—¿Cómo crees que estén papá y mamá?

—Espero que bien.

—¿Los extrañas, Gola?

—Claro que los extraño. Tantas veces me arrepentí de no llevarlos con nosotros.

—Pero no estábamos mejor allá, ¿lo recuerdas? Por eso regresamos a casa.

—Sí, eso ya lo sé, pero cualquier cosa en este punto me parece mejor que lidiar con esos putos guachos.

—Yo de verdad espero que las cosas se hayan calmado; no tengo motivos para creerlo, sin embargo, es mejor creer eso a no creer nada.

—¿Adónde nos ha llevado creer en algo? No tenemos nada, no tenemos dinero, no tenemos seguridad, por el amor de Dios, ¡ni siquiera tienes piernas que funcionen!

(Nos quedamos callados un rato. Me sentí como una mierda. Él me interrumpió antes de que pudiera disculparme.)

—Sé que estás molesta. Yo también, créeme. Estamos de acuerdo en que la gente es insensible, es cruel, es… una completa porquería. Aun así, no vamos a lograr nada si no estamos unidos. Papá, mamá, la tía Quetzal y su hija nos necesitan.

—¿Pero cómo se supone que los vamos a ayudar si fracasamos en todo? No tenemos revista, no llevamos ayuda, tenemos menos que cuando partimos.

—No hemos perdido todo.

—Calla, tenemos que bajar. Ya casi llegamos.

—¿Dónde carajos se metió esa niña? Te dije que no era buena idea.

—A ver, cálmate. Seguro está con los perros, ya sabes que le encanta jugar con Tito y Rugosín.

—Ve al corral a ver si sí está allá. Yo voy para el río.

—Mírame primero, mírame a los ojos. Eso, muy bien. Escucha: Quetzal se encuentra a salvo.

—¿Cómo puedes decir eso si sabes lo que putas está pasando allá afuera?

—Porque ella estará bien en tanto nosotros podamos protegerla, y no podremos hacerlo si perdemos el control.

—Es obvio que perdimos el control porque no sabemos dónde está.

—Tal vez no sepamos dónde se encuentra, pero conocemos la zona.

—¿Y si se fue hacia el bosque?

—Tendremos que ir por ella.

—¿Y te gusta lo que haces?

—…

—Yo creo que no te gusta.

—¿Por qué dices eso?

—Mis tíos siempre me dicen que nadie puede ser feliz haciendo daño a los demás.

—Yo no hago daño a las personas que no se lo han ganado.

—Mi mamá no se lo merece.

—¿Quién es tu mamá?

—No tiene caso que te diga, seguramente no la conoces.

—…

—A todo esto, ¿adónde vamos?

—No tiene caso que te diga, no conoces el lugar.

—No, pero sé que vamos adonde tienen a mis amigos.

—Hablas demasiado, ¿no te parece?

—¿Se supone que debo guardar silencio como los adultos?

—Exacto.

—Ahí está el detalle: yo no soy una adulta.

—Eso se nota.

—Si fuera adulta te tendría miedo.

—Si tuvieras miedo serías una niña lista.

—No, porque te conozco.

—¿Ah, sí?

—Sí, eres el hermano de Palomita.

—… Ese nombre no me suena.

—Claro que te suena, lo tienes bordado en el uniforme.

—Es solo una etiqueta. La gente como yo no tiene nombre ni familia.

—Palomita dice que sus hermanos fueron hechizados por una bruja y que jamás volvieron.

—Suena como un niño bastante estúpido.

—Debe ser de familia.

—¿Mamá? ¿Papá?

—Gola, checa las puertas. Revisa que no estén forzadas.

—Dios santo, ¿tú crees que…?

—No, no, no. Primero vamos a calmarnos. Seguro están trabajando.

—¿Y por qué dejaron las puertas abiertas?

—Yo… no sé. Pudo ser cualquier cosa. No debemos adelantarnos todavía. Vamos a buscarlos.

—¿Cómo carajos los vas a buscar si las ruedas de tu silla se atoran con la tierra y las piedras? Quédate aquí a ver si regresan. Voy a ver a tía Quetzal.

(Hacía tanto que no veía la casa. Nuestras cosas estaban frías, acomodadas en un rincón. El tiempo había transformado nuestro hogar en estos 10 meses. Fue raro encontrar las pertenencias de la pequeña Quetzal como si viviera aquí. El aire se sentía enrarecido. No me terminaba de acostumbrar a la humedad de la zona. De cualquier manera, yo extrañaba mi bosque, mi casa, mis mascotas y a mis padres.)

—Golo, no vas a creerlo.

—¿Qué sucede?

—Ven, te voy a llevar a que veas algo.

—Ya dimos cuatro vueltas a todo el pueblo. No hay ni rastro de ella. ¿Ahora qué vamos a hacer?

—Mira, ¡son los perros! ¿Cómo llegaron hasta aquí? Ey, cht, cht.

—¿Y si se los llevó con ella?

—Están muy inquietos, creo que quieren mostrarnos algo.

—Quieren ir al bosque.

—Es lo que veo.

—¡Vamos de una vez! Ya perdimos mucho tiempo.

—Debo volver a la casa primero.

—¿A qué, coño? No tenemos tiempo.

—Debo regresar por la pistola.

—Así que tía Quetzal ya no está con nosotros…

—No.

—¿Cuándo pudo haber pasado?

—No sé, la lápida no dice.

—Definitivamente fue durante nuestra ausencia.

—¿Tienes algún otro comentario inteligente?

—Puta madre, Gola, sé que estás molesta, pero ya estoy hasta aquí de tu actitud. Yo no tengo la culpa de lo que está pasando.

—Tampoco tienes la solución.

—¿Y quién sí, Gola? Estamos en los confines del planeta enteramente solos. El gobierno desprecia a pueblos como el nuestro y la única razón por la cual tú y yo tenemos la fortuna de no compartir el destino de ellos es porque nacimos en la ciudad, porque nuestros padres son de la pinche ciudad. Te dije que no habíamos perdido todo y no me retracto. Mientras nos tengamos el uno al otro no debemos perder la esperanza.

—Supongo, pero para serte sincera me cuesta creer que no acabaremos muertos.

—Vamos a acabar muertos, Gola. Pero habrá valido la pena.

—Y cuando me dieron el nombramiento volví con mi madre para decirle que por fin estábamos a salvo, pero ella no quiso saber nada de mí. Dijo que en lo que ella respecta, su hijo mayor había muerto de borracho y solo le quedaba uno que todavía era chilpayate. Me dieron ganas de cachetiarla y decirle “no sea pendeja, jefa, este que usté está viendo también es su hijo, sin importar cuánto le pese”.

—Eso es muy grosero, Paloma. A las mamás no se les pega.

—Ella me pegó donde más me dolió, en el corazón.

—Yo conozco algo a tu mamá, la he escuchado hablar con mi tía. A ella le duele más.

—Pues eso ya no me importa. Este es un trabajo decente, qué lástima que no se dé cuenta. Hago más dinero del que todos esos pobres indios podrán juntar jamás.

—Tú también eres un indio, al igual que yo.

—Pero yo tengo algo que ellos no: una oportunidad.

—¿Y no extrañas a tu hermano mayor?

—…

—Yo no tengo hermanos, así que nunca sabré cómo se siente perder a uno. Pero tú sí, de hecho, estás a punto de perder dos. ¿Eso no te duele?

—Ay, hijo mío, qué te pasó…

—No llores, mamá. Me siento bien. Recuerda que siempre quise vivir rodando.

—Este día no puede ser peor.

—Papá, ¿dónde está Quetzal?

—Estamos por ir a recogerla. Fue al bosque.

(Todos callamos. Papá se metió a su habitación. Salió con un arma que se guardó en los pantalones.)

—No estarás pensando en hacer lo que creo —le dije.

—Vamos a rescatar a tu prima cueste lo que cueste —me contestó.

—Vamos con ustedes —intervino Gola.

—No, claro que no. No los perderemos otra vez.

—Papá, —dije con los ojos cerrados— estamos de vuelta para ayudar.

—Mijo, seamos sinceros: ¿cómo vas a ayudar en esas condiciones?

—Yo los salvé la última vez que estuvimos en peligro.

—¿Perdón?

—Cuando vinieron los guachos yo los salvé a todos con mi voz. Ni siquiera tuve que moverme. Ni respuesta pudieron dar, simplemente se fueron y nos dejaron en paz aquella noche. Gola pudo haber muerto; pudieron haber abusado de ti, mamá; pudieron haber abusado de la bebé. Pero nada de eso ocurrió porque yo estaba allí. Y ahora tú, papá, crees que con una pistola vas a poder acabar con ellos, ¿desde cuándo tienes esa cosa, además? No seas tonto, por Dios, ellos tienen armas de sobra. Necesitamos pensar lo que vamos a hacer. Necesitamos estar juntos.

—Bien, héroe, ¿cuál es el plan? —rebatió Gola.

—Bien, ya llegamos. Tengo que dejarte con mi sargento.

—¿Adónde vas?

—Hubo un cambio de planes. Me requieren en otra parte.

—¿Y adónde me llevarán a mí?

—Tendrás que preguntárselo a mi sargento, esa información queda fuera de mi alcance.

—Estás mintiendo, sabes qué van a hacer con nosotros.

—No, eso sí lo sé. Lo que desconozco es dónde lo harán.

—Señor, le traigo la última carga, señor.

—¿Por qué tan tarde, Paloma? Ya se fue el camión con los otros chamacos. Ahora voy a tener que pedir otro exclusivo para esta pendeja.

—Señor, le ruego me disculpe, ya sabe lo complicada que es la ruta de camino al campamento, señor.

—Bueno, ya qué más da. Van a pagar bien por cada uno, pero lo del traslado te lo voy a descontar, ¿entendido?

—Señor, sí, señor.

—Retírese, Paloma. Vaya a lo que le encargaron.

—Señor, si me permite hacerle una pregunta, señor…

—Desembuche, pues.

—Señor, ¿adónde se llevarán a los chamacos?, señor.

—Ya sabe que eso no le incumbe, Paloma. No ande de chismoso que le va a ir como en feria.

—Señor, una disculpa, solo quisiera saber para poder hacer mejor mi trabajo en el futuro, señor.

—A ver, Paloma, si tanto le interesa, venga pa’ca. En la carretera camino al D.F. se va a desviar “misteriosamente” el camión hacia un deshuesadero. Dentro lo esperan dos camionetas, una pa los varoncitos y otro pa las mujercitas. El primero se va al gabacho, ya ve que allá pagan bien por los trasplantes. El segundo se queda en la frontera, en Ciudad Juárez, pa ser precisos. ¿Ya sació su curiosidad, Paloma?

—Señor, le agradezco, señor.

—Órale a trabajar, culero. A lo que le mandaron.

—Hola, qué tal. Vengo por el niño que responde al nombre de Palomita.

—¿Y a la orden de quién o qué?

—Mía. Solo denme al niño y me iré.

—¿Para qué lo quieres o qué? ¿Apoco eres de esos?

—No te pases de pendejo conmigo, cabrón.

—¿Y qué nos das a cambio?

—Les doy la oportunidad de pelarse a la verga en lugar de denunciarlos.

—¿Denunciarnos? Pero si ustedes mismos son los que están haciendo los negocios sucios. Nosotros solo transportamos la mercancía.

—Escúchame bien, hijo de la chingada, me das el niño o no sales de aquí.

—Tú sabes que a nosotros nos van a cobrar el chamaco si te lo llevas, así que quiero saber lo que nos vas a dar a cambio.

—Creo que no estás entendiendo. El trato es el siguiente: me das al niño y los dejo seguir sus vidas. Eso es todo.

—Yo te tengo otro trato: te vas en putiza a tu base y le chupas la verga a tu sargento mientras nosotros vendemos al chamaco y todos tan contentos como siempre.

—Buitre, perdona que los interrumpa, pero tenemos una situación. Ven a escuchar esto.

—Permíteme.

—¿Qué chingados quieres? Este cabrón está por arruinarnos la venta.

—Es precisamente de eso que te quiero hablar. El chofer que nos iba a traer la última niña tuvo un percance. Creo que querrás escuchar esto.

(Voz en off) … ¿Me escuchan?… Por Dios, necesito ayuda… Carajo, carajo, carajo, creo que tengo una varilla enterrada en el estómago, no lo sé… Por favor, vengan por mí; mis coordenadas son… Mierda, veo borrosos los números, creo que estoy perdiendo la vista… Un hijo de la chingada tiró el camión con una ráfaga… Fue un puto guacho, de eso estoy seguro… No estoy lejos del deshuesadero, necesito ayuda… Por favor, necesito…

—Ahí perdimos la comunicación. Ya mandamos a alguien a limpiar el desastre, pero supuse que querrías enterarte. ¿Crees que haya sido el culero que vino?

—¿Quién más va a ser? Tráete a toda la banda. Vamos por ese puto indio.

—Entendido.

—Por cierto, también ve por el niño que se llame Palomita. Tengo un par de preguntas que hacerle.

—¿Dónde está el niño?

—Ja, ja, ja, búscalo tú, culero —dijo el Buitre antes de toser sangre en el piso donde yacía.

—No estoy jugando, dime dónde está o yo te juro que…

—¿Qué vas a jurar? Ya te chingaste a todos mis hombres y a mí no me queda mucho tiempo. No tengo nada que perder…

—Voy a volver, y si no lo encuentro, voy a romperte cada uno de tus huesos hasta que me digas.

—Jajaja, ya, está bien, te digo. Solo porque me caíste bien. Acércate; —susurrando— vas a tener que buscarlo pedazo a pedazo en donde comen los perros.

Continuará…

Julio Calderón