Por Eulalio IV

     Al amparo de la oscuridad el sonido de la lluvia rebota en las ventanas, es tan ordinario como mis dedos tecleando el ordenador o como mirar el techo esperando una respuesta sobre un futuro que me satisfaga, que calme mi deseo y que controle las ficciones de mis pensamientos, que nacen a cántaros, como las gotas de lluvia golpeando la ventana. No mates a la gallina, es una idea que se fermenta en mi mente, que me llama y me dice piénsalo bien; sin embargo el tiempo es relativo y las posibilidades son infinitas, todo es posible pero no todo es probable, leo en el anaquel de mi memoria y encuentro esta frase incrustada en mis recuerdos, esta frase que sólo tu voz puede pronunciar y que sólo mis oídos han de escuchar, que si acaso en otra realidad resuenan los ecos de tales palabras, que si acaso el sonido rebota hasta este presente donde las cosas no vibran igual y entonces decido no matar a la gallina, porque este es el universo que reclama sensatez, porque este el ahora donde miro tus pestañas y las ilusiones crecen detrás de tus ojos hasta envolver toda mi conciencia. Cierro los ojos y me entrego al abismo sonoro de las melodías que crea tu mirada lejana, cierro los ojos y abro mis manos, tu piel se desliza llenando mi tacto, tus ojos van descifrando cada verso no entregado y en nuestras lenguas habitan todas esas palabras que no hemos de pronunciar, cierro los ojos, el eco de la realidad resuena y suena la alarma, las 6 am: no matarás a la gallina. Coges un tazón y piensas en cómo no matarla, la morfología de la cuchara no te seduce del mismo modo que lo haría el filo del cuchillo, es así como te decides por cereal. Las narraciones obsoletas y discontinuas advierten la transmutación del presente, el hueco en el tiempo que se manifiesta acaso sutil, acaso dudoso. Pero afuera aun llueve y los cambios no se perciben igual y no matarás a la gallina. Así, coges el abrigo y un poco de suelto, caminas por la vereda a oscuras mientras dejas que las gotas de lluvia caigan sobre tu cabeza, mientras cuentas los pasos que faltan para llegar a la parada… Matar una esperanza es acabar con la incertidumbre que provoca el misticismo de futuras situaciones, de aquellas posibilidades que acaso es más probable que fallen, que acaso es mejor guardar el misterio que acabar con la posibilidad. La esperanza eterna es siempre refugio de ilusiones, es siempre una posibilidad, que acaso es más probable que sea o no sea, la incertidumbre es aceptable mientras el refugio de la duda aguarde detrás de todos esos futuros que se bifurcan eternamente… Matar a la gallina, no matar a la gallina, el tiempo llueve posibilidades y la esperanza tarde o temprano concluirá.