Cría tecolotes…

Pero había una última parte en esta historia. Una que por fin responde a la pregunta. Hacía poco había cumplido los 21 años. Me encontraba en un sitio remoto, lejos de la asquerosa nube de humo que desprendían nuestras ciudades. Aquel momento fue como un descanso para mí. Vivía en la tranquilidad de una casa sencilla. Por las mañanas trabajaba en mi huerto, en las tardes visitaba la urbe y en las noches regresaba para escribir. Lo que escribía se lo mandaba a don Colibrí vía correo electrónico. Él me mandaba un poco de dinero para solventarme en lo que mi vuelo a casa estaba listo. No quería abandonar la quietud de la choza de mi padre, ni del campo que se había convertido en mi hogar, pero el destino es un alma traicionera. Un día te seduce, al siguiente te arranca los ojos. Eso no es nada nuevo: esperaba ya que después de una racha tan buena en este país alguna desgracia tuviera que trastocarme.

Como dije antes, conocí a este hombre en un foro nocturno. Le encantó mi poesía, así que me invitó a tomar con él. Me gustaba una de las chavas con la que estaba así que le acepté el trago. Pronto nos olvidamos del recital porque la conversación estaba buenísima. Aquel sujeto dominaba muchos temas, no solo los literarios. Hablaba con una tesitura que hipnotizaba. Las chicas y yo estábamos encantados con él. En su departamento —innecesariamente ordenado— pasamos el after. Luego de un rato, nos dejó a mí y a la que me gustaba solos. Ellos se encerraron en el cuarto del fondo. Quise controlar mi ingesta de alcohol para escapar en caso de que fuese algún tipo de psicópata, pero poco a poco me importó menos y ya para esa hora apenas distinguía los labios de esta niña de los míos. Creo que lo hicimos, porque al despertar estábamos desnudos, aunque también pudimos habernos desplomado in media res.

En la cocina el hombre aguardaba preparando café. No se sorprendió de que me levantara. Incluso me recriminó lo tarde que era. «Son las cuatro y cacho», le dije. «Yo a esa hora me despierto a escribir. Es el mejor momento porque el tiempo se desdobla y puede durar lo que se te plazca. Es bellísimo», me respondió. Me sirvió una taza —que ya tenía lista— y nos fuimos a su azotea. Faltaba un rato para el amanecer, pero aun así nos sentamos frente a la orilla.

—No nos hagamos pendejos. Tú sabes quién soy.

—¿Satanás…?

—Veo que leíste a Arreola, suave… Aunque acepto el cumplido, no se trata de eso. Vamos, hijo, tú sabes quién soy.

La negrura que nos invadía no evitó que le viera bien la cara. Igual que en una película: su rostro era malignamente pulcro. Di un sorbo largo hasta acabarme el café.

—No puede ser, hijo de puta —dije, sin saber exactamente que otra cosa podía hacer.

—Yo sé, yo sé. En este momento debes tener miles de preguntas, pero puedo respondértelas todas si calmadamente me dejas terminar mi café.

No dijo nada más. Abrió la boca solo para beber el líquido caliente. No le insistí. Miré al vacío que se iluminaba tenue por las luminarias. Cuando acabó sacó un trapo de su bolsillo y limpió ambas tazas. Hizo un par de preguntas extrañas para finalmente preguntar por mamá.

—Ella jamás habla de ti.

—Qué curioso. Yo hablo con ella casi siempre. Fue ella quien me dijo que vendrías.

—¿Y decidiste buscarme en ese bar?

—No, solo quería coger. Tú fuiste una grata sorpresa.

—Ya, así que eres de esos…

—¿Cuáles esos?

—Tú sabes: hombres blancos heterosexuales cuarentones y alcohólicos cuya inestabilidad emocional hace que quiebren todos sus vínculos con sus seres queridos y que pasan las noches acosando jovencitas para sentirse menos miserables con sus vidas.

—Así que también eres un psiquiatra. Vaya, eso sí que es una locura. Nunca me habían hecho una radiografía tan precisa.

—Ya leí esa historia cientos de veces. Houellebecq es de mis favoritos.

—Definitivamente eres de los míos.

—Oye…

—¿Qué?

—¿Por qué mamá mintió sobre ti?

—Eso tendrás que preguntárselo a ella, campeón. Debe tener sus razones.

—Sí, eso dije yo, pero te tengo aquí después de dos décadas de ausencia y quiero escucharlo de tu voz.

—Pues, quizá mintió porque soy una mierda de persona y le hice tanto daño que no quiso acordarse de mí jamás. O puede que solo le diera vergüenza saber que la mitad de su hijo está hecho de mis genes. O tal vez ella no quería que siguieras mis pasos. Como sea, cualquier tontería que escojas calza perfecto con la urgencia de tu madre por ocultarme.

—Supongo. De todos modos no pienso volver a México.

—¿Y eso?

—Tengo enemigos.

—No pueden ser peores que los que yo tengo.

—¿Alguna vez conociste a la Cuervo?

—Puta… ¿conoces a la Cuervo?

—Me tiene en su lista negra.

—Pues entonces ya te cargó la verga.

—Gracias por el apoyo.

—El mejor apoyo es la sinceridad.

—Como sea, ya te dije que no pienso volver.

—Tiene sentido, pero tu mamá te va a extrañar.

—Ya lo sé, por eso la voy a traer.

—¿En serio crees que ella querrá venir aquí conmigo cerca?

—No tienen por qué verse.

—Pero pasará, hijo. Para ser tan grandote eres muy inocente.

—Qué más da. Entonces me iré también de aquí, pero no volveré.

—Odias mucho tu país de origen, ¿cierto?

—Como no te imaginas.

—¿Lo odias más que a mí?

—No digas burradas. A ti no te odio. Me traes sin cuidado.

—Eso está bien, qué bueno que seas tan maduro. Porque créeme que yo sí te odié cuando eras un puto bebé. «Mírame, me hago caca y no sé cómo limpiarme, ñañaña».

—Oye, no puedes culpar a un bebé. Así son.

—Lo sé, por eso culpé a tu madre.

—¿Qué?

—Sí, la culpé por tenerte.

—¿Tú querías abortarme?

—Ay, por Dios no. Ella sí quería. Yo me bastaba con dejarte en cualquier orfanato. No creo en eso de los abortos.

—¿Me estás diciendo que estuve a nada de no existir, o peor, de tener la vida de un huérfano?

—¿Acaso no me oíste? Tu madre es una buena mujer, pero yo no podía aguantarla más de 30 minutos, y tú fuiste la gota que derramó el vaso.

—¿Y por qué no se protegieron?

—Porque nada te protege de un condón roto, hijo de la chingada —dijo soltándome un puñetazo.

—¿Pero qué diablos te pasa? —dije entre la sangre.

—¿En serio creíste que te había traído para que hicieras de mi casa un motel?

—Tú trajiste a esas morras y te cogiste a una.

—Me he cogido a ambas, imbécil. ¿Cuánto tiempo crees que llevo en esto?

—Carajo, ya entiendo por qué mamá prefirió contarme la historia del señor Burns. No tienes vergüenza.

—Tu madre odia Los Simpsons. Ella jamás vería un episodio.

—No tengo por qué escucharte. Me trajiste aquí para matarme.

—Serás pendejo. Tú quisiste venir. Fue siempre tu elección. Querías darte a la chava y ¿ahora qué? ¿También es mi culpa?

—Así como tu elección fue abandonarnos. Todo para tener esta vida de mierda. Eres un don nadie. Yo tengo la mitad de tus años y soy mucho más importante de lo que tú alguna vez podrías ser.

—¿Y crees que eso me importa? Llevaré la vida que llevo, pero yo la escogí. A mí me gusta ser así, tengo una casa de campo cerca de aquí donde puedo descansar de la vida mierdera de la ciudad, puedo volver cuando deseé, ¿y quién me lo va a impedir? Tus constancias o tus premios no son nada. Eres un espermatozoide que no se quedó en el preservativo y eso no te hace especial.

—Cállate, mierda, cállate.

No era una navaja, pero funcionó igual. Quién habría de decir que efectivamente le guardaba rencor a mi padre. Me dejé llevar. Ahora que estaba muerto y nuestras sangres se mezclaban en el piso no sabía qué debía sentir. Las chicas no subieron, por lo que supuse que seguían dormidas. Entroqué la puerta que daba a la azotea por fuera y salí corriendo antes de que ellas despertaran. Un taxi me llevó a mi pensión donde tuve que rogar a la casera que me diera permiso de entrar con la excusa de que me habían asaltado. Me lavé la boca pero la hemorragia era profunda: se me había enterrado un diente fracturado. Acomodarlo fue una tortura que dolió mucho más que el puñetazo en sí. Le envié un correo a don Colibrí pidiéndole ayuda. No le expliqué a detalle pero entendió que dentro de poco tendría problemas con la ley si no me largaba pronto.

Su respuesta apareció el mismo día. «Descuida, hijo, ya tengo tu coartada. Tendré tus boletos pronto. Por lo mientras escóndete en el lugar más remoto que se te ocurra». Y aquí he estado, en la casa de campo durante casi un mes. Ya comienzo a acostumbrarme, pero no. No puedo quedarme. Volveré y tendré que hacerle frente a la Cuervo. Me cueste lo que me cueste, no puede ser peor que estar aquí.

Continuará…

Julio Calderón