Verde que te quiero verde, verde viento verdes ramas… la poesía que nuestros padres nos cantaban, los versos con los que crecimos y aquellos que nos llevaríamos muy en lo profundo de nuestro ser a la ciudad de la que muy poco sabíamos.

Gola y yo teníamos 23 y 21 años. El crimen organizado todavía se mantenía lejos, en la ciudad. Regresábamos tarde de dar clases, el anaranjado del cielo era el único color vivo del entorno. Yo recordaba que la bebé de tía Quetzal acababa de nacer hacía una semana.

Gola se quedó pensando en los bravucones que me rompieron los lentes en la mañana. Yo lo sabía por la cara que traía. «Ya olvídalo», le dije, «la próxima les daremos su merecido». Ni siquiera me miró, el pensamiento no la dejaría en paz hasta hacer algo al respecto.

Las llantas perdieron su velocidad. Giramos la cabeza en busca del origen de aquel ruido que llamó nuestra atención. «¿Serán lobos?», pregunté, aunque ya estaba consciente de que los lobos no bajaban desde hace años.

Nos quitamos el casco. Esperamos unos segundos. Ahí estaba el ruido otra vez, pero más lejano. Gola avanzó en dirección al ruido. Yo la detuve con el brazo, nada que produjera ese sonido podía ser de este mundo. Ella, no obstante, me ignoró. La seguí para no dejarla sola.

Nos adentramos en el bosque, donde nuestras bicicletas no pueden andar. Salvo lo que estábamos buscando, el resto de los sonidos daban muestras de calma natural. Algo me decía que era necesario ocultar nuestra presencia, así que le hice señas a Gola: debíamos ir más despacio.

El ruido que se hacía lejano de repente se quedó quieto. Lo escuchábamos cada medio minuto. Mi corazón se emparejó con el compás del sonido. No estaba seguro de tener miedo, pero ciertamente no estaba tranquilo. Gola entrecerró los ojos, me dijo que creía ver una fogata.

Es una fogata o son las luciérnagas, cavilé. Pero no. Era fuego. El fuego controlado por el hombre. Nos espantó un cotorro que se movía entre los árboles. Había demasiadas cosas ocultas a nuestro paso. Acostamos las bicis contra los troncos de abedul. El resto del camino pertenecía a nuestros ojos.

Descubrimos entonces que se trataba de ráfagas de arma pesada. El juego era sencillo: si se mueve entre las ramas, le disparas. Escuché que un sargento de grado visiblemente mayor reprimía a los subordinados. «A ver, pendejos, cuiden esas municiones que no las regalan».

Gola me hizo señas para que volviéramos a casa. Teníamos que contarle a mamá y papá. Yo le di la razón cuando escuchamos un grito. Unos soldados traían consigo a los hijos de doña Paloma. Los dos eran unos briagos conocidos de la región. Lloraban en el piso rogando por sus vidas.

«Déjense de joterías, pinches indios. ¡Levántense!», les dijo el sargento que había vuelto a salir. Los Paloma trataron de ponerse de pie, sin embargo, el que tuvieran las manos atadas hizo de la tarea algo casi imposible; perdieron el equilibrio dos veces. El sargento desenfundó.

«¿Quieren ver cómo sí se levantan, hijos de la chingada?». Posó el cañón en la frente sudada del Paloma menor. Con la fuerza de los músculos de sus piernas obligó al resto de su cuerpo a ponerse erguido. Se sorprendió de su propio esfuerzo, superior al que había puesto en toda su vida para dejar de beber.

«Les dije que podían, cabroncitos, ¿a poco no?». El sargento soltó una risotada irregular, un tanto forzada. Los subordinados, quizá acostumbrados a seguirle la corriente, rieron también. El nerviosismo de Paloma menor hizo que comenzara a reír con ellos. «¿De qué te ríes, pendejo?», dijo el sargento.

Le rompió la nariz con la culata de la pistola. Irremediablemente volvió a caer. Su hermano ya no sabía si debía continuar con el intento de ponerse de pie o quedarse en el suelo a pedir piedad. «Es una broma, güeyes, echen guasa».

Incluso con la sangre brotando Paloma menor quiso reír, pero solo le salieron unos espasmos más parecidos a un acceso de tos. Ante tal espectáculo todos callaron. Los subordinados levantaron a los hermanos frente al sargento. Ninguno se atrevió a mirarlo a los ojos.

«Bueno, cabrones, mucho chiste con ustedes, pero ya estuvo bueno. ¿Dónde está la merca?». Los Paloma no comprendieron, mas el pavor les impidió preguntar. Tengo la impresión de que los militares ya sabían que esos pobres diablos no tenían ni la más mínima idea de lo que buscaban.

No obstante, se sentían obligados a realizar ese teatro para sí mismos, porque no estarían a gusto si el protocolo desaparecía. Buscaban una droga que no existía en un lugar donde solo se cosechaban vegetales para el autoconsumo con unos marginados que no sabían nada de nada.

Sorpresivamente el Paloma mayor tomó la palabra. «Yo sé dónde está». «A ver, mijo, desembucha», le contestó el sargento. «Date la vuelta y yo mismo te la saco del culo», respondió con todo el aplomo del mundo.

Los subordinados no pudieron evitar una carcajada, luego retomaron su posición cuando vieron la cara del sargento. Ellos ya sabían lo que vendría. «Felicítame a tu madrecita porque parió a un tremendo comediante», respondió ante la burla. Luego le metió la cara al fuego.

El sargento sentía el calor subiéndole por los brazos, pero no se detuvo hasta inundar el ambiente de una peste chamuscada. No pude evitar sentir un asco terrible que subió desde el estómago. Antes de comenzar a vomitar, Gola lanzó una piedra hacia otro lado para distraer a los militares.

En lo que los subordinados iban a ver, regurgité con la cara pegada a la tierra para no hacer escándalo. Gola, al pendiente de mí, no se dio cuenta de que Paloma menor nos había descubierto. Cuando el grupo se reintegró y le reportaron al sargento que no había sido nada, este los calló.

«¿Qué estás viendo, indio culero?». «Yo nada», murmuró, pero sus ojos lo delataban. El sargento siguió con el dedo la dirección a la que apuntaban sus ojos. Le hizo señas a los otros, como diciéndoles vayan a ver que para eso les pagan, pendejos.

Encontraron el espacio entre los abedules abandonado. «Señor, no vemos nada, señor», dijo uno. «Pero…», dijo el otro. «¿Pero qué, soldado?». «Señor, es que huele raro, como si se hubieran guacareado por aquí, y es reciente, señor». «Ya veo», dijo.

Nosotros ya corríamos con los pulmones hiperventilados. No pude escuchar si nos perseguían, pero tampoco podíamos detenernos a comprobarlo. Encontramos el camino a casa y ahí comenzamos a pedalear fuerte fuerte fuerte. Fue un milagro que al llegar no me desplomara al instante.

Mamá escribía en la sala, papá cargaba a la bebé Quetzal en la cocina. Con el portazo se echó a llorar. Pregunté por la tía Quetzal y papá comentó que estaba dormida en el cuarto de ellos. «Está muy cansada todavía», añadió mamá.

Les narramos lo que atestiguamos. ¿Qué estarían haciendo los guachos aquí? Mamá dejó de escribir. «¿Saben si los siguieron?», preguntó. Gola dijo que no estábamos seguros. Papá dijo que teníamos que irnos. Pero no, no era buena idea salir. Cargábamos con una bebé y una mujer en recuperación.

Lo único que se me ocurrió fue apagar las luces y esperar. Todos entendieron mi plan, así que llevamos a la bebé y a su madre detrás del armario, custodiados por mamá y papá. Gola se quedó en la puerta frontal, yo en la trasera.

Durante un largo tiempo me quedé a la expectativa. Hacía tanto silencio que llegué a creer que nadie vendría. Me asomé hacia la ventana de la puerta, sin que nada perturbara la naturaleza de la noche. Así pasé hora y media; la incertidumbre no me dejaba moverme de allí.

Lo cierto es que comencé a cansarme. Habían transcurrido tres horas sin que alguien se presentara. Se me ocurrió que habría sido mejor irnos a pasar la noche a la escuela, donde posiblemente no nos habrían buscado. De cualquier modo, no parecía que fueran a venir. Y fue ahí cuando me quedé dormido.

Desperté con un culatazo en la oreja. Me quedó roja, caliente y palpitante. «Abre los ojos, culero. Ven a ver cómo nos chingamos a tu familia». Sentí toda la rabia del mundo cargada sobre mis manos, pero entendía la situación: para salir de esta había que usar la cabeza.

En la sala tenían a las mujeres con el pantalón abajo. Papá cargaba a Quetzal bebé en una esquina, mientras le apuntaba un militar. «Vamos a hacer esto sencillo, ¿okey?», empezó el sargento de hacía rato, «nos dicen qué fue lo que vieron y si no nos afecta nos vamos, ¿les parece?».

«¿Entonces por qué carajos nos tienen con los pantalones bajados, hijos de la chingada?», respondió Gola. «¿Apoco tú puedes coger con los pantalones puestos, chiquita?», dijo un subordinado. Inmediatamente el sargento lo mandó a callar. Se acercó a mi hermana y susurró: «con algo nos tienen que pagar».

Gola aprovechó para lanzarle una patada tremenda en la quijada al sargento. Los subordinados le apuntaron al instante y antes de dispararle mamá les gritó: «¡no la maten, por el amor de Dios!». Yo suponía que los soldados reirían como es su costumbre, pero no se movieron en lo absoluto.

Quiero decir; no bajaron sus armas, no deshicieron su postura, simplemente no se movieron. El sargento se levantó. Se limpió la sangre. Miró a Gola y le dirigió una pregunta: «¿qué fue lo que vieron?».

«Los vimos a ustedes en el cumplimiento de su deber», interrumpí yo. «Vimos cómo apresaron a un par de narcomenudistas que se resistieron a cooperar y que tenían que ser abatidos. ¿Es todo lo que necesitan, señores?».

Creo que nadie esperaba esa respuesta. El sargento tomó unas servilletas de nuestra mesa y las puso en su boca. Hizo señas de retirarse. Los subordinados atendieron la indicación. Nosotros creímos que regresarían, pero se subieron a sus vehículos y volvieron a su base.

Desde ese momento supimos que nos vigilarían constantemente. Mamá y papá eran los más propensos a un ataque, pues eran activistas que habían emigrado a la comunidad para denunciar la caza furtiva. Al pasar el primer año, supusimos que si nos manteníamos al margen ellos no volverían a meterse con nosotros.

Estábamos equivocados. Los militares tenían bastantes consignas; ¿la más importante? Desestabilizar la comunidad. Desaparecieron muchas niñas, y nosotros que eramos maestros fuimos los primeros en notarlo. Introdujeron droga en los niños y comenzaron a quemar el bosque para sembrar plantíos. Gola lloró en tres ocasiones. Mamá y papá cinco. Yo no lloré, porque me sentía el más destrozado por dentro.

Una mentira nos había salvado, pero había condenado a la comunidad. No podíamos contarlo al mundo exterior porque sabíamos que ellos nos veían de lejos, camuflados entre la maleza. La literatura fue lo único que pudimos rescatar porque los guachos nunca leen, y mucho menos hablan en lengua indígena.

Pronto tuvimos que dejar la comunidad. Papá, mamá y la tía Quetzal se quedaron para formar una resistencia. Gola y yo salimos con la misión de encontrar ayuda. Les dije que haríamos una revista cuyo alcance permitiera ponernos en contacto con ellos, al menos hasta que supiéramos qué hacer.

Y la verdad es que hasta el día de hoy sigo sin saber qué vamos a hacer. La ciudad está ensimismada en sus propios conflictos. La literatura aquí es distinta, yo no la entiendo. No nos queda más que volver y esperar a que nuestras propias fuerzas sean capaces de tirar lo que ellos han querido denominar como marginalidad.

Estamos a dos días de volver a casa y no sé si estoy listo para que mamá y papá me vean así. Pienso que ahora que mis piernas no funcionan, mi voz tiene que ser la herramienta con la que aportaré a nuestra causa. Mi voz y mi poesía de algo tienen que servir, aunque sea solo para evitar que otros queden dormidos como yo.

Continuará…

Julio Calderón