Por: Diego R. Illescas

 

Luego de una tarde de farra en el salón Saint Louis y una velada bajo las faldas de la torre Eiffel, decidí regresar a casa acompañado de Jorge quien había disfrutado menos el sabor de la fiesta y el vino intelectual de la época de los 50’s. Me despedí de él no sin antes oír nuevamente una larga tarea que los apoderados llaman vida. Me recibió Jean con la misma frialdad de un mayordomo británico al servicio de un simple escritor fanfarrón.

     Subí a mi estudio y le dediqué unas horas a mi más reciente trabajo, al cual le otorgué el terrible título de “continuidad en los parques”; muchos otros nombres menos interesantes, había recibido el proyecto burdo que hace dos semanas llegaba a mi pensamiento.

   Terminé acostado en mi cama no sin antes revisar una obra de Jarry y otra de Felisberto Hernández, mientras tomaba mi última copa a la que apodaba con soberbia “el calmante”. Poco a poco “La pelota”, “Ubu rey” y el coñac se acompañaron en una fiesta junto a Morfeo para así abrir el telón azul y presentarme “la pestilencia del terrible letargo amoroso”.

     La puesta en escena era un enorme parque laberintico cuyas fuentes se acomodaban de dos en dos cada cinco metros; los árboles no paraban de bailar al ritmo de un amargo viento otoñal. Mis pasos eran simples pero llenos de ansiedad, fue muy tarde para darme cuenta de que el protagonista Horacio no dejaba de mirar de izquierda a derecha; <<se le había perdido el verano>>, así me mofaba yo de su comportamiento atroz el cual ya cosechaba malas reseñas por parte de la crítica; después me compadecí al ver que este hombre seguía siendo joven y bello, lejos de mi edad, y con las piernas aun dispuestas a recorrer largos tramos de ese parque sin fin. El corazón se me apretó contra el pecho al ver una pintoresca esquina que conectaba con un recuerdo ya desdeñado al olvido.

  -Por ahí es- decía yo al detenerme y alzar el rostro para encontrarme con un hombre muy parecido a Cortázar, pero sin necesidad de mostrar emoción pues el parecido era pobre. Ya tenía varias calles siguiendo mis torpes y apresurados pasos ese impostor del escritor argentino. En otra ocasión pudo ser Borges o Quiroga.

    Pasado este encuentro, me volví a los pasos desesperados y a la inútil búsqueda por el ayer. El ocaso estaba próximo y temía que en casa papá se preocupara por mi ausencia, pero yo regresaría y le diría: “padre, fui a buscarla otra vez. Necesito que me perdone y me recoja en sus brazos llenos de compasión”. Pero el miedo era más grande; no por el encuentro mismo, sino por la respuesta a mi súplica, pues ese cariño al que rechacé antes tal vez no hallaría la forma ideal para perdonarme. Fue ahí cuando mi alma se sacudió en un temblor etéreo que dejó al descubierto un dolor avasallante. Abrí los ojos y pensé en Horacio; pensé en su martirio a través del laberinto y le pedí a dios nunca más soñar con este hombre cuyo dolor y plegaria era tan humilde; cual castigo le esperaba por parte de su amada; que nunca la encuentre o se muere el pobre diablo.

     El telón abrió sus cortinas una vez más. Esperaba ver una obra totalmente nueva; pero no, ahí estaba Horacio perdido en el parque, viendo su rostro en las fuentes y respirando el otoño de los árboles; ya no estaba Cortázar, pero sí Larissa. Como todo joven empedernido me le acerqué sin titubear. Ella ya me había visto, incluso pasé por el mismo lugar tantas veces que nunca noté su presencia al lado de las azucenas. Al estar cara a cara la astucia y valentía se las habían llevado sus bellos ojos; alguien entre el público gritó: “¡Venga, habladle ya, Decidle todo lo mucho que la adoras!”. Mi corazón galopaba cual caballo de carreras y el jinete que lo montaba poco le importaba si llegaba a reventar al pobre animal. Ya cansado del silencio dejé escapar las primeras palabras que volaron directo hasta sus oídos. -Soy un hombre maldito, Larissa. Si vos no me perdonáis hoy, mañana volveré a tener síes años y reviviré todas estas terribles emociones y volveré a caminar todos estos kilómetros-.

     Ella no respondió de inmediato; primero clavó sus ojos a los míos y dejó pasar el tiempo. Yo estaba desesperado y los pies me ardían tanto que el calor del asfalto se pudo haber confundido con la suela de mis zapatos. Recreé este momento cuantas veces se recuerdan los atardeceres; en muchas ella me trataba con esquivez, en otras ella se reía de mí, pero ninguna se compadecía de mi dolor. Al final su reacción era simple y su rechazo amable.

      Miré al techo de mi cuarto y la pesadilla se había detenido.  Me negué a dejar la vigilia y esperaba pronto el amanecer. La espalda me dolía y recargué mi cuerpo en las almohadas sin olvidar aquella promesa. Empecé a oír las hojas bailotear con el viento y me lancé dos cachetadas al rostro. Cortázar apareció al lado de Larissa y el mismo sujeto en el público volvió a arremeter en contra de la obra; era un mayordomo parecido a Jean: “¡ya dale el cuchillo! que se abra los brazos a ver si muy devoto el joven”. El impostor me extendió la hoja afilada; la carne tomó sin miedo el arma, pero mi alma agonizaba semejante acto.

      -Si de tus venas brotan los pensamientos y la sábila, tendrás mi perdón, pequeño niño. – Dijo Larissa aguardando mi respuesta con una sonrisa cautivadora; ultima sonrisa que vería pues me abrí ambos brazos y extendí las arterias hacia la primera fila. Ni pensamiento ni sábila; de mis heridas brotó otro parque con una infinidad de otoños arrebolados y sus singulares atardeceres cargados de una nostalgia infantil producto de un cariño hacia la vida y su impotencia para hacer feliz a un hombre que ya perdido entre el deliro del sol, solo encontró paz entre mango y navaja de su propia locura. Sin embargo, nada de esto conmovió a las plumas de aquellos testigos que juzgarían veracidad y sinceridad, contenido y forma de esta presente y ya conclusa obra. Mejor quedarse a la siguiente, esa promete un banquete de emociones producto del coñac y la lectura corriente.