Por Beto Fong

I

Cuando me dispuse a visitar a L. fui con intenciones de vengar la memoria. Bajé del vehículo para atravesar el pueblo, cruzar el paraje de la carretera al centro del campo. La casa estaba ahí, como en los recuerdos tristes de la infancia y los días viejos de mujeres y traiciones. No había más maizales. Todo el ganado escapó. Papá había muerto.

 

II

Mamá escapó con un hombre que se la cogía en la misma cama en la que me tuvo a mí y a mi hermano. En sábanas manchadas de mierda y sangre, en el mismo colchón de paja donde también lo hacían ella y papá. L. y yo lo sabíamos. No encontramos cómo contárselo a mi padre. Él también lo intuyó, pero nunca quiso aceptarlo.

 

III

Después del día que fuimos al río ya no podíamos volver a creer en Dios. Con el dinero que robamos del bolso de papá pagamos dos putas y una vaca. Nos dispusimos a huir, a abandonar la vieja casa al centro del campo. Ahí ya no crecía nada más que la angustia. No sabíamos a dónde. Pero teníamos a esas mujeres, nos amábamos el uno al otro.

 

IV

L. desapareció cuando llegamos a la ciudad. También las putas se fueron. Vendí la vaca por unos pesos y me dediqué a sobrevivir.

 

V

Por años deseé volver a casa, pero me contuvo la fe y la cotidianidad. Encontré un nuevo hogar. En el edificio había luz, comida y agua. Ahí no  vuelan los pájaros; se terminó el aire.

 

VI

No vi a mi padre morir.

 

VII

Mientras caminaba a casa el sol caía como todas las mañanas de febrero, al mediodía los pájaros cantaban en otras lenguas que no sé descifrar.

Aquí no crece nada, sólo el silencio y esa tristeza que emerge del campo vacío. La tierra, caliente y seca, quema mis pasos como quema el olvido.

 

VIII

Abrí la puerta. No había nadie.