¿Adónde vas cuando tienes miedo?

            —A pensar.

            ¿Dónde te gusta pensar?

            —En un parque detrás de mi colonia.

            Pero estás muy lejos de tu colonia, ¿no es así?

            —Sí, lo estoy.

            ¿Y no te da miedo no volver a casa?

            —Yo soy mi casa.

            Ya veo… Entonces, no te molestará que te pregunte algo.

            —Adelante.

            ¿Cómo está tu mamá?

Mi querido Colibrí, te ves tan tierno cuando tratas de entender. Te resistes a la senectud como pocos y lo admiro, pero estás perdiendo la batalla. No eres el jovencito que conocí hace más de 50 años. La muerte quiere reclamarnos, ¿a quién de los dos se llevará primero? Esos niños te han insuflado vigor, ahora te sientes con el poder de decidir el rumbo de una revista más grande que todos tus trabajos anteriores juntos. Unos años atrás posiblemente te habrías dado cuenta. Esta revista es para mí, con ella voy a destituir al idiota de Krauze y Letras Libres. Dejé abierta las vacantes necesarias para llenarlas con gente que escriba lo que yo quiera. Desplazaré a tu equipo tan paulatinamente que cuando menos lo esperes, te habrán abandonado todos los párvulos que trajiste. No deberás preocuparte, sin embargo; pues a ti no te dejaré solo. No podría. Por los viejos tiempos puedo decirte que eres la única persona a quien le tengo aprecio genuino, más allá de que luego me obligues a reprenderte. Si no fueras tan idealista y testarudo serías perfecto. Pero descuida, que para eso estoy yo, así como estuve cuando ella te dejó.

            Me provoca intriga conocer a los hermanos Golondrina, de quienes tanto me has hablado. Seguro son personas interesantes, a pesar de que su literatura se ha mantenido reservada de mis ojos. El otro niño, Sagitario Serpentario, a pesar de su estrafalario pseudónimo, escribe bien, muy bien, diría yo. A él también quisiera conocerlo, pero no solo para formulismos sociales. Quién sabe, podría llegar a ser mi sucesor si es que se aplica. En un universo infinito las posibilidades son infinitas.

Debo admitir que nos acoplamos bastante bien. Cuando el Colibrí nos explicó su alineación ciertamente dudé. Pero bueno, al final nos encomendamos y funcionó. El primer número se agotó en dos semanas. Es natural que no recuperáramos todo lo invertido pero mi hermana y yo no hacemos esto por dinero. Posiblemente papá y mamá ya se han enterado de la revista por el título. Antes de irnos alcancé a gritarles que esperaran la publicación de Tentenelaire. Me gustaría decirles que nosotros todavía no aparecemos, pero en el segundo sin falta. Quizá, si nos aplicamos, incluso podríamos encriptarles instrucciones para salir de allá y que se vengan con nosotros… Ay, no lo sé. Realmente no sé si van a leer lo que Gola y yo les estamos escribiendo. Me preocupa que les hayan cortado todo acceso a medios de comunicación. Gola ya me ha dicho que aunque así fuera, ellos son listos y seguramente habrían hallado la manera de tener un ejemplar. Si ella lo dice yo le creo. A veces cree que soy muy ingenuo como para darme cuenta de lo cruel que puede ser el mundo, pero no es así, no después de lo que hemos pasado. Se le olvida que yo no sería tan optimista si no la tuviera a mi lado. Cada vez que nos pasan cosas terribles los dos hemos estado juntos y por eso hemos salido adelante. Ella es mi soporte, así como yo el suyo.

            Otra cosa que me inquieta es ese Tecolote. El Colibrí le puso el apodo de Sagitario Serpentario para ocultarlo de la Cuervo, pero eso no me gusta nada. En algún momento ella lo notará, y si es tan ruda como dicen nos cancelará la revista. Fui muy tajante al respecto con el Colibrí: «no quiero que este chamaco nos joda la publicación». Colibrí nos prometió que todo mantendría un carácter discreto. Más le vale que sea así. Entiendo que él, así como nosotros, necesita de la revista, pero mis prioridades lamentablemente no coinciden con las suyas y si mi hermana o yo estamos en apuros por su culpa, no voy a responder en su favor.

            —Oiga, señorita, quiero pedirle una disculpa por cómo la traté el otro día. Ya ve que don Colibrí no andaba en su mejor momento y lo último que quería era molestarlo. Pero ahora que todo se arregló quisiera empezar bien con usted. Como le dije, mi nombre es Tecolote, pero por motivos de fuerza mayor, me conocerán aquí como Sagitario Serpentario. Ta chingón, ¿o no?

            —Hola, Sagitario. Siendo sincera, todavía no me siento cómoda contigo, pero no creas que es personal. Bueno, chance y sí es un poquito personal; no es que no me agrades, solo que la primera impresión es algo importante y la que tú me diste no fue muy grata que digamos. Pero igual que tú, estoy dispuesta a los nuevos comienzos. Mucho gusto, Tecolote, soy Golondrina.

            —Es un placer, Golondrina.

            —Bueno, bueno, ya. A trabajar, que el segundo número no se escribirá solo. ¿Qué tanto parloteas con el niño, Gola?

            —Jajaja, tranquilo, viejón. Nomás comenzábamos de cero.

            —Mucho gusto, Golondrino. Soy Tecolote.

            —Golondrina, no Golondrino. Mi nombre es con ‘a’.

            —Perdón, yo creí.

            —Sí, sé lo que creíste.

            —…

            —Tranquilo, Tecolote, no lo decía en serio. Mucho gusto —me tendió la mano.

            A punto de darle la mía sentí un escalofrío que me cubrió los hombros. Había mucho alboroto en la sala de don Colibrí. Golondrina se quedó cuidando a su hermano mientras yo subí despacio. Tomé, en mi ingenuidad, un bastón que me hallé en el camino para defenderme en caso de peligro. Cuando me aproximé vi la espalda de don Colibrí tapando la puerta. Las voces que se oían eran las de una mujer, tal vez la Cuervo, y la de otro güey. La mujer tenía agarrado de los tenates a don Colibrí con tanto escándalo. Quise callar a la vieja, así que con el bastón golpeé un jarrón y terminé tirándolo. Los tres me miraron inquisitivos. Alcé la voz.

            —Qué es lo que pasa acá.

            —Sagitario, —dijo don Colibrí— te presento al Tecolote.

Continuará…

Por Julio Calderón Luna