21 de agosto. Ellos no volverán. Ciertamente no creo que lo hagan. Es una lástima, porque empezábamos a llevarnos bien. Aquí nomás nos quedamos don Colibrí, Tecolote y yo. Bueno, también la Cuervo. Sé que no les agrada, pero en lo personal no me molesta. Ella me dejó quedarme y me paga por redactar una bitácora de seguimiento para la nueva revista. Y es que ahora que Tentenelaire se fue al carajo, Los Pájaros se convirtió en el proyecto que retomó el rumbo, esta vez con la dirección total de la Cuervo. Ella contrató a todo un equipo conformado por lo mejor de lo mejor (o al menos eso me dijeron).

Don Colibrí de momento no ha tomado parte en el equipo editorial porque se encuentra enfermo. Desde su arritmia cardíaca no sale de su casa. Me parece que los doctores le recomendaron reducir las situaciones de estrés, pues una de estas fue la que le provocó la taquicardia. Yo le llevo las cosas con las que tiene que trabajar y los documentos que debe firmar. Al día siguiente me los deja en su sala, donde yo los recojo sin bajar a saludar. Se volvió un autómata. No habla con nadie más que con el Tecolote, quien se comprometió a ayudarlo en su hogar. La Cuervo no parece estar disgustada con esto. A pesar de lo que me han contado, no veo en ella un dejo de desprecio por el compañero. Es como si por fin todos estuviéramos en paz. Bueno, al menos eso es lo que yo veo, pero nunca he sido conocido por ser muy perspicaz.

Esta es nuestra vida ahora. No se ve mal. Nunca fue perfecta, pero es lo mejor que he tenido en mucho tiempo. Ahora paso las noches inspirado. Me dan ganas de escribir. Veo a tantas figuras importantes que me gustaría ser como alguna de ellas. Tengo una idea para una novela. Pero antes de hablar de la historia, tendría que contextualizarla. Piensen en los animales. Todos somos animales, ¿no? Pues ahí está la cosa. Somos y no somos. En la escuela me enseñaron que los humanos somos animales «pensantes», monos evolucionados que aprendieron a usar herramientas y trabajar en comunidad. Entonces, somos animales que quieren dejar de serlo. Pero la otra cosa es que no podemos. El idioma, la religión y la sociedad son cosas que no existen pero que fingimos que sí para diferenciarnos de los perros, las ratas o las arañas. Nos ponemos ropa y nos sentamos a comer porque de otro modo moriríamos irremediablemente. Y esa es la cosa (de nuevo); estos… no sé cómo decirles… «rituales» como la comida, las bodas y las leyes son un perfeccionamiento de nuestras conductas animales. Son más eficaces para satisfacernos pero también para erradicar ese sentimiento de culpa por nuestra «animalidad». Así es como hemos logrado ser animales que no son. Pero no dejamos de serlo porque nuestro cuerpo sigue siendo el de un mono como los del zoológico. Entonces optamos por integrar a nuestra fisonomía lo robótico, ¿no? Para ser menos animales y más robots. De cualquier modo no llegamos al otro lado del puente. Nosotros somos el puente.

Así que, con esa dualidad, entre el animal y el robot, me imaginé lo siguiente: piensen ustedes en una novela cuyos personajes sean representados como pájaros: algunos serían cuervos, colibríes y tecolotes. Otros, como yo, serían secretarios. Las golondrinas se irían lejos. Unos son buenos para volar, otros para repartir néctar y otros para cazar. Las aves rapaces controlan la sociedad; se comen a las especies débiles y mantienen el status quo. Solo un ave más grande puede matar al depredador en turno. Un colibrí sería incapaz de ganarle a un cuervo.

Los personajes no son enteramente aves ni humanos. Son ambos porque no son ninguno. Dedican las mañanas a regurgitar las lombrices al pico de sus crías y se desvelan poniéndose al corriente con sus impuestos. Es el mundo occidental despojado de sus símbolos. En el caso de los secretarios, ellos se despiertan a las 4:30 de la mañana. Como no son aves acostumbradas a volar, viajan bastantes kilómetros en metro para obtener alimento. Pasan de Iztapalapa a Polanco sin hambre, pues en el camino engullen un par de víboras previamente pisoteadas. Tocan a la puerta de una pájara anciana, con los ojos de la muerte en las cuencas. Los dos se suben a un auto de ventanas blindadas. Los secretarios ayudan a las cuervas a matar a sus presas y se comparten el botín. Hacen esto entre reuniones, entre ferias de libros, entre poesía joven y poesía muerta. Terminan tarde la jornada. Ellas oculta las heridas que le sangran las alas. Los secretarios prefieren ignorar aquello que puede ser peligroso.

—¿Quieres conocer un secreto, mi buen Sagitario?

—Con todo respeto, señora, hay cosas que más le valen a uno no enterarse.

—Eres muy listo, hijo. Haces bien en no confiar en los demás. Pero yo no soy cualquier persona. Considera que si estoy dispuesta a confiarte este secreto es porque tampoco te veo como alguien del montón.

—Aprecio sus palabras, señora. Si quiere contarme su secreto, la voy a escuchar atentamente.

—Claro, pero tienes que prometerme una cosa.

—No le diré a nadie, se lo juro.

—Yo quiero que lo cuentes. Díselo al Colibrí.

—¿Está segura, doña Cuervo?

—Sí. Se lo vas a decir antes de matarlo.

—¿Tan grave es el secreto?

—Quizá. Eso lo juzgarás tú.

—Bueno, debo admitir que me dejó intrigado.

—¿Verdad que sí? Ahora, escucha atentamente: yo sé por qué se fue la mujer del Colibrí, también sé dónde se encuentra ahora mismo.

—¿Está segura de que soy yo el indicado para saber de esto?

—Por supuesto que lo eres, Sagitario. Tú eres más que mi secretario, eres mi confidente y serás mi legado.

—No sé qué decir… Estoy honrado por sus palabras. Pero, si me permite una pregunta…

—Por supuesto, hijo. Tú pregunta lo que gustes.

—¿Por qué yo?

—Ya esperaba esa pregunta. Necesito alguien fuerte, que no tenga un pasado trágico. Quiero alguien que no haya sido maleado por el medio. Que aprenda rápido, pero que sea capaz de intuir y mirar hacia el futuro. Tú eres esa persona.

—¿Y por qué no el Tecolote? Se ve que el chico tiene esas características y escribe mejor que cualquiera en este lugar.

—Porque él no figura en el devenir que estoy construyendo. Ya te dije que no me interesan las personas que tienen problemas con su pasado. Me desgastan los dramas. Por eso el Colibrí tampoco forma parte de ese futuro.

—Pero eso de matarlo… era broma, ¿cierto?

—… Claro, claro. Era broma, ¿en serio te la creíste? Era broma. Una broma…

—Je, eso pensé.

—No te pediría a ti que mataras a alguien.

—Ni a mí… ni a nadie, supongo.

—No, Sagitario. Ni a ti ni a nadie.

—Vale. Ya es algo tarde. Debo volver a mi casa porque se pone feo a estas horas.

—Ve con cuidado, hijo. Toma, esto deberá cubrir lo del taxi.

—Cómo cree usted, doña Cuervo. Este es mi trabajo y usted ya me paga mi salario.

—Esto no es por tu trabajo, es por tu silencio.

—¿Se encuentra bien, doña Cuervo?

—Mejor que nunca. Haces muchas preguntas, hijo.

—Tiene razón, señora. Que descanse.

—Igualmente.

Los secretarios se guardan el dinero en el zapato. Toman el último vagón y el resto del camino andan a pata. En casa esconden los billetes. Apagan la luz y se duermen sin dilatarse porque son criaturas específicamente diurnas. No sueñan con nada. Los pájaros no tienen el cerebro para soñar. Lo más parecido es un rumor que les susurra en el cansancio: las aves de rapiña se comen a las ratas, a las víboras y a los pájaros pequeños.

Eso se me ocurrió que podría ser una novela. Pero quién sabe, a lo mejor es una pendejada. Mañana que lo vea le pregunto al Tecolote, con eso de que es la gran eminencia, según. O mejor no, puede que le guste demasiado y me la quiera robar. Y yo no sé de derechos de autor. Pero bueno, en realidad no sé nada de esto y aun así estoy aquí. Pues hay que aprovecharlo, ¿no?

Continuará…

Julio Calderón Luna