Por Andrea Ciria

El doctor Pitroen salió de la habitación de Dorov y cerró la puerta. Blaka, la madre Dorov, esperaba ansiosa dando vueltas en el corredor de la planta alta de la casa. Pitroen se le aproximó y negó levemente con la cabeza.

—¿Cómo está mi pequeño? —preguntó ella con un hilo de voz.

—Le he dado un sedante —dijo el psiquiatra—. Me temo que habrá que internarlo.

—¿En un psiquiátrico?

—Ahí se recuperará pronto —agregó Pitroen—. Si usted está de acuerdo, organizaré todo para que mañana vengan por Dorov.

Blaka, mortificada, miraba sus manos.

Pitroen consultó su reloj de pulsera y dijo:

—Señora, estamos a tiempo de ayudar a su pequeño. Con el tratamiento y los medicamentos adecuados…/

—Está bien, doctor —dijo Blaka sin verlo a los ojos. Concederé el permiso.

Se despidieron con un apretón de manos. Antes de salir, él agregó:

—Dorov dormirá hasta entrada la tarde. Procure descansar un poco.

Ella asintió reprimiendo en llanto.

 

En la noche Dorov despertó errante. Se sentía cansado. Se puso en pie y salió de su habitación. Fue al pasillo y entró en el baño, dejando la puerta abierta. Se lavó la cara y, al buscar a tientas la toalla para secarse, no la encontró en su sitio. Entonces encendió la luz. Ahí estaba. A unos centímetros del marco de la puerta, el ojo marrón. Lo miraba de forma fija. Profunda. A Dorov le escurrían gotitas de agua por las mejillas y frente. Se quedó quieto. El ojo parpadeó y salió del baño embarrándose por la pared. Dorov, procurando controlar el temblor de sus piernas, lo siguió por el largo corredor. El ojo se detuvo cerca de la recámara de Blaka. Entonces Dorov aspiró hondo y se aproximó a él. Levantó el brazo y lo señaló con el dedo índice:

—No entres ahí.

El ojo se entornó y comenzó a vibrar. Hizo un intento por introducirse en la habitación de Blaka, por entre el marco y la puerta, pero no pudo. Dorov frunció el ceño y dibujó una media sonrisa en su rostro.

—¡Ja!, no puedes entrar si la puerta está cerrada.

Descendió corriendo las escaleras de la casa y entró en la cocina. Regresó al pasillo de la segunda planta. Llevaba un matamoscas en una mano y un cuchillo en la otra. El ojo seguía ahí, pero estaba cerrado. Dorov sonrió, se acercó con sigilo y blandió el matamoscas. En ese momento, el ojo se abrió, se movió cual cucaracha en la pared y esquivó el golpe. Se deslizaba frenéticamente mientras Dorov lo perseguía.

La madre escuchó el alboroto en el corredor. Cuando abrió la puerta de su pieza, el ojo se escabulló tan rápido que Dorov lo perdió de vista.

—¿Qué haces, hijo?

—¡Mamá!, ya no lo veo. ¡Ven! Vamos rápido a mi cuarto. Si cerramos la puerta, no podrá entrar.

Ella suspiró. El ojo se asomó en el quicio de la puerta. Los miraba fijamente.

—Mamá, voltea. ¡Ahí está!

Blaka, temerosa de descubrir lo que tanto alteraba a su hijo, y al mismo tiempo de no encontrar nada y reafirmar la enfermedad mental del pequeño, viró la cabeza.

El ojo se deslizó dentro de la pieza.

—¿Lo viste? Se metió rapidísimo.

—No, Dorov. Deja de decir que un ojo se mueve por las paredes. El doctor Pitroen dijo que necesitas ir a un lugar para que te ayuden —se le cortó la voz—. Vas a estar bien, mi amor. Dame ese cuchillo y regresa a la cama.

—Mami, el ojo persigue a las personas con ojos cafés y luego se las lleva. ¿Te acuerdas de lo que le pasó a mi compañero de clases?

—Eso fue una desgracia, Dorov. Pero verás que la policía lo encontrará.

—Fue el ojo.

—El cuchillo, Dorov —dijo ella con tono firme.

Dorov se lo entregó e hizo un puño con la mano.

—El matamoscas también.

Al momento de dárselo, vio al ojo en una de las esquinas superiores de las paredes del pasillo.

—Vamos a la cama, hijo.

Dorov corrió detrás de su madre y la empujó con fuerza hasta su habitación. Al entrar, cerró la puerta y encendió la luz. Buscó en todas las paredes y, aliviado, se sentó en el lecho.

—Mami, el ojo seguía a mi amigo en el salón de clases, los pasillos, el baño. Y ahora está aquí, en la casa. Tú tienes los ojos castaños.

Blaka abrazó a su pequeño para hacerlo callar. Lentamente lo recostó y lo cubrió con una frazada.

 

Por la mañana, el médico tocó a la puerta de la casa de Blaka. Lo acompañaba Tika, una enfermera de dulces facciones y uniforme níveo impecable. Fue necesario sedar a Dorov para llevárselo. Despertó horas después, en una cama muy estrecha, dentro de una habitación pálida y monótona. Se incorporó y deambuló por el sitio. Estaba nervioso. Más tarde, Tika entró y le pidió que se sentara. Debía tomar unas pastillas.

—Hola, Dorov. Me llamo Tika.

—¿Dónde estoy? ¿Y mi mamá?

—Estás en un lugar especial. Te vas a sentir mejor muy pronto.

—No me siento mal. Quiero regresar con mi mamá. El ojo se la va a llevar.

—Tu mami está bien, cariño. Si te comportas, podrás verla. Toma tus medicamentos.

Dorov obedeció resignado. A los pocos minutos, Pitroen entró en la pieza del psiquiátrico.

—Hola, campeón, ¿cómo te sientes? Me ha dicho Tika que te portas muy bien. ¿Qué te parece si platicamos un rato, y luego sales a jugar al patio?

—Quiero ver a mi mami.

—Claro, Dorov. Mañana es día de visitas.

—No estoy enfermo. Debo regresar a mi casa y salvar a mi mamá.

—¿Qué piensas que le puede pasar?

—El ojo se la va a llevar.

—¿Cuándo fue la primera vez que viste a ese ojo?

—En la escuela.

—¿Y cómo es?

—Es un ojo normal. Marrón.

Pitroen hizo algunas anotaciones y preguntó:

—¿Es humano?

—¿Qué? Los ojos de la gente no se mueven en la pared como lagartijas.

—No, claro que no. Pero, ¿parece humano?, digamos, ¿cómo los tuyos o los míos?

—Como los de mi mamá o Tika. Gente con ojos cafés.

—¿Lo has visto aquí, en tu nueva habitación?

—No. Está en mi casa.

Al término de la charla, Pitroen le dijo que podía salir al patio a jugar y tomar aire fresco.

 

Llegó el viernes por la mañana y Blaka no se apareció en el psiquiátrico. Tika, preocupada por Dorov, llamó a casa de la madre pero nadie respondió. Entonces fue al despacho de Pitroen y le dijo:

—Doctor, la hora de visitas ha terminado. La mamá de Dorov no se presentó. La he telefoneado pero no atiende mi llamada.

—No se preocupe, Tika. Si la señora viene más tarde, o incluso mañana, la dejaremos pasar. Es muy importante que Dorov constate que ella está bien.

—Muy bien, doctor.

 

Al día siguiente, entrada la tarde, Pitroen fue a la central de enfermeras. Le hizo una seña a Tika y ella se aproximó—: Tika, ¿ha podido comunicarse con la madre de Dorov?

—No, doctor.

—¿Puede ir a su casa y decirle que necesitamos que visite a su hijo?

—Claro que sí. Iré ahora mismo.

 

Tika se apeó del taxi. Tocó a la puerta de la casa de Blaka, pero no obtuvo respuesta. Buscó con la mirada y se acercó a una ventana abierta.

—¿Hola? Señora Blaka, soy Tika, del hospital —dijo asomando la cabeza dentro.

Regresó a la puerta y volvió a tocar. Movió la perilla y se dio cuenta de que no tenía el seguro puesto. Dudosa, entró de puntitas y se quedó parada en el vestíbulo sin saber qué hacer. La vivienda estaba en total penumbra.

—¿Hola? —dijo sin obtener respuesta.

Fue a la cocina y luego a la sala de estar. Todo estaba en perfecto orden. Caminó hacia las escaleras y encendió las luces. Subió con un ligero temblor en las piernas. Al iluminar el pasillo de la segunda planta, notó que los cuadros en la pared estaban chuecos. Había, además, varias marcas de golpes en el yeso.

—¿Señora Blaka?

Una tenue luz iluminaba la habitación principal. “Tal vez está enferma”, pensó Tika y abrió la puerta entrecerrada. No había nadie. La pieza de Blaka era un caos: la cama tenía las sábanas y colchas revueltas, en la mesita de noche había un vaso a punto de caer, y la lamparita que emitía la luz estaba tirada sobre la alfombra. Tika notó que también había marcas de golpes en la pared. Sobre la cama, encontró un matamoscas. Asustada, salió de la casa. Regresó al hospital y fue directamente con Pitroen, a quien le detalló lo que vio.

—Llamaré a la policía para que vayan a la casa de la señora Blaka —dijo el psiquiatra.

 

Por la mañana, Tika entró en la habitación de Dorov. El pequeño estaba ansioso.

—Quiero ver a mi mamá.

Tika reprimió las ganas de hacer cualquier gesto mortificante.

—Dorov, hoy no es viernes, sino sábado. Ayer… vino tu mami, pero estabas dormido y no quiso molestarte.

Dorov la miró con desprecio. Se cruzó de brazos.

—¡Eso no es verdad!

Entonces lo descubrió. El ojo los miraba entornado. Dorov sintió un hormigueo en las manos. Comenzó a hiperventilarse y retrocedió un par de pasos. Tika se movió en la habitación y el ojo la siguió. Luego se quedó quieto y la escrutó.

—Ti-tika —dijo Dorov con voz apenas perceptible—. Te está viendo —señaló detrás de ella—. Tus ojos son cafés.

Tika viró la cabeza y el ojo se deslizó velozmente hasta el techo. Dorov seguía señalándolo con el dedo índice, pero Tika miraba al pequeño con pena.

—¡Se llevó a mi mamá! —dijo y soltó a llorar.

Tika salió de la habitación para buscar al médico. El ojo logró salir antes de que ella cerrara la puerta. Pitroen ordenó que le administraran un sedante a Dorov.

 

Más tarde, un policía se apreció en el psiquiátrico. Al verlo, Pitroen llamó a la central de enfermeras para pedir a Tika que fuera a su despacho. La enfermera que respondió la llamada informó al médico que Tika no estaba en el hospital.

—Por favor llámela al móvil y dígale que venga cuanto antes.

Tras colgar el auricular, Pitroen preguntó al uniformado:

—¿Alguna novedad del paradero de la madre de mi paciente?

El policía negó con la cabeza. La enfermera entró en el consultorio de Pitroen. Se le veía angustiada:

—Doctor, Tika no responde. Es muy raro, ¿sabe? Siempre atiende las llamadas por si tenemos alguna emergencia.