Ella no dejó de buscarme. Cuando se enteró de mi desaparición llamó a quienes pudieran darle algún indicio de mi paradero. Don Colibrí se aclaró la garganta antes de mentirle. Me miró con el desprecio de quien peca por causas ajenas. Yo le pedí que me comprendiera. No se trataba de mí, sino de ella. Había que protegerla del monstruo en que me había convertido. Llegamos a un acuerdo; la mentira tendría que ser temporal. En cuanto las aguas se calmaran me pararía frente a su puerta para contarle que su hijo perdió el rumbo.

Mientras tanto podría trabajar, dedicarme de tiempo completo a la columna que me toca en Los Pájaros. Conservé el apodo de Sagitario. El dueño de ese nombre ahora le servía de ayudante a la Cuervo así que no le molestaba. Apenas manteníamos contacto. Cuando venía a la casa yo no lo recibía. Esperaba que se marchara para transitar por los pasillos. No tengo nada personal contra él, mas no creo que sea mi tipo de persona. Nadie —salvo don Colibrí, quizá— sabe de dónde salió o por qué sigue en la revista. A veces percibo que se queda en el umbral más tiempo del debido, como si quisiera preguntarme algo o inquietar a don Colibrí. Puede que solo sean impresiones mías, yo no lo conozco bien.

A quien tampoco conozco bien, pero ya le estoy agarrando la onda, es a nuestra querida Cuervo. Sé que nos está desplazando a mí y a don Colibrí. Cree que no he notado que mi espacio para la columna es más reducido y pierde protagonismo ante los textos de sus protegidos, lo que me extraña, ya que esa mujer no es de las que se guía por favoritismos sino por el talento, y siendo sinceros, yo soy más talentoso que cualquiera de sus apadrinados. Puede que también esté pensando en despedirlos en el momento que ya no le sirvan de nada. Como quiera que sea, tendré que cuidarme las espaldas de esos dos.

El que me preocupa es don Colibrí. Está muy débil desde su arritmia. Casi no habla. Creo que sigue sentido por la partida de los hermanos Golondrina. Yo —yo—, en mí opinión, no considero que hubieran tenido relevancia alguna para la revista. Digo, está bien que ellos trajeran la idea y le pusieran el nombre; sin embargo, nosotros la diseñamos. Fue nuestra versión la que se aprobó. Nos matamos trabajando para hacer algo decente en tan poco tiempo. Ahora que no están no es que hayan cambiado mucho las cosas. Independientemente de lo malnacida que es, la Cuervo sabe dirigir un proyecto así de inmenso. Ellos ni siquiera sabían de edición. Solo querían escribirle a sus papás. Eso es muy bonito y toda la cosa, pero para eso están las cartas, los emails, los mensajes de texto, los whatsapps, los inbox, los DM, las señales de humo. Una revista no puede tener objetivos tan infantiles. Eso, obvio, en mi opinión. Seguramente de escucharme don Colibrí me daría una cachetada. Generalmente los viejos son así. No importa.

Hace una semana, el 4 de septiembre, salí a caminar. Me llevé una gorra y una chamarra a pesar del calor. Anduve sin rumbo por el bosque de Chapultepec. La poca vegetación que aún conserva esta ciudad le hacía bien a mis pulmones. Aunque era miércoles había varias familias paseando y jugando. ¿Recuerdan esa pintura de Pierre Seurat? En el aire se mezclaban las risas, los gritos de los vendedores de papas y algunos músicos. Los autos también se oían, pero más lejos. «Tenga para que se entretenga», pensé al ver un árbol que parecía esconder una escotilla. «Tenga para que se la prenda». En algún lugar de este país estarían asaltando a alguien, los narcos colgarían cuerpos en las carreteras, los indígenas perderían sus tierras; pero aquí no. Aquí se estaba en paz, muy a pesar de la concurrencia.

Me senté para leer, traía conmigo un ejemplar de Los Pájaros. Noté que no era el único, conté al menos otras seis personas con el mismo número. Qué bueno que se esté vendiendo, cavilé. Luego se me hizo raro que una revista impresa pudiera tener el mismo alcance hoy en día que hace 30 años. Algo estaba haciendo bien la Cuervo. Dejé mis reflexiones para concentrarme. Los artículos no estaban mal, aunque personalmente me aburren los intelectuales de derecha que te recuerdan que, sin importar lo terrible que sea la situación mundial, siempre podría ser peor si hacemos algo al respecto. Da igual, tampoco es como que yo sepa cómo salvar al planeta. Me desplacé a la sección literaria. No leí mi columna. En cambio, dirigí mis ojos a la editorial. En ella, se leía lo siguiente:

El camino de las letras nunca es fácil. Sin importar cuántas destrezas uno posea, hay decisiones que requerirán de las voluntades más férreas. Este número lo dedicamos a la familia Tecolote, por el sensible fallecimiento del escritor poblano, quien habría de perder la vida en el extranjero luego de intentar salvar a dos mujeres jóvenes secuestradas por un violador. Nuestro equipo conoce de primera mano la calidad de su trabajo y ahora el mundo conoce su calidad como ser humano. Deseamos una pronta conciliación para su madre. Descansa en paz.

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Y de la nada me morí. Las gentes que a mi alrededor leían el mismo tomo no se daban cuenta de que un muerto buscando un poco de paz se sentaba junto a ellos. Pero qué mierda. ¿Qué ganaba la Cuervo con darme por muerto en una revista? ¿Acaso no sería más efectivo matarme de verdad? Dudé que don Colibrí supiera de lo que tramaba la vieja, pero no tenía con quién acudir. Volví corriendo, luego en taxi. El problema de su casa es que tienes que atravesar una pendiente a la que no pueden acceder los autos por el pedrerío. Eso lo subí yo con más dificultad de la normal. Se me ocurrió preguntar si Golondrina habría tenido que cargar a su hermano para subir. Je, graciosas son las cosas que uno piensa cuando está muerto.

Las puertas estaban abiertas. Mi piel se erizó. Regresé por un guijarro y avancé silencioso, tan silente como pude. Las escaleras tenían pisadas gruesas enlodadas, seguidas de otras delgadas y casi transparentes. Me aferré a la piedra hasta que las venas se marcaron. El chirrido de la habitación de don Colibrí advirtió de mi presencia a la mujer que se encontraba leyendo. Si lo buscas ya se fue, hoy es un día importante para él, me dijo.

—¿Cómo entró usted aquí?

—¿Desde hace cuánto crees que conozco a Colibrí, niño? No es el único con llaves de la casa.

—¿Y por qué dejó abierta la puerta principal?

—¿Eso? Ah, era para darle un efecto dramático cuando te aparecieras por aquí.

—Bueno, ahora que la tengo frente a mí quiero que me explique qué demonios significa la editorial del último tomo —le aventé la revista.

—Tus modales son terribles, joven. Mira que arrojarle las cosas a una mujer de mi edad…

—Lo lamento, pero eso es lo de menos. ¿Por qué diablos estoy muerto?

—Yo te veo bastante vivo, Sagitario.

—Yo Tecolote, ¿por qué coño inventó que había muerto?

—No lo inventé, está firmado. Aquí tienes tu acta de defunción.

—Usted es imposible. Quiero que me explique qué está pasando ahora mismo.

—Te dije que cuidaras tus modales. Ustedes, enséñenle a respetar a sus mayores.

Sus matones me golpearon, me despojaron de la roca y la usaron contra mi espalda. Ella retomó la palabra en cuanto me vio sangrar.

—Me gustaría que vieras que te estoy haciendo un favor. No tendría por qué limitarme, en este momento cualquiera de los dos podría matarte con una orden mía. Creo que es algo que no has entendido.

—Solo dígame por qué me hace todo esto. ¿Por qué me tiene tanto odio?

—¿A ti? No, personalmente a ti no. A todos los de tu clase. Cuando leo tus porquerías sé que mi padre habría escrito cosas como esas. Desde hace 50 años estoy depurando la literatura nacional de personas como tú.

—Sí, sí, eso ya lo sé. Ya me contó cómo obtuvo sus superpoderes. Lo que yo quiero saber es por qué carajo se la trae contra mí. Solo conmigo se ha tomado la molestia de borrarme de la nómina y ahora de la vida misma. Solo conmigo usted es tan mierda.

—Cada cierto tiempo llega un joven como tú, con el sueño de ser el siguiente García Márquez, o peor, el próximo Roberto Bolaño, y pide ayuda al Colibrí. Y como él es tan buena persona se entusiasma con rapidez. Se compromete a sacar adelante la mediocridad de sus cuentos obscenos o de sus poemas sin ritmo ni significado. ¿Y quién crees que tiene que pagar por la inversión mal gastada? Naturalmente el Colibrí. A mí me da mucha tristeza, porque él es tan inocente y tan bueno… No se da cuenta de que los granujas como tú solo le roban el tiempo y se aprovechan de él. Así que no, no eres el único. Yo me he tenido que encargar de cada uno de ustedes hasta que dejaran de ser una amenaza. Pero alégrate, a ti únicamente te voy a matar en papel.

Me levanté sintiendo un adormecimiento en la espalda. Me limpié la sangre de la cara y dije:

—Entonces, ¿cómo va a ser todo a partir de ahora?

—Tú tienes la ventaja de tener a Colibrí protegiéndote. Otros no podrían decir lo mismo. Seguirás escribiendo para mí bajo el nombre de Sagitario Serpentario, es el único que te queda. Ganarás los premios que yo elija con los textos que yo apruebe. Tendrás el reconocimiento que deseas y le servirás de legado a Colibrí. En cuanto yo me vaya de este mundo serás libre, siempre y cuando el verdadero Sagitario no te demande por usurpación.

— Mi mamá… ella tiene que saber que sigo con vida.

—A su tiempo. Tendrá la oportunidad de saberlo cuando yo lo crea oportuno. No querrás espantarla con todo lo que tendrías que explicarle, ¿o sí?

—¡Usted no lo entiende, todo esto fue un error, yo tengo que verla, tengo que decirle!

—¿Qué le vas a decir? ¿Que eres un asesino? ¿Que eres un mediocre intento de escritor? ¿No prefieres que piense que diste tu vida por una buena causa? ¿Quieres que se entere de que tu única buena acción es una mentira?

—Yo… no.

—Eso suponía. Siéntate.

Al hacerlo uno de sus matones me trajo una laptop con el Word abierto. Tenía mi nombre centrado en negritas.

—Vas a escribirte un poema. Quiero que te victimices y que te vanaglories por tu sacrificio. Lo quiero en hexámetros dactílicos: si eres tan bueno como todos dicen no tendrás dificultades.

—¿Quién va a leer esto…?

—¿Quién? Todos, naturalmente.

Continuará…

Julio Calderón Luna