Esa fue una historia de terror. Fue una historia policiaca, un relato de serie negra y de terror. Pero no lo parece. No lo parece porque soy yo la que lo cuenta. Soy yo la que habla y por eso no lo parece. Pero en el fondo es la historia de un crimen atroz.

Yo soy Alcira Soust. Soy la madre de todos los poetas. Amiga de todos los mexicanos. Así como lo fui de Robertito Bolaño también lo fui de la Colibrí. Aquella dulce mujer sin apellido. Yo la conocí poco después de entrar al país, lo que habría sucedido quizá en el 65, quizá en el 67. Ella frecuentaba mucho la universidad. Ninguna de las dos tenía los títulos suficientes como para estudiar pero la visitábamos seguido porque nuestros amigos convivían allí. Ya fueran alumnos o profesores o secretarias o escritores, pero todos pasaban por ahí. Yo trabajaba con las secretarias. Ella me vio primero. Me preguntó si yo era realmente la madre de todos los poetas. Le dije que sí, yo misma. Se presentó solo con su nombre. Le dije que era muy vibrante. Podía haber usado la palabra ‘bonita’, pero lo bonito es estático y ella no lo era. Me mostró a su marido, un bigotón con presencia de gigante manso. Se encontraban en el campus de Filosofía y Letras para hablar con unos docentes. Me preguntó qué contenían los papeles que cargaba. Le enseñé las serigrafías de Poesía en armas con timidez. Recuerdo sus palabras exactas: intrigas demasiado, Alcira Soust.

Desde entonces me invitó a sus tertulias, tomamos café y me abrazó la tarde que salí del baño de hombres de la cuarta planta luego de una semana de aislamiento. Te he estado buscando Alcira, me decía, temía no volver a verte. Y yo le respondí que no se preocupara por mí, pues la voluntad del sacrificio me haría atrincherarme de nuevo si era necesario. Ella solo lloró de nostalgia y me dijo, no te perderé de vista nuevamente. Yo no podía ser su madre, no solo porque no era poeta, sino porque mi amor por ella se deslindaba de lo filial. Ambas veíamos en la otra lo que no hallábamos en nosotras. Éramos el mismo ser en diferentes cuerpos, igual que en las metamorfosis de Ovidio. A don Colibrí también lo quería mucho. Ya desde joven le decían don y eso me daba gracia. No es que no lo mereciera, al contrario, lo merecía demasiado, como si hubiera nacido con el apelativo pegado en la frente. Yo escuchaba atenta lo que los dos solían contarme. Aconsejaba cuando podía, porque los quería mucho y no me gustaba verlos pelear.

De cualquier modo, lo que yo podía hacer era más bien poco. La Colibrí aguantaba casi nada los disgustos de don Colibrí. Él solía evitar las confrontaciones. Yo le decía póngase buzo, don Colibrí, actúe como el hombre que ella espera de usted. Él me contestaba ya sé, hija, ya sé. Pero tampoco me malentiendan, amiguitos; ellos se amaban muchísimo. Lo sé de cierto porque cuando no estaban juntos se extrañaban más que las partículas del agua al evaporarse. Era solo que comenzaban a crecer en diferentes direcciones. Sentí temor de haber inspirado en la Colibrí un deseo de sacrificio como el mío. Yo a veces soñaba que me decía mientras me tomaba de la mano: Alcira Soust, no debí dejarte sola, déjame remediarlo. En mi sueño le pedía que no lo hiciera, que por eso me encerré yo, para que ni ella ni ningún estudiante ni ningún profesor tuviera que hacerlo ni la universidad perdiera su autonomía. Yo había nacido para ese momento, yo había salvado a mis hijos. Pero ella era necia y me sujetaba con fuerza, me repetía ¿qué no ves que somos la misma mujer, Alcira? Nuestro destino es el mismo. Por eso viniste desde Uruguay y yo desde Chiapas. Yo perdí mi dialecto para que tú conservaras el tuyo. Che, pero qué me estás diciendo, le decía, mas luego me daba cuenta que le decía che y no otra cosa como dándole la razón. Como si mi alma se fundiera con la suya y nuestros destinos se entrelazaran. Somos la misma mujer, Alcira, me decía, somos la misma Colibrí.

Ya desde ahí mi corazón temblaba cuando veía que los tanques continuaban en las calles, que no se irían porque lo peor estaba por venir y cada quien tendría que experimentar personalmente lo que yo viví. Iba a la casa de los Colibrí, donde me recibía don Colibrí con las mismas palabras: Alcira, qué bueno que vienes, mi mujer ya sube, es que planea la próxima marcha con unos amigos, pásale, pásale. Mis instintos primarios me sugerían preguntarle si él estaba consciente de todo lo que nos rodeaba, pero la cordura (que a veces viene, a veces va) reprimía aquellas ansias. Seguramente él lo sabía, probablemente tenía tanto miedo como yo. Era una complicidad dolorosa, un compañerismo silencioso.

Resultó que esa terrible madrugada en la que el sol estaba por quemarnos la piel la Colibrí salió. Había discutido fuertemente con su marido. Por aquel entonces yo no tenía un hogar así que deambulaba intermitente. Nos topamos en el mismo semáforo. Andas lejos de casa, le susurré. ¿Y dónde está la tuya, mi querida uruguaya? Mi casa es la de mis hijos, yo voy adonde ellos me necesiten, le contesté relamiendo mis palabras tratando mentalmente de no haberlas dicho. Ninguna de las dos tenía una ruta fija. Caminamos, primero en silencio, luego, poco a poco, con frases. Eran oraciones suaves, cumplidos, recordatorios. No pude evitar decirle que la amaba. Yo también te amo, Alcira. Los faros nos alumbraban tenuemente, su rostro era nuevo. ¿Qué fue lo que sucedió?, pregunté. Mi marido no quiere saber nada de la marcha de hoy. Le dije lo importante que era para mí, y solo me dijo lo que ya todos sabemos. Pero no todos lo saben, Colibrí… Tal vez no todos, pero quienes ya lo saben están dispuestos a hacerlo.

—¿Y vos?

—Es lo que debo hacer. Por favor no trates de disuadirme.

—No, sabes que no, yo no podría.

—Lo que tú hiciste el mes pasado no tiene comparación. La gente hablará de ello por años.

—Preferiría que fuera un episodio negro que no debe repetirse.

—Ya no tendrás que vivir una cosa como esa nunca más, Alcira.

Me quedé pensando en ese baño. La sed que sentía y mi ansiedad por aferrarme a los poemas de Pedro Garfias. Ella también tenía su historia, que se prolongaba más allá de la mía y la de su marido. Sé que quieres ir, Colibrí, le dije, sé que no solo no tienes miedo de morir, es eso lo que buscas. Buscas que te maten y te conviertan en un símbolo. Quieres inspirar a todos los jóvenes poetas que viven en la basura para que se levanten y griten por ti: ¡Nunca más! Pero no los conoces, Colibrí, ellos saben cómo hacer las cosas. Van a volverte invisible, o peor, una incendiaria. Te van a usar como ejemplo de lo que no se debe hacer. Escribirán en la Historia sobre cómo detuvieron a la gente como tú, los revoltosos, los reaccionarios.

—¿Ese es tu temor?

—Mi corazón está contigo, contigo y con todos los poetas.

—Lo sé, Alcira, por eso confío en ti. Sé que tú y mi esposo evitarán que se mancille nuestra lucha.

En ese momento quise abrazarla para evitar que se fuera. Intenté, juro por lo sagrado que lo intenté, distender el tiempo como ya lo había logrado el 18 de septiembre, extenderlo como un puente hasta una época en la que nunca volviéramos a sufrir. Rompí en llanto, pero no me escuchaba, ella vivía en otra época, la del tiempo en el que cuento esto, o la del tiempo en el que estas preocupaciones todavía no manifestaban ningún terror. Tomó la manga de su suéter y me limpió los ojos. Nos miramos bajo la luz quebrada de un faro. Entonces vinieron por ella. Una extraña le abrió la puerta del copiloto desde dentro del coche. Antes de subir la Colibrí me susurró: Malgré tout, somos la misma mujer.

Una semana después supe que aquella desconocida se llamaba Cuervo. Lo entendí todo cuando don Colibrí me mostró la carta que había escrito para un destinatario incógnito. Durante meses indagué sobre el paradero de la Colibrí sin ningún resultado. Todos mis amigos que presenciaron las bengalas verdes y rojas coincidieron en que ella no se presentó a la manifestación. Agarré un miedo terrible hacia esa mujer, pero tenía que confrontarla. Si alguien sabía la verdad, era ella. Una profesora de la Facultad de Filosofía y Letras me dio la información de dónde podía encontrarla. Terminé en uno de tantos edificios empolvados de la ciudad que una pasa desapercibido hasta que tiene un trámite que hacer o tiene que recoger la medicina para los abuelos. Era una editorial cuyo nombre los recepcionistas no me quisieron facilitar. Me quedé en la sala de espera hasta que uno de los chicos me dijo, usted es Alcira Soust, ¿verdad? La misma, contesté. Pase, la jefa desea verla.

El ascensor tronaba en cada piso. Qué haces, nena, me preguntaba. Esta mujer es la punta de aquello que no debes conocer. Debiste pedir auxilio o al menos avisar que vendrías. Nadie sabe que estás aquí salvo el recepcionista y la Cuervo. Seguramente ya tiene todo listo para deshacerse de ti. Tal vez todavía tengas oportunidad de escapar, tiene que haber un botón de emergencia. Pero el botón no aparecía o lo había desconectado para situaciones como estas y las paredes frías, aquellos espejos borrosos, reflejaban mi silueta sin que algo pudiera distinguirme en esa imagen. De pronto las puertas se abrieron y me quedé frente a una oficina intacta, como si perteneciera a otro edificio. El olor de las almendras me despertó el apetito.

—Sí, un momento —dijo la mujer que tenía pegado un teléfono a la oreja—, debo atender algo importante.

Luego sus ojos se tornaron hacia mí.

Hasta ese momento no había reparado en dos cosas: que las dos éramos mujeres de la misma edad, o al menos ella parecía de mi edad, quizá con rasgos más definidos, y por supuesto, la dentadura completa; la segunda cosa era que tenía la vejiga apretada del miedo en el elevador, y que de no ser por mi aplomo, seguro me hago pipí ahí mismo.

Ella colgó. Me dijo puedes entrar con toda confianza, mujer. Y yo me preguntaba si sabría quién soy. Sé quién eres, me dijo. Yo también te conozco, le respondí. Supongo que sí, de otra manera no habrías venido, ¿me equivoco? No, no te equivocas, le dije. Entonces entra, Soust, ponte cómoda. Caminé con lentitud, pero con gracia para no parecer desconfiada. La ventana daba a un parque que no había notado cuando llegué. Al lado de mi silla esperaba una taza humeante.

—¿Tienes hambre?

—Sí —dije, con la esperanza de que fuera por unas galletas y yo pudiera escapar.

—Entonces come.

Antes de que se acercara a mí yo tomé la taza y arrojé el líquido en su dirección. Apenas le mojé el cabello. No parecía molesta. Está caliente, dijo, ten cuidado. Me levanté con las piernas entumecidas y recuerdo que lo único que pude decirle fue dónde tienes a la Colibrí. Me temblaba la voz. No parecía confundida. Vuelve, Soust, quiero mostrarte algo. Abrió su cajón. Las almendras inundaban la habitación a tal punto que tuve que tragarme el vómito. Aquí se acabó todo, nena, me dije, así es como vas a morir.

—Esto es para ti.

Era otra carta. Ustedes saben de quién era. Hay muchas cosas que no sabías de nuestra Colibrí, agregó. Dónde está, pregunté. No puedo decirte nada que ella no me permitiera, toma la carta, es toda la información que hay para ti. Leí el papel, era blanco y la luz de fuera se reflejaba en él. La letra era suya, o más bien, era una copia de la suya. Cada palabra había sido escrita con su puño, pero el contenido era dictado. Cualquier grafólogo me diría está loca usted, señora, si esto se ve clarito que es auténtico. Pero yo sé lo que vi, sé que mi Colibrí no era la autora de aquella infamia. Arrugué involuntariamente la carta, falsa o no, era lo único que me quedaba de ella.

—¿Ahora entiendes por qué se fue?

—Sí… lo entiendo.

—Lo lamento muchísimo; yo también la quería, como no tienes idea.

—Gracias por darme la carta.

—No tienes nada que agradecer, de hecho me facilitaste las cosas al venir personalmente. Entiendo tu dolor, y no te preocupes, no guardo rencores por lo del café.

—Ya me tengo que ir.

—Adelante, te acompaño.

—No, iré sola. Se ve que eres una mujer ocupada.

—No hay problema, me hace falta un poco de aire freso, además.

La ventana estaba semiabierta. Ambas bajamos por el elevador. No dijimos nada, sabíamos que la otra mentía. Ojalá algún día puedas mostrarme tu poesía, agregó cuando llegamos a la puerta principal. O no, no, es algo de amateurs, le dije, aparte, es solo para mis amigos. Ya veo, me dijo.

No me perdió de vista hasta que el edificio me quedó muy lejos. La carta, la intenté leer nuevamente, buscando pistas, algún código, pero me dolía tanto el corazón que terminé manchándola con mis lágrimas. La ciudad se había tragado a mi Colibrí y su llamado de auxilio permanecía arrugado y empapado entre mis manos. Don Colibrí me encontró sentada en la banqueta. ¿Qué haces ahí, Alcira, te encuentras bien? Yo, don Colibrí, tengo algo que decirle. Claro que sí, Alcira, sube. Me abrió la puerta del taxi. Disculpe, no quiero molestarlo. No es molestia, hija, tú eres como la hermana de mi mujer. Muchas gracias, don Colibrí. Estaba agarrando valor para decirle lo que me ocurrió cuando noté que el recorrido me era familiar. Adónde vamos, don, pregunté con angustia. Tengo que ver a una amiga, es la jefa de una editorial y me ofreció ayuda para que no quedara abandonado el proyecto de mi mujer. Discúlpeme, don Colibrí.

Salí corriendo, corrí, corrí tanto como pude. Aquellos niños, la Colibrí, nuestro amuleto; eran todos recuerdos de lo venidero. Habíamos perdido, cada uno de nosotros terminó en las peores circunstancias para comenzar de nuevo y no todos estaban dispuestos a hacerlo. Me alejé de don Colibrí, huí de la Cuervo durante algunos sueños que se prolongaron durante décadas. Hoy ya no vivo en México, he regresado a Uruguay. No ha pasado un día en que no extrañe a mi Colibrí, ni tampoco ha pasado un día en que no piense en mis hijos, los poetas. El futuro tendrá que llegarnos, y yo sé que habremos de cantar juntos, como en el principio, cuando la literatura era nuestra, y como en el futuro, cuando la recuperemos juntos.

Extracto obtenido con fecha de 2 de octubre de 1996.

Continuará…

Julio Calderón