Texto: Jazmín Ramos

Fotografía: Rashomon, Akira Kurosawa (1950)

Este es el primero de varios comentarios que escribiré en torno al cuento japonés, abordando otros autores de distintas épocas y que, a mi muy humilde parecer, dan cuenta del espíritu del país del sol naciente.

El día de hoy comenzaré con Ryuunosuke Akutagawa, quien podría ser el cuentista que más lejos ha llegado en occidente, gracias a la adaptación de su obra en la famosa película Rashomon, dirigida por Akira Kurosawa; sin embargo esto no quiere decir que el reconocimiento de que goza su literatura esté mal fundamentado, en realidad lo poco o mucho que escribió antes de acabar con su vida (a los 35 años) tiene una profunda belleza que ojalá todos pudiesen conocer.

Ryunosuke Akutagawa fue un hombre lastimado por la vida, perdió varios hijos, su familia lo endeudó, enfermó gravemente y al final decidió suicidarse dejándonos un legado que confluyó en la creación de un premio que lleva su nombre, siendo este el más famoso de Japón.

Los cuentos de Akutagawa, traducidos muchos de ellos al español, tienen una nostalgia difícil de encontrar; sus personajes son renegados, criminales y personas señaladas por la sociedad, pero aún así se levantan, cumplen su cometido y luego desaparecen sin dejar rastro, dándonos así la sensación de que algo no está terminado.

En Rashomon, asistimos al decaimiento de la antigua capital japonesa (Kioto) donde un samurái que lo ha perdido todo debe decidir qué camino lo llevará a sobrevivir. En la maleza de un bosque, cuento en el que se basa la película ya mencionada de Kurosawa, es una oda a la verdad y la mentira, siempre inciertas, siempre relativas.

Pero hay más cuentos, aquellos menos conocidos y cuya belleza sobrepasa nuestro ideal, en estas líneas les recomendamos tres: La nariz, Gachas de camote y El biombo del infierno; cualquiera que decidan elegir les asegura un viaje no solo al Japón feudal (época predilecta de autor, aunque no vivió en ella), sino a una cultura distinta, con una visión de dios, de la naturaleza y del amor muy distintas a las que tenemos en este lado de mundo.

En cada palabra, Akutagawa nos recuerda la fragilidad y estupidez humana, que puede destruirnos y muchas veces salvarnos gracias al desconocimiento de la verdad.