Por: Rusvelt Nivia Castellanos

Hace unos días estuve en Coloya. Me bajé del bus como de costumbre. Supe el pueblo tranquilo. Al instante, sentí como el viento corría seco por mi piel. Su frescura me rodeó con regocijo. Por lo demás era de mañana. Así que contemplé las llanuras doradas como los risos del sol. Parecía crecer el grito del fuego. El paisaje lo vi veraniego. En ritmo, apareció un aldeano que iba despacio por la senda de una ranchería. Sus ojos procuraban buscar una tierra menos calentana. Desde muy temprano, andaba cultivando el campo para hacer su diario de comida. El sudor que brotaba por su frente arrugada, me lo demostró.

Al poco tiempo, el señor inquirió mi presencia con su intuición. Ante tal impresión, yo corrí a esconderme detrás de un árbol limonero. Esperé por la calma. Una vez recuperé la valentía, volví a ojearlo y pronto descubrí que ese campesino había desaparecido.

Ya mejor, fijé la atención en una muchacha que preparaba los mangos y bananos para la venta. Estaba acomodada por un lado de la avenida Americana. Colocaba las frutas en un mesón. Tenía el puesto ahí en las afueras. Apenas acabó de aderezarlos, descargó un costal con granos posiblemente recolectados del paisaje. Ella los puso en distintas bolsas según como bien servían. Todo esto lo realizó con normalidad. Sin más, así sucedieron los hábitos para esta campesina con otros campesinos, quienes seguían rudamente esclavizados por la violencia.

En cuanto a los otros limbos, yo también quise fisgonear entre lo apartado. De repente, sorprendí a una matrona que estaba bajando racimos de una platanera. Cuando no encontró más, se dejó resbalar desde la alta planta. De corrido, limpió estos plátanos con sus manos carrasposas en un fregadero comunal. Una vez los supo listos; ella, doña Eutimia esperó en una esquina hasta que las busetas procedentes de Livinio, acabaran de pasar a tráfico por la carretera.

Cuando todo volvió a quedar solo, la mujer cruzó la calle y ella pronto deseó la parada de los forasteros para así poder ofrecer sus alimentos floridos. Pero en desorden, resonó fue un chirrido porque el negro de siempre salió a inflar llantas de autos recién varados. Eso el hombre se hallaba sucio como anémico. La doña, vio este cuadro de por cierto. Y ella, por dócil, escogió ir a una cafetería. Allá adentro; compró una gaseosa, luego fue hasta donde el morochito y se la regaló.

En tanto sobre mí, caminé hacia el centro del pueblo. De a poco, paseé por entre varias ferreterías entre algunas casas blancas. Anduve unas dos cuadras. Pasado ello, vi el parque vestido con árboles frondosos y ellos amañando de sombra, la modorra de sus habitantes. El calor era por momentos fustigante. Me hinchaba su pesadez septenaria. Sólo por ahí, pillé a un monito jugando a vender refrescos junto a la iglesia clasista. Y curioso, yo delaté a una moza coqueta, ella a su hora queriendo darle besos al amigo suyo, un amasador de panes y almojábanas, tan tiernas como esas mejillas de mujercita y ella tan enamorada y tan cautiva como los trasnochadores municipales.

En fin, los emparejados corrieron a esconderse en una habitación. Mientras, una ráfaga polvorienta envolvió el ambiente. Por salud, comencé a trotar por un andén rojo. Al cabo de aquella esperanza, me olvidé de mí por unos segundos. Pensé en ellos con agudeza porque estos enamorados, luchaban por ser felices en medio de tanta adversidad.

Y claro, sobre las otras cosas, atravesé un puente donde había aguas impuras. Por allá, olía a horrible y nadie se bañaba en aquel charco tan fuliginoso. Uno solo, huye rápido de ese paraje destrozado, mientras uno mira las nubes que flotan sobre las cordilleras. Así que claro, tuve que desandar enrumbado por esta misma vereda. Despacio, cogí por un sendero vidrioso y rendido volví a yacer donde pululan las ánimas en pena.