Hoy es un día especial. Tu día especial. Dos semanas antes del 2 de octubre. Te traje comida, un poco de todo lo que te gustaba. Sé que no puedes comerla, pero yo lo haré por ti. La cociné toda yo mismo salvo la tarta, porque esa se hornea. Tú eras la que sabía usar el horno. Yo quise aprender, pero fui muy flojo. Cuando te fuiste quise intentarlo nuevamente y simplemente no pude. Siempre hubo cosas que tú supiste hacer y yo no. Hoy, 51 años después, soy tan inútil como entonces; y quizá todavía más porque ahora estoy viejo. Nunca quise llegar a la vejez sin ti. Ser anciano es una mierda. Me duele todo el cuerpo y olvido todo excepto lo que me hace daño. Es por eso que no te olvido. No quiero decir que tú me hagas daño, tu partida es lo que me hizo añicos el corazón. Ella me dijo que si me mantenía estoico volverías. Una de las dos me mintió. O fui yo quien se engañó al creer que si no trataba de recuperarte volverías de todos modos. Fuere como fuere, ella se quedó y tú te fuiste. Te escribí un cuento. Nunca se lo mostré a ella porque tenía miedo de sus críticas. Seguramente me diría que es demasiado melancólico. Los cuentos de amor son para escritores de best-sellers, tú eres mejor que eso. Joder, ¿acaso esa mujer no tiene sentimientos? ¡No todo tiene que ser técnica! Tienes que meter pasión, amor, odio, regocijo, rencor. Tus personajes sienten porque tú sientes con ellos. ¿Qué hay de bello en un robot armando patrones rítmicos? Ella no lo entiende, pero sé que tú sí. Tú entendías de estas cosas. Eras el alma de nuestra editorial. Por eso cuando te perdí me quedé con un cascarón a punto de colapsar. Se resquebrajó sobre mí cuando me enteré de que te despediste de alguien que no era yo. Imaginé que habría sido algún rojo de aquellos con los que te juntabas. Pero de haber sido así, se habría ido contigo. Tu carta es tan vaga que no puedo descifrar de quién se trataba. Me desgasté en vano, es probable que no lo conociera. Tenías tantos amigos y tanta gente te amaba, que cuando oficiamos tu funeral en nuestra casa no cupieron todos. Había una fila desde las rejas hasta la pendiente. La mitad de los invitados no me conocían. Varios llegaron llorando y se fueron así. Cómo culparlos. Es natural amar lo que es bello. Es innatural amar lo que es incómodo, lo que produce soledad. Quizá por eso te fuiste. No es cierto. Estoy diciendo estupideces. Te fuiste porque yo era un cobarde. No te quise acompañar ya que tuve miedo por mi vida. Ella me dijo que ir a la Plaza de las Tres Culturas era peligroso. Ambas me insistieron para que desobedeciera a la otra. Elegí a la que me pondría a salvo. Los jóvenes corrían asustados. Las madres que los escondían recibieron descargas en el pecho. Pensé en salir cuando se escabulló una muchacha de apenas 17 años en el vergel. Los militares que la vieron dispararon desde fuera, justo cuando posé mi mano sobre el picaporte. Esa niña se convirtió en una mancha roja bajo el sol, en el pasto. Me quedé en el umbral. Inmóvil. Como cualquier cobarde. Volví a cerrar con llave. Sus familiares la recogieron dos días después. Yo no me atreví a tocarla. Intenté no dormir porque sabía que me destruiría el inconsciente. Fue su tío quien vino por ella. Me dijo que sentía un dolor terrible, pero al mismo tiempo un poco de alivio por la certeza de su destino. Es peor para quienes seguirán buscando el resto de su vida, me confesó. Yo sabía que tenía razón. Por eso no te busqué. Si seguías en esta tierra tendrías que estar mejor que conmigo, si no, no tendría caso. Lamento tanto haber tardado cinco décadas para armarme de valor y aceptarlo. No quise ir por ti, me sentía aterrorizado de convertirme en parte de los espíritus derretidos que marchaban por sus seres queridos, aquellos que tienen los ojos negros, las ojeras acumuladas y la boca agrietada. Esos que todavía hoy siguen buscando, porque años después se la volvieron a aplicar. Nunca tuve el valor de salir y recoger tu cadáver. Dar por terminado nuestro lapso juntos fue más fácil. Ella me dio consuelo. Comentó que cada uno elige su porvenir. El mío no había terminado todavía, así que tenía una segunda oportunidad para hacer algo que realmente valiera la pena. Un anhelo dentro de los dos nació esa tarde. Su mirada había cambiado. La calidez de nuestros labios transmutó el deseo. Se mostraron dos caminos a partir de entonces. Me parece, creo yo, que seguimos el más prudente. Intenté reconstruir nuestro proyecto con ella, pero ustedes no son iguales. Ella manejaba las negociaciones como una maestra, mientras que yo me quedaba con el trabajo de la edición. De cualquier modo, ella siempre tuvo la última palabra. Con el tiempo aprendí a no contradecirla, pues la crítica siempre le daba la razón. Llegué a pensar que ella no solo tenía injerencia sobre las letras, sino sobre la política y parte considerable de la economía. Aunque jamás lo corroboré, mis sospechas continúan hasta el presente. Juntos sacamos adelante a varios escritores que después se convirtieron en buenos amigos. Artistas dedicados que no dudarían en afiliarse a cualquier organización en la que ella los necesitara. Varios desafortunados regresaron al anonimato, pero los que se mantuvieron con nosotros obtuvieron reconocimiento por su lealtad. Supongo que ellos fueron quienes esparcieron el rumor de que podíamos hacer de cualquiera un candidato al nobel. Declaraciones exageradas a mi consideración, si me lo preguntas. Lo que sí es que obedeciéndola hicimos buen equipo. El trabajo era más sencillo siguiendo sus órdenes. Al menos la mayoría del tiempo. Con la vejez ella se hizo terca. Le tiene pavor al cambio. Buen número de mis apadrinados con excelentes habilidades sufrieron su rechazo. Solo pude defender al Tecolote y a los hermanos Golondrina. Quiero decir, hasta que se fueron. Los tres te habrían caído muy bien, cariño… Disculpa; te habrías llevado con ellos. La hermana Golondrina tiene mucho de ti, es fuerte y sabe imponerse ante lo que no le parece correcto. El hermano es más callado, pero de buenas intenciones, la quiere mucho. Por otro lado, el chico… Él es muy buen escritor: tiene mucho talento. Su problema es que no sabe adónde va. Por eso lo tengo casi siempre cerca de mí. Quiero dejarle una guía para que no le sea tan arduo abrirse camino. Cometió un crimen que cualquiera estimaría imperdonable, pero yo no lo juzgo. Conozco su historia y sé que tuvo razones para hacerlo. Y si no las tuvo qué más da, el imbécil de su padre era un cretino. Si no lo hacía su hijo lo haría alguien más. Estoy conciente de que ella no le ha quitado el ojo de encima. Me preocupa que tenga un plan para cuando yo ya no pueda defenderlo. No soy capaz de prever lo que esa mujer tiene en su cabeza, sin embargo, trataré de hacer lo posible por darle las herramientas necesarias. Realmente no creo entender este mundo nunca más. La gente es tan… agresiva. Nadie se conoce verdaderamente. La época se me escurre veloz entre los dedos. No sé si te habría gustado ver algo así, pero estoy convencido de que te habrías adaptado mejor que yo. Este mundo te necesita más de lo que me necesita a mí. Lo que conseguí después de tu partida fue gracias a otra mujer. Debo decir que ahora veo lo que tienen en común ustedes dos: ambas supieron lo que querían y cómo conseguirlo. Los hombres como el Tecolote y como yo comprendemos a medias. Es algo que no se arregla con la edad. Debe ser por eso que terminamos escondidos en nuestras casas o asesinando a nuestros padres. Hay veces en las que me pregunto si, de tener a Echeverría o a Diaz Ordaz frente a mí, tendría la voluntad para cobrarles todas las que deben. Tendría que hacerlos agonizar. Tomarlos del cuello con una soga y presionar hasta que la yugular se les reviente. No debería pensar estas cosas. Solo hay que matar para proteger, no para vindicar el daño. O eso fue lo que me enseñaron. Pero de ello hace tanto tiempo… Ahora soy yo quien debería enseñar. ¿Pero a quién? El Tecolote no debe crecer para ser otro Colibrí. Yo no soy como tú. Me doy tanto asco… Hay tanto que debí hacer, tanto que debí evitar. La muerte parecería indulgencia comparada con lo que se le puede hacer a la mente humana. La vejez es una muestra de lo devastado que puede quedar una mente si se le aplica el peso suficiente. Los padres, las madres, el acoso, la violencia, el sexo, la inseguridad, los celos, la violación, el rechazo, la indiferencia, el cuerpo, la inteligencia, el asco, el abandono, la culpa, la infidelidad, la pobreza, el más allá, la traición, la putrefacción, el incesto, los pecados, la censura, la comparación, el vacío, el cambio, la enfermedad, el ejercicio, el síntoma, el insomnio, el adiós, el tiempo, el deseo, la rectitud, la insatisfacción, el pasado, el futuro, la infancia, el ojo, el hijo, la tortura, la guerra, la luz, el monstruo, la ansiedad, el antidepresivo, el suicidio, la marca, la culpa, el insomnio, el asco, la infidelidad, la masturbación, los madres, las padres. Protección, no venganza. Perdóname. No puedo cambiar lo que hice ni tengo la fuerza para enfrentarme solo a quienes destruyen aquello en lo que creías. Pero tampoco puedo agotar un segundo más del oxígeno que a este mundo aún le queda sin hacerme cargo de la mierda que prometí cambiar. Cambiar. Cambio. Cambiante. Cambios. El cambio no solo es necesario; es inevitable. Es inquietante. ¿Por qué quieres que cambie algo que no cambiará nada? La maldad permanece. Ella morirá y alguien más tomará su lugar. Alguien tomará nuestros lugares. Sufrirán como nosotros. Sentirán deseo después del duelo. Escribirán sobre la mierda de personas que son y lo llamarán novela de la calle. Unos ganarán el prestigio y otros se suicidarán en las coladeras. ¿Es la naturaleza del escritor o viene desde el corazón de las instituciones? Las becas te transforman en esto. Los congresos te dan la oportunidad de serle infiel a tu esposa. La fama te inyecta los jugos de la perversión. ¿Eres famoso porque escribes o escribes para ser famoso? No eres necesario. Eres alguien que tomó un lugar que cualquiera pudo tomar. El que lo hayas tomado tú no te hace especial. Sabes rimar, jugar con tropos y redactar una escena brechtiana. Felicidades. Desperdiciaste tu tiempo de forma interesante. ¿A quién le importan los pensamientos de un viejo? No, no soy viejo, imito a un viejo. Soy joven. Quiero creer que soy joven. Soy yo hablando conmigo mismo. Soy un travesti. Imito a los travestis. Ellos —o sea yo— pelean porque yo se los ordeno. Alguien —Algunos— me ordenó ordenaron que les obligara a fingir que viven. Todo esto es narración. Yo escribiendo que él piensa es narración. Este es un cumpleaños. Debe ser feliz pero es triste. La cumpleañera se fue y solo queda una tarta asquerosa del Walmart, unas velas y un viejo que se sienta en la colina para ver el atardecer. No es triste, es patético. Así me entiendo mejor. Me gusta fingir que todo esto es una novela y que mis problemas se van cuando cierro el libro.

Pero no.

En la literatura, dentro de ella, los problemas son mayores.

Peores.

Los personajes no escapan.

Nunca pueden escapar.

Alguien los guía.

Alguien me espía.

Desde lejos me mira.

¿Es un lector o es otro personaje?

¿Qué dices tú, mi amor?

Aquí los muertos pueden hablar, así que quiero que me respondas.

¿Quién nos está observando, Colibrí?

Continuará…

Julio Calderón