Mi hermana está preocupada. Sé que es por mí pero también por algo más. Volvió de su visita con el Colibrí algo confusa. No quiso decirme lo que pasó. Yo todavía no puedo salir del hospital. No me darán de alta hasta el 12 de junio. Parece ser que mis heridas son más graves de lo que pensábamos y que necesitaré terapia para caminar de nuevo. Me duele todo el cuerpo, pero mientras pueda hablar y escribir habrá esperanza. Sé que suena estúpido, pero mi hermana y la revista es lo que más me importa ahora. Por eso le pedí a Golondrina que me dejara tener una conversación con el Colibrí. No quiero que crea que por mi accidente vamos a detener el avance que hemos tenido.

            —No pude ver al Colibrí ayer que fui —por fin me dijo.

            —¿Por qué no? ¿Pasó algo?

            —No algo exactamente… alguien.

            —¿Quién?

            —Era un adolescente o eso creí cuando lo vi. Primero pensé que era el hijo del Colibrí. Según se llamaba Tecolote. No me dejó pasar ni hablar con su «profesor».

            —Vaya, eso sí que está raro. ¿Crees que el Colibrí esté molesto con nosotros?

            —Chance. Pero tampoco me parece justo que no me dejara al menos explicarle lo de tu accidente.

            —Pues sí, qué extraño. Me encantaría poder levantarme para verlo en persona. Nos costó un buen de trabajo venir a encontrarlo como para que se nos esconda.

            —Todavía no puedes caminar, sonso. Voy a verlo mañana. Ese chico no puede quedarse allí todo el día. ¿Cómo te sientes?

            —Emperrado.

            —Me refiero a lo de tu espalda.

            —No siento ni mi espalda… Creo que sería mejor si extirparan mi cerebro y lo colocaran en un súper robot homicida. Podría volver a caminar, andar en bici y le haría unas visitas al pendejo que me atropelló y al chamaco que no te dejó hablar con el Colibrí.

            —Eso sería un problema porque así serías más fuerte que yo y eso no se vale.

            —Gola, yo ya soy más fuerte que tú.

            —Claro… Sobre todo ahorita. A ver, pégame aquí si muy muy. ¿No puedes, verdad? Ya decía yo. Pues si soy la mayor, obviamente voy a ser más fuerte que tú.

            —Eres una mensa, eso es lo que eres.

            —Ay, sí, ahora yo. El minusválido va a sermonearme.

            —Jóvenes, ¿puedo interrumpirlos?

            Era mi médico, necesitaba checar mis signos. Golondrina salió en lo que terminaba. A mí me dio mucho sueño así que me dormí. El primer sueño que tuve trataba de un niño afgano que recorría las calles con su perro. Era un schnauzer y estaba mugroso al igual que el pequeño. Los seguí con la mirada porque yo no tenía cuerpo, era como si estuviera viendo una película en la vida real. El niño no se asustaba con los disparos ni le preocupaba que las ráfagas lo alcanzaran. Llegó a un cuchitril donde tocó hasta más no poder. Le abrió un joven como de la edad de este muchacho, el Tecolote. El pequeño sin nombre se metió a la casa tal que si fuera la suya. El joven, a quien llamaré Tecolote por conveniencia, intentó correrlo porque no podía cuidar de él. El niño, a quien llamaré niño por conveniencia, negó su alojamiento, solo quería que alguien se quedara con su perro pues con él seguramente lo matarían. A medida que le explicaba esto al Tecolote se le caía el estoicismo con el que había avanzado entre la muerte para dar paso a una mueca de sufrimiento. Lloraba por su perro y poco le importaba su propia vida. El Tecolote le contestó que también lo matarían con él porque igual estaba en riesgo. No quiso al animal; los sacó a ambos. El niño tocó de nuevo, pero esta vez no les abrió. Una ráfaga cayó cerca de los dos, así que apresuraron el paso para irse quién sabe adónde.

            Cambié de sueño con una sensación de malestar estomacal. No sabía que iba a hacer pero ese momento onírico era la respuesta a una inquietud profunda que de algún modo conectaba mi pasado con mi futuro. O quizá eran puros desvaríos, lo cual tendría más sentido, pero verga, ¿cómo vamos a vivir si no le damos significado a las cosas insignificantes? Tendría que arrastrarme si es preciso pero iba a hablar con el Colibrí y nadie me lo impediría. Esa revista es la única llave que podía conducirnos a nuestros papás, así que un niñato no me lo iba a arrebatar.

            —Doctor, quiero ver a mi hermana…

            —Ya estoy aquí, menso. El doctor se fue desde hace rato. Dormiste un buen.

            —Sí, seguramente sí. Gola, acércate, tengo algo que decirte.

            —¿Qué pasa?

            —Más cerca…

            —¿Qué?

            —Lo más cerca que se te ocurra…

            —¡Ay, ya dime, carajo!

            —Oye, tranquila, no hace falta que te enojes.

            —No, pero pus ya dime.

            —Bueno, bueno. Por favor consigue una silla de ruedas. Voy a hablar con el Colibrí y rodaré de nuevo si es necesario.

            —¿No que ibas a arrastrarte?

            —Ya lo pensé mejor. Me gusta más la silla de ruedas.

            —No va a hacer falta, muchachos. Estoy aquí.

            —Señor, no puede entrar así como así. Le voy a pedir que se retire —ordenó desde fuera el doctor.

            —No hace falta. Es pariente nuestro, ¿o no, don Colibrí?

Continuará…

Por Julio Calderón Luna

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