hematomas intramusculares, fracturas en vértebras lumbares y costillas.

            —¿Entonces mi hermano está bien?

            —Está vivo, señorita, es todo lo que debe importarle.

            A los siete años golpeé a mi hermano con una piedra por accidente. Jugábamos a lanzar guijarros cuando se me atravesó. Le sangró tanto la cabeza que manchó su suéter de osito. Nos espantamos a tal grado que mientras él lloraba yo corría lo más fuerte que pude para encontrar a mamá. Esa fue la primera vez que sentí miedo por la muerte de mi hermano.

            La segunda ocurrió siete años después. Él tenía problemas para hacer amigos, así que se mantuvo al margen de las actividades de su salón. Tal forma de ser irritaba a varios de sus compañeros, quienes lo consideraban un apestado y lo ninguneaban a cada oportunidad. Alguna vez yo vi cuando lo humillaron frente al chico que le gustaba y me encabroné de tal modo que salté para hacerles frente. Me la quisieron hacer de pedo, pero su machismo les impidió tocarme; se fueron sin más. Aun así, no se la perdonaron. Horas más tarde lo acorralaron para reventarle la cara entre todos. Se defendió en la medida de lo posible: les pateó los huevos y mordió la mano de uno. De igual manera no fue suficiente, me lo dejaron tirado al lado del contenedor de basura de la escuela. La directora se lavó las manos expulsándolos a todos incluyéndolo a pesar de que ni podía ver bien con tremendos moretones en la cara. Estaba tan hinchado que creí que podría asfixiarse. Pasó un par de semanas en recuperación. Esa fue la segunda, sí.

            Todavía no puedo contar la tercera, no me siento lista. Perdónenme. De momento quisiera que se conformen con saber que esta es la cuarta vez que temo por su vida. He sido testigo de cada una de aquellas ocasiones. Se salvó nuevamente, pero me aterra preguntarle: ¿soy yo quien te provoca estas desgracias, hermanito?

            Ayer despertó de una pesadilla. Revivió la experiencia del choque. Me buscó aterrorizado con la mirada porque, según él, era yo quien había sufrido el accidente. Se calmó al recordar que no, él era quien estaba en cama descansando.

            Nadie ha dado información sobre el paradero del hijo de puta que lo atacó. Lo que me da más pinche coraje es que no recuerdo las placas. A pesar de que las vi no me acuerdo. Debí anotarlas, maldita sea, estaba muy nerviosa pero debí hacer un intento. Se supone que debo confortarme con que la policía está analizando los videos de seguridad para atrapar al pendejo. Se supone…

            Y lo de la revista ni lo he checado, me lleva. Tenía que esperar al Colibrí en la pensión donde nos estamos quedando, pero me da tentación dejar a mi hermano aquí solo. Únicamente me he ido para bañarme y cambiarme; todavía está en observación y parece que su estancia no será corta.

            Sé que ahorita estás durmiendo, campeón, pero quiero decirte algo. Eres increíble. No conozco a nadie que tenga una perseverancia tan férrea como la tuya. A veces no te lo digo y lo siento; yo te admiro muchísimo. Junto con nuestros papás eres una de las personas que más amo. Nunca me siento sola cuando estoy contigo. A pesar de que ya eres un adulto, me cuesta trabajo no verte como un chiquillo. ¿Te acuerdas de cuando perdí ese estúpido concurso de deletreo y tú me escribiste un cartel que decía «keep on trying, the best is yet to come»? Sé que mamá te ayudó pero tu intención me hizo muy feliz. Te prometo que saldrás adelante como ya lo has hecho. Siempre me demuestras que puedes lograr lo que sea. Volveremos a trabajar en la revista y mamá y papá sabrán que estamos bien. No volveré a dejar que nadie —ni siquiera yo— te dañe de nuevo. Eres la esperanza de nuestro mundo, nuestra familia y la mía. Te quiero mucho hermanito. Las enfermeras cuidarán de ti. Tengo que volver a casa del Colibrí para explicarle nuestra ausencia. Te prometo que no tardaré.

            Subir a la bicicleta me costó más de lo que creí. Si me ocurría lo mismo que a mi hermano, se acababa todo. No podía permitirlo. Mis reflejos tendrían que ser mejores que los de cualquier depredador. Las calles quedaban atrás en esa niebla espesa de smog que embadurna la ciudad. Un auto, 300 autos. Un semáforo, dos niños pidiendo monedas a cambio de malabares. El tráfico, una sola línea interminable que se desplaza a paso lento. La urbe se está hundiendo. ¿Adónde nos iremos después?

            Toqué el timbre por 20 minutos sin que viniera a abrir. Traté de ver por las ventanas, no obstante, las cortinas estaban puestas. Supuse que no se hallaría en casa, así que me dispuse a retirarme cuando me atendió alguien distinto. Lo primero que pensé fue que el Colibrí tenía un hijo a quien no conocíamos. Le tendí la mano para saludarlo, pero la chocó como si fuésemos amigos. Se quedó callado hasta que tuve que presentarme.

            —Amm… ¿Hola? ¿Se encuentra tu papá en casa?

            —¿Mi papá? ¿Se refiere a don Colibrí? No, no. Él es mi profesor. En este momento estamos trabajando. No la oímos hasta que subí por un poco de agua. Soy Tecolote.

            —Mucho gusto, Tecolote… ¿Crees que pueda hablar con el señor Colibrí?

            —Eso depende. ¿De parte de quién?

            —Él ya me conoce. Dile que la Golondrina lo está buscando.

           —Permítame un momento.

            No me dejó entrar. Escuché sus pasos en la escalera del sótano. Regresó 15 minutos después.

            —Lo siento, don Colibrí está indispuesto. No lo vuelva a buscar, por favor. Hasta pronto —dijo mientras me cerraba la puerta en la cara.

Continuará…

Por Julio Calderón Luna