A lo largo de mi tiempo en esta tierra he defraudado a muchos. Defraudé a mi esposa cuando no me quise unir a la revuelta del 68, defraudé a jóvenes como el Tecolote cuando me comprometí a darles mi ayuda pero no hice nada. Creí que con los hermanos Golondrina sería distinto, pero volví a equivocarme. Les he prometido apoyo a tantos, y todos salieron decepcionados. Estoy demasiado viejo para ser tan idealista. Cuervo tiene razón. Quién sabe si sería una mejor persona de haber aceptado su oferta aquel 7 de agosto del 70. En ese momento creí… No sé lo que creí. Solo sé que mis intentos por redimirme con mi mujer fueron fracasos absolutos. Ya es hora de cambiar.

Tecolote llegó al aeropuerto a las 10:33 de la mañana. Yo lo esperaba desde temprano. Nos fuimos en taxi. En el camino le pregunté si querría pasar primero con su mamá. Negó con la cabeza. Le dije que tarde o temprano tendría que encararla por lo que hizo. Añadí que ella se preocuparía muchísimo si no supiera nada de él en un tiempo tan prolongado. «Lo sé, pero tampoco quiero asustarla. Aunque es obvio que mis padres no se querían, saber que su propio hijo acabó con su ex esposo no es la mejor de las noticias». Como tocamos el tema no me aguanté la curiosidad por preguntarle qué fue lo que pasó. «No tengo idea de cómo describirlo. Estábamos hirviendo de adrenalina. Él me golpeó, pero no creí que tuviera intenciones de matarme. Solo se lo dije para espantarlo. No sé lo que quería. Tal vez si hubiera esperado un poco más habríamos vuelto a platicar como seres civilizados. Sentí que en cualquier momento me diría: “¿sabes qué va a pasar ahora?” y yo le respondería: “sí, sé lo que va a pasar”, y nos quedaríamos quietos esperando el amanecer hasta que alguno se decidiera a ponerle fin a la vida del otro. Me entró miedo y ataqué antes de esperar su frase. Seguramente las chicas que dormían abajo fueron las primeras en encontrarlo». El taxista cambió de rumbo. Nos percatamos tarde. Seguí con las preguntas hasta que noté que mi casa quedaba como a 10 kilómetros. «Oiga, se desvió mucho, ¿no le parece?». No me contestó. Le exigí que se detuviera. Con su comunicador avisó a alguien de que ya pronto llegaría. Tecolote y yo nos hicimos gestos cómplices. Yo, que estaba detrás del chofer, me quité las agujetas de mi zapato y las sujeté firmemente de cada extremo. Esperaba la señal del Tecolote cuando por fin nos dirigió la palabra. «Escuchen, esto no es personal. Lo siento mucho». Frenó bruscamente en una calle apartada. Salió del vehículo antes de que pudiera asfixiarlo. Nosotros abrimos las puertas con el mismo objetivo, pero dos hombres nos sometieron y me patearon en el estómago. Al Tecolote lo mantuvieron contra el piso, raspándole la cara. Les grité que dejaran al chico en paz, pero ninguno nos soltó. Mi corazón me punzaba y yo me sentía a nada de desvanecerme. Creí que ese sería nuestro fin hasta que escuché una voz terrible: «¿Pero qué están haciendo, bestias descerebradas? Les dije que los trajeran, no que los medio mataran. Suéltenlos inmediatamente». Con la orden de la Cuervo nos liberaron esos mastodontes. «¿Quieres explicarme qué es esto?». Me susurró que lo sabía todo; lo del Tecolote, lo de Sagitario, sabía quiénes eran los Golondrina (algo que ni siquiera yo conocía a profundidad), lo sabía todo. Dijo que mis acciones correspondían a delitos graves y que fácilmente todos podíamos ir a la cárcel. En sus palabras, la había decepcionado tremenda y dolorosamente. Yo me hice responsable por todos, mas no quiso escucharme. Dijo que no le importaban los crímenes, lo que ella deseaba era una retribución.

—¿Qué clase de retribución? —contesté temeroso.

—¿Por qué no mejor lo hablamos en tu casa? Es adonde ibas, ¿no?

En el camino no nos permitió abrir la boca. Me sentía nervioso. Sabía que los guardaespaldas llevaban armas en la guantera. La Cuervo era infame, pero nunca la creí despiadada a este nivel. Me dejó entrar a mi casa primero solo. Me aseguré de que los hermanos y Sagitario estuvieran ocupados. Cuervo y Tecolote se acercaron. Los retuve en la puerta lo más que me fue posible. Discutimos hasta que tuve que ceder.

—Cuervo, voy a aceptar tu propuesta de trabajo, pero solo con una condición.

—¿Y cuál es, querido?

—Deja en paz al muchacho. Tiene demasiados problemas y no quiero que te conviertas en uno más. Escúchame, ese chico solo me tiene a mí y a su madre, pero dadas las circunstancias, es mejor mantenerla alejada al menos por ahora.

—Si no lo delato, como bien podría hacerlo sin dificultades, ¿me prometes que dejaras de desobedecerme?

—Siempre y cuando cumplas tu palabra.

—Cariño, pero si yo lo hago por tu bien. ¿No ves que solo conmigo has logrado crecer?

—No, Cuervo, mi mujer fue la única que me ha hecho crecer. Pero creo que he dependido por muchos años de ella. Es mi turno de ser alguien digno de confianza por mi cuenta. Es por eso que tomo la responsabilidad del chico. Él me necesita y no volveré a defraudarlo.

—Eres arrogante, Colibrí. Pero está bien, largo hace que no veía esa fuerza en tus ojos. Lo dejaré en paz, pero no lo quiero ver en la revista. Los hermanos pueden quedarse.

—¿Qué está pasando acá? —inquirió Sagitario Serpentario.

—Sagitario, te presento al Tecolote —respondí dudoso de cómo reaccionarían.

—Oh, ya veo. Así que tú eres el protegido a quien he estado encubriendo. Gusto en conocerte al fin.

—Don Colibrí, ¿este es…?

—Sí, Tecolote. Este es el muchacho que se ha hecho pasar por ti en lo que compraba tu vuelo. Cuervo, dale la mano, no te quedes así.

—Hoy sí que es un día de revelaciones, por lo que veo —comentó la Cuervo.

—Oye, ¿Sagitario, cierto? Lamento mucho esta situación, pero ya no tienes que pasarte por mí. Eres libre de hacer lo que quieras.

—Gracias. Pero lo que realmente tengo ganas de hacer es quedarme con ustedes. Debo decir que antes de que llegara don Colibrí con su alocado plan yo no era nadie. Se volvió divertido tener una doble vida un rato. Se ve que con ustedes me la voy a pasar bomba.

—No es necesario, Sagitario. Agradezco tus servicios pero lo mejor es que vuelvas a tus asuntos —le dije.

—¿Pero por qué lo corres, Colibrí? Qué falta de respeto es esa. Dijiste que me obedecerías y quiero que se quede.

—¿Qué? ¿Para qué lo quieres, Cuervo? Él no es un escritor. Su única labor era mantener a Tecolote… alejado te ti.

—Y lo sé perfectamente, sin embargo, ya te dije, este muchacho podría terminar en la cárcel si yo hago una pequeña llamada. Así que me dejas a Sagitario en el equipo.

—No se agüite, don Colibrí. Yo no sabré mucho de literatura, sin embargo, aprendo rapidísimo. Va a ver que en poco tiempo hasta escribo mejor que nuestro amigo el Tecolote.

—Wow, mide tus palabras.

—Estoy jugando, compadre. Todos aquí conocemos la calidad de tus textos.

—Bueno, ya basta. Sagitario se va a quedar, y también Tecolote. Firmaremos un acuerdo y una vez hecho comenzarán tus cambios.

—Eso no es lo que habíamos quedado, Colibrí…

—No, sí lo es. Parte de que lo dejes en paz es que lo dejes trabajar. Él se va a quedar o yo…

—¿Tú qué, cariño?

—Yo voy a… Tú sabes lo que voy a hacer, y no lo quiero decir frente a los niños, entonces mejor mantengámoslo calmado como hasta ahora.

—Eres un cabroncito, Colibrí. Para mí sería tan fácil aplastarlos a todos ustedes hasta que sean menos que nada. Pero no es mi deseo. A pesar de que te pongas altanero, te aprecio bastante como para verte sumido en la miseria.

—No hace falta que se peleen por los lugares. Nosotros nos vamos —interrumpió la Golondrina.

—¿Ustedes qué?

—Ya me oyeron. Mi hermano y yo vinimos ante usted porque necesitábamos su ayuda. Usted lo sabía, Colibrí. Sabía que estábamos pasando por momentos difíciles, más que los de estos mocosos. Pero le valió coño. Le importó una mierda abandonarnos cuando atropellaron a mi hermano, cuando lo busqué y ahora viene a hacer sus desmadres con nuestra revista. Usted lo dijo: es nuestra idea. No queremos ser parte de todas las cochinadas en las que estén involucrados. Fue un error haber venido y confiar en la gente de la capital. Todos ustedes me dan asco.

Golondrina se llevó a su hermano, quien no habló en ningún momento. Quise detenerlos. Me detuvieron sus ojos llenos de rabia contenida. Los mismos que tenía la Colibrí cuando se fue sin mí. En aquel segundo juré que se trataba de la misma mujer. Se fueron. Los demás apartaron la mirada. Cada uno dio excusas para irse y me dejaron solo. «Voy a volver, Colibrí», dijo la Cuervo.

Ingresé a la casa. Puse mi despacho en orden. No olvidaron nada. Estaban seguros de que no querían volver. Había abandonado a unos exiliados para proteger a un asesino. El arrepentimiento me golpeó las sienes. ¿Y si llamaba a la policía para arrestar a Tecolote y convencía a los Golondrina de intenarlo otra vez? No, pero qué demonios me ocurre. Claro que no. Además, jamás les pregunté de qué habían huido. Nunca se me ocurrió preguntarles qué o quién los perseguía, qué tipo de peligro los acechaba. Quizá era la misma policía la que los buscaba. Mi corazón sintió nuevamente el pinchazo. Caí sobre el escritorio y derramé lo ya ordenado. Lo siento. Ya no sé qué hacer. Lo siento.

—Gola, ¿volveremos a casa?

—No tenemos de otra.

—No, yo sé que no. Todavía me siento mal. Creo que la revista pudo funcionar.

—Pudo, pero ya no. No pienses en eso. Aquella etapa terminó. Si queremos sacar a mamá y a papá de ahí tendremos que hacerlo sin ayuda.

—Claro. Solo espero que no sea demasiado tarde.

—Yo también.

—Oye…

—¿Qué pasa?

—Te quiero mucho.

—También te quiero.

Fin de la primera parte.

Julio Yair Calderón Luna