Desde el inicio de este apartado de la revista, decidí que el algún momento les hablaría de anime o manga, pero mis primeros títulos en mente estaban bastante lejos de aquel del que les hablaré el día de hoy.

Hace algunas horas terminé una serie a la que me resistí desde su inicio en abril de 2018 y que de alguna manera gracias a sus colores terminó siendo un trabajo que ocupa un lugar especial en mi lista de favoritos. La decisión de hablarles de este título viene acompañada con otro tema del que trataré también en estas líneas: el Omote Nihon y el Ura Nihon, las dos caras de Japón.

El título de la serie es Piano no Mori (ピアノの森)o El bosque del piano, su manga se publicó desde 1998 hasta el año 2015 gracias a Kodansha y en 2018 su anime vio la luz; la plataforma Netflix cuenta con los primeros 12 episodios de la serie.

Describirles el argumento de Piano no Mori se me hace complicado porque es un trabajo que se siente, que se escucha y se percibe de maneras muy distintas. Sus colores, casi siempre brillantes verdes y amarillos, contrastan con algunos pasajes oscuros que le dan vida al protagonista de nuestra serie, llamado Kai Ichinose, un niño nacido en un barrio rojo de Japón a quien un piano abandonado le entrega un brillante futuro como pianista.

Dejando de lado la idea de la superación que plantea la serie, la forma en que los creadores dibujan las dos caras de Japón se me hace excepcional. El país del sol naciente presenta una división geográfica que deja ver dos países distintos: uno tecnológicamente avanzado, en el que se alzan las grandes ciudades y los lugares turísticos por excelencia, el llamado Omote Nihon (Japón de enfrente); del otro lado, oculto al mundo está el Japón rural, abandonado, lleno de bosques, donde mueren las luces de la ciudad y empieza la oscuridad, es el llamado Ura Nihon (el Japón de atrás).

Kai crece en el límite de un barrio rojo y el bosque, criado por su madre, quien se dedica a la prostitución, y por el bosque mismo, donde se desenvuelve libremente apartándose por un momento de la violencia que vive en el bar en que trabaja para ayudar a su madre. El chico es la personificación del Ura Nihon y a lo largo de la serie confirmamos más y más esta idea.

Amamiya Shuuhei, por su parte, es un jovencito criado en la ciudad, en el Omote Nihon; jamás tuvo problemas especialmente graves pero desde que conoce a Kai y lo escucha tocar el piano en el bosque se convence a sí mismo de que nunca podrá ganarle, creando una rivalidad no solo entre ellos sino entre las dos partes que representan. Muchos dirán que la serie se basa en la vida de estos jóvenes y puede que tengan algo de razón, pero desde mi punto de vista Piano no Mori es una oda a la vida, a la esperanza de un mejor futuro, a la idea de que no importa a dónde vayas porque tus raíces siempre irán contigo;Kai ama tocar el piano, pero jamás pierde de vista el bosque que lo crió, tampoco a su madre que encerrada en la vida nocturna decide dejar ir a su hijo y mucho menos al viejo piano abandonado que le dio su más grande sueño.

A pesar de tener un mensaje de superación, la serie nos deja ver que siempre hay obstáculos: el dinero, las personas (en este caso los jueces, los trabajadores del barrio rojo, otros pianistas, etc.), nuestros propios fantasmas y por supuesto nuestras ganas de hacer las cosas. En el capítulo final los resultados son inesperados y emocionales, incluso si se piensa que el final feliz es lo que debe ocurrir.

Más de una vez me encontré a mí misma llorando en algún capítulo, en algún recital que duraba varios minutos. Entendí que Kai es la prueba (aunque sea un personaje ficticio) de que el mundo puede arrastrarte, pero a veces tú lo puedes arrastrar a él. Me quedo con uno de sus recitales en el concurso Chopin, en que un espectador dice que Ichinose despoja a todos de sus pretensiones y lleva a todos al bosque donde creció, al barrio rojo que todos desdeñarían, al lugar más triste y gris de Japón y al final los hace sentir lo que él siente, un amor infinito hacia la música.