15 de mayo de 1998. Tres de la tarde en punto. Hospital Beneficencia Española de Puebla. El hombre más rico del sector espera impaciente a que su primogénito salga de las entrañas de su esposa. Mira su reloj de oro. Piensa detenidamente en lo sucia que está la sala de espera. Pudimos conseguir algo mejor, dice. Sale a fumar uno de los innumerables puros que recibió en el transcurso de la semana. Todos le supieron insípidos. Mira nuevamente su muñeca. Carajo, cuánto tiempo pueden tardar para extirpar un bebé. En la calle no se ve un solo vehículo. Más les vale a esos culeros que ni se aparezcan, refunfuña. Los culeros que menciona son aproximadamente unos 300 individuos. Cada uno tiene razones para tasajearlo. Le ha jodido la existencia a todos, del mismo modo que Pedro Páramo en Comala. Sonríe triunfante. Es la vida del éxito la única que cosecha enemigos. Antes de volver a entrar, un maloliente se le acerca para pedirle la hora. Se da cuenta de que tiene una mano metida en el costado de su pantalón mugroso. Ni siquiera le dirige la palabra. Camina hacia atrás, como buscando la pared. Del otro lado se aparece otro vagabundo con intenciones similares. Estos cabrones me tienen acorralado, cavila. No se los recomiendo, les replica al momento en que saca una pistola antigua de su chaleco. Me tomé mis precauciones en caso de que algo como esto pudiera suceder. Ambos se espantan y se alejan. El sr. Tecolote vuelve a sonreír. Logró salirse con la suya una vez más. Ingresa al hospital. Los vagos miran desde la otra banqueta por una de las ventanas. Hay ruidos. Forcejeos. Un disparo. El sr. Tecolote cae de la ventana por el impacto de bala. Se desangra. Se convierte en un espectáculo público. Cientos de personas se congregan para observar al moribundo. Los paramédicos no pueden realizar adecuadamente su trabajo. Para cuando logran tener espacio ya es tarde. Han matado al sr. Tecolote. El asesino pudo ser cualquiera, incluso tú.

            Por mi parte no pude haber sido porque estaba naciendo. Mi madre no se enteró sino hasta dos días después. Los doctores creyeron que sería malo para su organismo recibir tal noticia en su condición. De cualquier modo la noticia recorrió el estado en menos de una jornada, por lo que fue atosigada por los periodistas que la interrogaban en su habitación siempre que se escabullían. Casi se muere por el estrés. Aunque claro, en ese tiempo el estrés no era considerado la enfermedad del siglo XXI como lo es ahora —porque aún no era el siglo XXI—. Afortunadamente sobrevivió. Logró criarme sin mi padre y me educó para evitar ser como él. Me contó de los turbios manejos de dinero en los que se desenvolvía. También de cómo se ganó el odio de la ciudad al robarle a unas escuelas, establecimientos y desprestigiar a algunos de sus empleados. Me educó para que pudiera salir adelante con el esfuerzo de mi trabajo. Yo entendí bien a la primera, por lo que en lo posterior no me fue difícil sacar provecho de las becas que me había ganado. Con todo, algunas veces me pregunté quién habría sido el valiente que puso fin a la vida de mi padre, pero no me atreví a investigarlo por mi cuenta.

            Me dediqué más bien a la literatura. Mis novelas policiacas me ofrecían el misterio que anhelaba sin exponerme al peligro. Comencé, como todos, con Poe, Christie, Highsmith y Doyle; pero mis gustos se distribuyeron a otros espacios literarios. Terminé encantado de la poesía confesional y el teatro brechtiano. Los del Boom se me escurrían entre los dedos de lo rápido que terminaba un libro y comenzaba otro. En fin, comprendí, que mi misión en la vida no era descifrar misterios, sino fabricarlos.

            Escribí mi primera novela a los 15 años. La adapté a la dramaturgia y la presenté en mi escuela con apoyo de mi generación. La recepción fue magnífica. Podía escuchar tras bambalinas los suspiros de la audiencia con cada giro de trama. Eres prolífico, Tecolote, me felicitó mi maestra, quien me presentó con don Colibrí.

            Viajamos al Distrito Federal. Aquí le traigo a mi estudiante más destacado en años, don Colibrí. En aquel tiempo conseguir una cita con él era inasequible, sin embargo, ambos eran buenos amigos. Don Colibrí se mostró entusiasmado con mis conocimientos en la materia, además de algunos relatos breves que le mostré. Tu maestra tiene razón, Tecolote, tienes talento. Me ofreció participar en una colección de narradores jóvenes en la que por supuesto acepté. Luego de darme los requisitos le prometí que le tendría algo espectacular. Regresé a mi ciudad eufórico. Mi trabajo me sacaría adelante, como mi mamá siempre había querido.

            Trabajé seis meses en mi segunda novela. Esta era más grande, más compleja, con el doble de personajes y giros de tuerca que la harían impredecible. La dividí en dos partes para enganchar al lector. Apenas dormía con tantas ideas flotando tan cerca de mí. La concluí con una planeación tan perfecta que apenas podía creerlo. Quien tuviera que leer mi obra caería fascinado.

            Al menos eso creí hasta que me llegó el veredicto de la Cuervo. R E C H A Z A D O, se leía en una hoja que aparte de dicho mensaje, contenía mis datos y los de mi obra. Le exigí a don Colibrí una explicación, pero no supo dármela. Tuve que ahorrar lo suficiente para viajar de nuevo. A pesar de que mis calificaciones descendieron en el último parcial por ello, era tan bueno que no afectó significativamente mi promedio.

            No pude verla en persona, mas conseguí su número. Le marqué de un teléfono público. No me contestó la primera vez. Tuve que llamar dos veces más. Al responder me aterró su voz. Era fría, lejana, sobria. Tragué saliva y engrosé mi voz. Señora, le habla Tecolote, a quien usted tal vez recuerde por mi novela ¿Quién mató al sr. Tecolote? Quiero que me responda con sinceridad, y que rectifique si es posible, ¿por qué no aceptó mi novela? ¿Por qué no se cautivó con ella si se trata claramente de un parteaguas en la literatura de nuestros tiempos? Estaba dispuesto a escuchar cualquier negativa, salvo la que realmente me esperaba.

            —Los Simpson ya lo han hecho.

            —¿Cómo dice?

            —Sí, niño, no puedes plagiar un episodio de los Simpson y esperar a ser premiado. Es lógico de un mozuelo sin experiencia en el mundo de las letras.

            —¿Pero de qué mierda me está hablando, señora? Si yo me inspiré de la forma en la que mi padre fue asesinado.

            —Pues qué tristeza, de veras. No solo por el hecho de que tu papá se haya muerto igual que el sr. Burns; sino porque no eres capaz de soltar el pasado. Gracias por marcarme, jovencito. Me has dado los motivos más que suficientes para vetarte de cualquier concurso, programa o taller literario con relevancia alguna en el país, además de darme algo de qué quejarme con el Colibrí.

            Me colgó sin más. No sabía qué putas era Los Simpson así que busqué a alguien que me mostrara de qué mierda me estaba hablando la vieja. Fue sencillo encontrar a alguien que me lo explicara, en el hotel donde me hospedé un ama de llaves me mostró que los pasaban en Fox. Me contó del episodio especial de dos partes que conmocionó al mundo en 1995 y 1996. Los Simpson lo han hecho todo, me dijo. Y yo ni en cuenta. Todo por pasarme leyendo al puto Poe y a la pendeja de Agatha Christie. Había plagiado un programa gringo que mamá usó para no explicarme por qué vergas yo no tengo papá. Todo por eso, todo por evitar una simple charla.

Continuará…

Julio Calderón Luna