Por Lis Pérez Huerta

Hace 500 años individuos europeos pisaron tierras americanas por vez primera, encontraron selvas indomables, brillante oro y construcciones piramidales dignas de un rey. En estas tierras vivían personas con una cosmovisión totalmente diferente, extranjeros europeos vieron la oportunidad de obtener riquezas, tierras, reinos, poder y en el camino a lograr ese objetivo pasaron por encima de la comunidad que residía en ese territorio.

Indígenas americanos padecieron innumerables maltratos por parte de los nuevos colonos. Golpes, violaciones, asesinatos, mutilaciones y demás torturas fueron llevadas a cabo contra las comunidades originales.

500 años después, en esas mismas tierras miles de ciudadanos centroamericanos emigran hacia el norte, en busca de mejores oportunidades, en pos de un sueño que se ha ido dibujando en la mente latinoamericana: el sueño americano. En los caminos hacia el norte pisando la huella de sangre seca de los indígenas mutilados cinco siglos atrás, migrantes provenientes de El Salvador, Honduras, Nicaragua, y más zonas centroamericanas se esconden y avanzan, temerosos pero con propósito.

En 1552 Fray Bernardino de las Casas relató en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias el método de colonización y adoctrinamiento al que sometieron a los indígenas americanos, que estuvo lleno de golpes, maltratos y sangre. El día de hoy el poeta chiapaneco Balam Rodrigo retoma aquellos escritos, convirtiéndolos en epígrafes de su obra y transmutado aquellos hechos a los que suceden en territorio mexicano desde hace más de 50 años y de los que los migrantes centroamericanos son víctimas, formando el Libro Centroamericano de los muertos.

Un golpe de realidad, seco y directo nos pega justo en el pómulo, despertando el instinto humano, así este poemario nos invade de repente, con los testimonios sangrantes que el autor nos regala mezclados con sus recuerdos familiares que retratan, con más fidelidad de la que cualquier país quisiera aceptar, el trato indigno que la vida recibe.

Desde el inicio, el libro nos recibe con la apología a un Jesús migrante, que viaja desde Centroamérica, esa pequeña Belén hundida en la esquina rota del mundo hacia la tierra prometida: Estados Unidos, y así en medio de la polémica que plantea con toda la intención de hacer abrir los ojos al lector, comienza a poetizar las historias desgarrantes de migrantes que buscaban solamente una cosa: sobrevivir.

Desde la voz femenina de quien fue engañada y vendida, prostituida y asesinada que lo único que pide es dejar de ver a su madre en caravanas con su foto en su pecho, buscándola; hasta la voz de un niño de 11 años que murió con ese número en su destino, por la edad, por la camiseta de fútbol marcada con ése número o por el número de partes en que su cuerpo quedó despedazado cuando lo encontraron recién parido de La Bestia.

Balam Rodrigo enmarca las historias en cuadros que sólo puede pintar la persona que haya vivido en aquellos territorios, el río Suchiate, el volcán Tacaná, lagos y ríos que ya no existen, la selva espesa que se cubre a sí misma. El poeta narra cómo los mismos indígenas Nam no conocen la frontera porque no son de México ni de Guatemala, son del Tacaná, y como encuentra en el camino centroamericanos que dijeron Vámonos Patria a emigrar, yo te acompaño sólo para encontrar que en tierras de nadie y de todos, los genocidas no saben escribir con tinta.

Pisar tierra ajena sabiendo que al aceptar poner un pie en ella se acepta también la carta abierta de asaltos, asesinatos y violaciones impunes, porque en un país donde no se tiene nombre no hay nadie que te busque. Esta obra definitivamente abre perspectivas, ayuda a comprender lo ajeno y cautiva la tragedia. La reflexión nos abraza en el momento en que se lee cada historia, y nos hace dudar de aquello llamado humanidad, ¿realmente existe o es una utopía inalcanzable? porque si es que existe ¿Cómo es posible que estas historias hayan existido? ¿Cómo es que siguen sucediendo, hoy, en este momento?

El libro centroamericano de los muertos no miente en su título, es un cementerio en papel y tinta, la única ofrenda que podemos hacerle es aceptar la realidad y reflexionar sobre el mito de la frontera, porque siendo el mismo idioma y el mismo color, reflexionen, cómo es posible que les llamen extranjeros.