Pero no había motivos para desplomarme. Mi madre tendría sus razones para ocultarme la verdad sobre mi padre, ¿y qué? La mayoría de la gente no tiene padre. Eso no me iba a impedir que cumpla mi objetivo de convertirme en el escritor más influyente del siglo XXI. Mi primer intento con la Cuervo fracasó, sin embargo, ella no es la dueña de la literatura en México y quizás me toque a mí demostrárselo. Se los demostraré a todos, en realidad.

            Don Colibrí ciertamente no fue de ayuda, aunque no sería justo echarle la culpa. De hecho, confió casi a ciegas en mí. ¿Cómo iba a saber que le entregaría a su jefa una copia de un episodio de la caricatura más famosa de Norteamérica? Decidí volver en su busca aprovechando que seguiría en el Distrito Federal hasta el 29 de mayo. No quiso atenderme, pero le dije que no estaba allí por venganza.

            —Escúcheme, don Colibrí. Soy yo el que quiere disculparse por defraudarlo.

            Charlamos el resto de la tarde. Me contó su historia y entendí su soledad. De algún modo me pareció que había visto en mí a un heredero de su legado cultural y que por ende, mi fracaso también había sido el suyo. Lo alenté a seguir adelante con su vida, salir del caparazón en el que se había encerrado. «Yo voy a seguir con mi sueño y lo voy a cumplir. Usted debería hacer lo mismo, don Colibrí». Quedamos en muy buenos términos. Ofreció su ayuda incondicional, pero tuve que rechazarla. Había dependido de tantas personas por tanto tiempo…

            Regresé a Puebla, donde fundé un pequeño grupo teatral que se presentó en distintos foros de la ciudad durante dos años y medio. Escribí y escribí. Conocí a los mejores de mi generación, estudié sus técnicas, sus tópicos y su manera particular de desarrollarlos. Les copié descaradamente. Si me iba a convertir en famoso por plagiador, tenía que hacerlo bien. Les copié tan excelentemente bien que nadie se dio cuenta.

            Con mis nuevas habilidades gané concursos de todo tipo. En los slam’s los competidores tenían miedo de enfrentarse a mí. Sabían que podía utilizar sus tropos en su contra y por ello desertaban. Mi nombre resonó en todo centro cultural que tuviera relevancia en el estado. Era momento de irme de nuevo.

            No volví a tocar el tema de mi padre con mi mamá. Fue ella quien me lo recordó antes de partir al extranjero. Me preguntó si había algo que yo quisiera aclarar antes de comenzar mi vida solo. Le dije que no, que aquello que no se dijo en su momento no tendría por qué decirse ahora. A lo que respondió: «siempre me pareció curiosa tu forma de afrontar tus problemas, o en este caso de huir de ellos. Sabes que tenemos algo de qué hablar, pero no te voy a presionar. Llámame cuando estés listo».

            —Claro que sí, mamá. Nos vemos en dos años. Te quiero.

            Creí que ella sería la última persona conocida a quien vería antes de subir al vuelo, pero me sorprendió que don Colibrí corriera hasta alcanzarme como en los clichés de las películas románticas. El problema era que su salud deteriorada lo mantuvo en cuclillas durante cinco minutos antes de que pudiera dirigirme la palabra. Cuando se repuso me dijo: «hijo, qué bueno que te encuentro. Llamé a tu hogar y tu mamá me avisó de que estarías en el aeropuerto. Inmediatamente tomé un taxi y heme aquí».

            —Tiene que ser algo muy importante lo que quiere decirme como para venir hasta acá, don Colibrí.

            —Vaya que lo es. Me quedé con muy mal sabor de boca por lo de tu situación. La Cuervo no quiere admitirlo pero ha estado al pendiente de tu crecimiento literario. Le produce escozor saber que te estás haciendo un lugar entre tu generación. Me temo que no podrás llegar más lejos por ti mismo, ella tiene injerencia directa en el Aguascalientes, en el FETA, en el FONCA y cualquier otra institución que se te ocurra. Te va a erradicar si es que tiene la oportunidad.

            —Es por eso que me voy, don Colibrí. Ya agoté mis opciones aquí.

            —Te entiendo, hijo, pero también quiero que sepas que no has agotado todas tus opciones. No mientras yo tenga vida y un corazón que la insufle. Tengo una idea que puede ayudarte, pero tendrías que decidir pronto. En estos días trabajaré con unos muchachos que vienen de lejos en una revista de proyección nacional. Ellos tienen sus planes y yo los míos. En esos estás tú. Quiero que seas colaborador permanente; tendrás tu propia columna. Esta revista no es cualquier cosa, la Cuervo la distribuirá con un presupuesto similar a Letras Libres. Pero claro, en lo que ganas el capital cultural necesario, deberás usar un pseudónimo, tú sabes, para evitar problemas.

            —La verdad, don Colibrí, suena muy tentador, pero también muy peligroso. Si la Cuervo nos descubre no solo arruinará mi carrera, también usted quedará mal parado. Agradezco todo lo que ha hecho por mí, pero creo que no: paso. Debo hacerme camino por mi cuenta, y si eso significa rechazar su propuesta me temo que tendré que declinar.

            —Claro, hijo. Yo lo entiendo. No es la mejor de las propuestas cuando estás a punto de irte. Te deseo muchísimo éxito adonde vayas, y que cuando estés allá, ojalá pueda hacerte llegar algún número dedicado a los jóvenes como tú. Cuídate.

            —Muchas gracias, don Colibrí. También le deseo suerte con su revista. Espero que esos muchachos de los que me habla no lo decepcionen también… jeje.

            —No, ellos no…

            Nos abrazamos y partí a tierras ignotas. En cuanto puse el primer pie afuera del avión supe que había cometido un error, aunque no sabía en qué consistía. La primera semana estuvo bien, todavía no comenzaban mis clases. Aproveché para conocer el lugar. Hacía frío, estaba nublado: el panteísmo egocéntrico perfecto de la tragedia. El ambiente se mezclaba con la contaminación absorbiendo mi vitalidad. ¿Por qué me sentía tan mal? Decidí ignorar mis síntomas porque debía poner en marcha mis proyectos. Conocí a un par de estudiantes que me invitaron a un bar donde se recitaría poesía a micrófono abierto. Por supuesto que llevaba algunos textos míos que obviamente leería en español. Era mi derecho como extranjero. Me pareció buena idea en ese entonces, pero de haberlo sabido, quizá ni siquiera me habría salido de mi casa. Lo que pasó después todavía no lo asimilo, aún me provoca escalofríos. Había unos ojos entre la densidad del humo de cigarro. Ojos familiares, intensos, definitivos y mortíferos…

            —¿Así que hablas español, eh? Qué bien, yo también soy mexicano.

Continuará…

Por Julio Calderón Luna