Mi mamá nunca me dejó jugar a las escondidas. Decía que se había vuelto peligroso perder de vista a las niñas aunque fuera nomás por juego. Aun así, ella me metía a la casa siempre que escuchaba el ruido que venía desde el fondo del bosque. Me ponía debajo de la cama, me decía que cerrara los ojos y contara hasta que ella regresara a decirme que ya podía salir. Siempre me confundió que solo ella pudiera decirme cuándo esconderme.

En la escuela mis amigas decían que esos ruidos eran provocados por una bruja que se llevaba a las niñas para hacer hechizos y por eso nuestros papás siempre nos escondían cuando se escuchaba su risa malvada. Yo no estaba segura de creerles porque a mí no me parecía que una risa pudiera sonar así, pero cuando se lo hice saber a mis amigas ellas me rebatieron diciendo que yo no podía saberlo porque nunca me había encontrado con la bruja. Para no quedar mal parada les dije que sí, la había visto un día que mi prima Gola me había llevado a recoger fruta de la parte honda del bosque.

Luego luego vi cómo sus ojos se hicieron grandotes y me encerraron en un círculo para preguntarme de todo. Les fui inventando que la bruja hablaba nuestra lengua primera —la que hablan nuestros papás pero no nos quieren enseñar— y que su piel era negra como los árboles, lo que le facilitaba camuflarse. Les mentí tan bien que yo misma comencé a creérmelo, hasta les dije que por eso mis primos tuvieron que irse, porque la bruja los había hechizado y tenían que ir a la ciudad por un remedio. Palomita, el hijo menor de doña Paloma, me llamó embustera, porque la bruja se había llevado a sus hermanos y sabía que no había remedio contra su magia. Todas las niñas lo callaron, y yo me convertí en la vocera oficial de la bruja. Más tarde se me acercó Palomita a preguntarme si todo era verdad. Le dije que sí. Luego me pidió que si regresaban mis primos con alguna solución la compartiera con él porque extrañaba mucho a sus hermanos. Yo no sabía por qué los extrañaba si siempre que los veía juntos ellos estaban borrachos y lo molestaban, pero no le pregunté. Solo le dije que sí, que en cuanto volvieran le daría el secreto contra los males de la bruja.

Pero cuando volvieron mis primos las cosas habían cambiado. Mi mamá y las de varias de mis amigas habían desaparecido. Palomita trató de consolarlas diciéndoles que mis primos traerían el remedio contra la bruja y nuestras mamás volverían. Otra vez dije que sí, que cuando llegaran tendríamos de vuelta todo lo que habíamos perdido. Sabía que seguía mintiendo, pero ya para entonces no creía que volverían. Extrañaba a mamá como la que más, pero reconozco que al menos tenía a mis tíos; mis compañeros, en cambio, no tenían a nadie. Una semana después mis tíos Golondrina se fueron a discutir cerca del río. Yo los seguí sin que me vieran porque usaba mi vestido verde. Primero me alegré de saber que mis primos regresarían pronto, luego me asusté porque mis compañeros se darían cuenta de la farsa. Me puse a pensar en cómo podría salirme con la mía. Se me ocurrieron muchas cosas, pero nada me convenció. Luego, me llegó la idea de que tal vez, quizá, posiblemente, en el mejor de los casos, en el último de los escenarios, mis primos volverían con la tan esperada solución.

Quería saber más. Me acerqué lo más que pude, pero resbalé y caí al río. Mis tíos escucharon y en cuanto me vieron tía Golondrina se metió para sacarme. Me regañaron por estar jugando imprudentemente cerca del río. Súper, no se dieron cuenta de que los espiaba, pensé. Les inventé que había visto un axolotl, pero no me creyeron. Argumentaron que aquí no nacen los axolotl y que probablemente había visto algún tipo de pez. Yo les dije que no con todas mis fuerzas, que había visto el axolotl. Ya para ese punto ni siquiera estaba convencida de por qué les seguía mintiendo, pero había que despejar toda sospecha a como diera lugar. Mi tía fue a prepararme el baño y a ponerme ropa seca. Cuando estuvimos solas después de bañarme, me dijo: sé lo que estabas haciendo, Quetzal.

—¿Es cierto que van a volver mis primos? —pregunté por primera vez con sinceridad.

—Así es, cariño, regresan esta semana. No se lo puedes decir a nadie porque es secreto.

—¿Pero por qué es secreto, tía? Yo sé que la bruja no es real.

—Tal vez la bruja no lo sea, pero en el bosque hay un mal terrible, incluso peor que cualquier bruja.

—¿Entonces mis primos sí están hechizados?

—No solo ellos, Quetzal, toda la comunidad está en peligro desde hace casi ocho años.

—¡Esa es mi edad, tía!

—Sí, cariño, pero tú eres un poquito más grande.

—Tía… ¿Crees que yo haya traído la desgracia hasta aquí?

—Por supuesto que no, no digas eso. Tú eres una esperanza preciosa para todos nosotros.

—¿Por qué? ¿Qué es lo que me hace especial?

—No solo a ti, cariño, todos los niños de esta comunidad son una esperanza porque están aprendiendo a creer en un mundo mejor. Sin ustedes nosotros los adultos no tendríamos nada.

—¿En serio crees eso, tía?

—No lo creo, estoy segura. Tú confía —en ese momento me sonrió, y yo no pude evitar pensar en mi mamá. La extrañaba demasiado y quería que volviera. Comencé a llorar. Tía Gola me abrazó, nos quedamos así por unos minutos, el tiempo suficiente.

Decidí contarle a todos que había mentido. No se me hizo justo darles una falsas ilusiones. Tendría que hacerlo lo más pronto posible: mañana, pensé. Desperté muy temprano e hice lo de siempre: barrí mi parte, alimenté a las gallinas, a los cerditos y a Tito y Rugosín, nuestros perros, salí con mi tía a sembrar las semillas. Lo cierto es que no me gusta hacer nada de eso, pero no hay de otra; además, mis amigas trabajan el doble que yo, así que no me quejo. Mi tía es quien siempre me llevaba a la escuela, pero desde la desaparición de mi mamá ahora lo hace mi tío. En el trayecto se me ocurrió preguntarle si sabía algo de mis primos. Me dijo en voz baja que no debíamos hablar de eso. Quería saber por qué pero dejó de hacerme caso. Sentí que entre los árboles algo caminaba en dirección a nosotros, así que cuando jalé de la camisa a mi tío para avisarle, él solo me dijo: ya sé, yo también lo oigo. Me sentó en sus hombros y avanzó trotando levemente. El ruido entre los árboles arreció. Corrimos, más bien, corrió él. A pesar de que me dolían los muslos de tanto golpe me preocupaba más que nos alcanzara lo que nos estaba siguiendo. Mi tío decidió cruzar por el arroyo y entonces se metió y nos empapamos y yo me llené de lodo la cara. El ruido se acercaba con mayor fuerza y mi tío sacó una pistola que yo no sabía que tenía. Me asusté mucho, sentía cerrada la garganta. Cerré los ojos y apreté los puños.

Él se levantó tranquilamente y me ayudó a levantarme también. Abrí los ojos cuando sentí que algo se subía a mis hombros. ¡Eran Tito y Rugosín! Nos habían seguido desde la casa. Yo los regañé por darnos ese susto. Mi tío me dijo que no lo hiciera porque ellos no sabían que nos ocultábamos de algo. Nos regresamos a la casa para cambiarnos y devolver a los perros al corral. En la casa tía me abrazó muy fuerte. Yo no podía respirar, pero se sentía bien, así que la dejé hacerlo. Luego besó a mi tío y le pidió que fueran a platicar al río. Me pidieron que me fuera a bañar, pero yo quería saber qué estaba ocurriendo, entonces decidí escabullirme. Esta vez no los encontré cerca del río. Seguramente estaban concientes de que podría espiarlos nuevamente. Recorrí los alrededores en busca de ellos, pero nada. Pensé que no tendría caso seguir intentándolo porque lo más probable era que se hubieran ido al pueblo a tratar sus asuntos de grandes.

Volví para bañarme cuando escuché una puerta cerrarse. Era la puerta del baño. Abrieron la llave y pusieron cubetas para que no se oyera nada de lo que decían. ¡Esos tramposos! ¡Sabían que los iba a buscar, por lo que se fueron al único lugar en el que no los encontraría! Pero fallaron en una cosa. Yo sabía como entrar al baño desde afuera por la ventana. Salí corriendo y puse un bote grande debajo de la ventana. Desde ahí podía verlos perfectamente, y si ellos hubieran volteado solo habría bastado con agacharme un poco. El crimen perfecto.

—Estaba por ir a buscarlos, no tienes idea de lo aliviada que me sentí cuando los vi llegar.

—¿Qué pasa? Me estás asustando, por Dios, di algo… ¿Están bien nuestros niños?

—Sí, ellos están bien. Ya sabes que llegan hoy en la noche.

—Bueno, entonces, ¿qué es lo que ocurre?

—Los hijos de su reputísima quemaron la escuela.

—¿Cómo que la quemaron? ¿De qué estás hablando?

—Me lo dijo doña Paloma. A su hijo se le olvidó su libreta y ella se la llevó. Cuando llegó una camioneta militar estaba largándose. La escuela ya se estaba consumiendo y afuera estaba la profesora muerta. Doña Paloma se metió con el mandil en la boca para buscar a su hijo, pero no había nadie, era el puro inmueble en llamas. Luego se le ocurrió que los hijos de la chingada se habían llevado a los niños. Corrió para alcanzarlos, pero ya no los veía. No sabía a quién acudir, por eso vino conmigo. Ahorita la dejé en su casa; tiene miedo, no quiere perder otro hijo más.

—¿Y tú crees que sea cierto que se llevaron a los niños?

—¿Dónde más podrían estar? ¿Quién más podrían ser tan perverso, tan ruin como para llevarse a un grupo de niños indígenas?

Mi tía comenzó a llorar. Mi tío la abrazó. Me bajé del bote. Se me ocurrió que yo podría encontrarlos si seguía sus pistas. No debía ser tan difícil, yo era una gran experta en espionaje. Me llevé a Tito y a Rugosín para que me protegieran si alguien me atacaba. A lo mejor ya me estarían buscando mis tíos, pero eso estaba bien; entre más ocupados estuvieran menos estarían en peligro. Nos cansamos mucho, pero logramos llegar. La escuela todavía se chamuscaba. Se me erizó la piel cuando tropecé con la maestra Jilguera. Sentí ganas de llorar, aun así me las aguanté. Vi que un rastro de ceniza se marcaba hacia el bosque, donde se oían las carcajadas de la bruja. Di un primer paso hacia la espesura, cuando alguien me tocó el hombro. Mi corazón se achicó. Tito y Rugosín se pusieron a gruñir y a ladrar. Volteé esperando lo peor.

—¿Qué estás haciendo aquí, pequeña? —me dijo un hombre alto, vestido de soldado, que cargaba una pistola similar a la de tío Golondrina.

—Vinimos a buscar a la bruja —respondí, esperando que mis mentiras pudiera funcionar otra vez.

—¿No te parece que estás muy sola?

—No, no estoy sola. Mis perros son buenos guardianes y pueden acabar con quien sea.

—Me parece perfecto. No es buena idea que una niña tan pequeña camine sin rumbo por el bosque —fue ahí cuando noté que su uniforme tenía bordado el nombre Paloma en el pecho, ¿era este sujeto uno de los hermanos de Palomita?

—Si quieres te llevo a tu casa.

—Yo… No sé….

—¿Tienes miedo? ¿De mí?

—N… No.

—¿Entonces de qué te preocupas? Ven, yo te acompaño.

Nos subimos a su auto y nos adentramos al bosque, cada vez más lejos de mi casa, cada vez más cerca de mi mamá. Tito y Rugosín se quedaron en la escuela. Ni tiempo les dio de lanzarse al ataque.

Continuará…

Julio Calderón