El primer equipo

Entonces así quedó la alineación. El equipo editorial está conformado por el Colibrí, el niño este Tecolote, mi hermano y yo. Hay dos diseñadores gráficos. La Cuervo no participará en el proceso creativo pero revisará los números y decidirá si se aprueban, así que de forma indirecta —muy directa— nos estará chingando desde las sombras. No estoy entusiasmada, pero mientras podamos avanzar por mí mejor.

            Es curiosa la manera en la que se dieron las cosas. Todavía me cuesta creer que un plan tan descabellado pudiera funcionar. Luego de que ese hijo de perra atropellara a mi hermano, el Colibrí fue a buscarnos tal como lo prometió. Al no hallarnos se desesperó rápidamente; la Cuervo lo tenía presionado. Según él, la siguiente persona en la que podía confiar era el niño, porque supuestamente conocía su talento. Lo trajo y juntos sacaron adelante una versión impresa que le mostraron a ella. Crearon una pequeña convocatoria para escritores con algo de reconocimiento. La recepción de trabajos, a pesar del corto tiempo, pudo considerarse exitosa. No estaba complacida por lo campechano de la edición, pero gustó del contenido, por lo que le dio luz verde. Sorprendido el Colibrí decidió aceptar la providencia en vez de cuestionarse que ella aceptara siendo como es.

            De igual modo no quiso dejarnos afuera, así que volvió a buscarnos en el tiempo extra para la reedición que directamente se iría a la imprenta. La casera —la muy culera— no le dijo que estábamos en el hospital. Se rindió un día antes de que yo lo fuera a visitar. Se encontraba tan molesto que no quiso saber de nosotros. Ordenó al Tecolote que no nos dejara pasar. Quería un equipo en el que sí pudiera confiar y sobre todo, contactar siempre que fuera necesario. No sé si no pudo encontrarlo o de plano le remordió la conciencia, porque la tarde siguiente regresó a la pensión. Yo había ido hacía poco por algo de ropa limpia. Creo que me ha de haber visto en el trayecto. No pudo alcanzarme ni gritarme. En la casa le preguntó a la señora por nosotros, esta vez explicitando mi presencia rumbo a Iztapalapa. Ahí sí se acordó la ñora de avisarle que mi hermano estaba grave en el hospital.

            Por fin nos vimos cuando salí a fumar —sé que no debo, pero estoy muy nerviosa—. Apenas me tendió la mano y dijo: «Siento muchísimo lo de tu hermano. ¿Cómo se encuentra?». No sé de dónde me salió el coraje para contestarle: «mejor si no se le acerca, viejo insensible». Ambos nos miramos con el humo en medio de nosotros. Retome la palabra antes de que me rebatiera: «¿tiene algo que decirnos o solo vino a sentir lástima por él?».

            —Claro que tengo algo que decirles. Vine a darles otra oportunidad.

            —¿Otra? ¿A nosotros? Hasta donde recuerdo usted y su pupilo estaban muy bien sin nosotros.

            —Es probable que tenga que explicarlo. Debido a que no se tomó el tiempo para avisarme; la Cuervo, a quien usted gracias a Dios no conoce, casi nos manda al demonio con la revista. Tuve que solventar su desaparición como pude. Mi pupilo y yo tuvimos que salvar la revista por la que ustedes se comprometieron.

            —Me parece maravilloso, don Colibrí. Lo felicito por tener tan buena inventiva. Me alegra que mientras yo luchaba por salvar la vida de mi hermano, usted pudiera sentarse en su oficina a escribir cuentos con un adolescente.

            —Mire, jovencita, sé que la situación es delicada, pero creo que no termina de comprender con quién está hablando. No solo porque yo soy el único que está dispuesto a ayudarlos, sino porque ustedes prácticamente son desconocidos en un vasto mundo que tiene muchísimo mejores escritores. Ustedes no saben de redacción, edición, de imprenta, o de nada. Para trabajar proyectos hay que tener algo más que solo buenos deseos e inspiración. Eso es lo que yo le di a su revista: un rumbo. Y si vine hasta aquí, después de buscarlos por media ciudad, es porque no soy un ladrón. No voy a robarles su idea. Hay dos cosas que podemos hacer: les devuelvo su idea, ustedes se ponen de acuerdo con la Cuervo y la sacan adelante como pueden; o dejan de lado sus berrinches y trabajamos juntos.

            —Yo ya tengo mi respuesta, pero falta que mi hermano decida. Voy a ver si ya despertó. Deténgame el cigarro.

            Luego de que los tres discutiéramos la dirección de la revista, Golondrina también aceptó. Quise preguntarle por qué nuestro equipo era tan pequeño para una publicación a nivel nacional, pero eso era bueno ya que nosotros tendríamos el control creativo. No terminaba de agradarme el muchacho, aunque de cierto modo le debíamos una. Y bueno, si el Colibrí confiaba en él, nosotros también.

            El primer número evidentemente no tenía textos míos ni de Golondrina. El Colibrí nos dio su palabra de que en el siguiente tomo nuestros trabajos encabezarían la revista. Primero pensé en encriptar el mensaje a nuestros papás en una crónica de nuestro viaje hasta la CDMX, luego en un cuento sobre mi trabajo como mesera, luego en el accidente de mi hermano. Todas me parecían buenas ideas, aunque no lograba concretar nada con ellas. Finalmente opté por algo no autobiográfico. Tenía que despejarme de tantas cosas que me rodeaban. Con un pequeño poema cerré mi aporte. Al menos de momento. Estoy tan cansada que apenas puedo pensar. Voy a dormir un poco, pero antes, les voy a mostrar el borrador del poema, ojalá puedan decirme qué les pareció. Es, de momento, lo único que puedo hacer.

Yo sé muy bien que los más fuertes cantos

así como los mejores silbidos

son únicos de Daniela Pulidos

que evoca a su pobre novio con llantos

Su voz provocaba muchos encantos,

que cuando se convirtieron ladridos

notó vejez en sus ciegos latidos

así como en sus empolvados santos

Esteban, desde la foto comenta:

«Querida; la juventud no es eterna

incluso finalizó la tormenta»

Hirviendo su favorito té menta

calmando el dolor de su lenta pierna

vio que ser vieja no es lo que lamenta.

Última fecha de revisión: 26/06/19

Continuará…

Julio Calderón Luna