Hoy es 27 de noviembre de 2019. Mi nombre es Golondrina Golondrina. Viajo con una niña indígena llamada Quetzal a la CDMX en busca del editor don Colibrí. Escribo esta bitácora para dejar testimonio de nuestro terrible pasado y sobre todo para que, si me llega a ocurrir algo, quien lea esto se haga cargo de Quetzal o al menos que la deje en manos de alguna institución que pueda darle la vida digna que le arrebataron.

Nosotras venimos de una comunidad autóctona del sur de México ahora extinta. Ella habla español porque su mamá nunca le enseñó maya. Yo quisiera enseñarle, pero no creo que me corresponda. De todos modos, lo que me importa primero que nada es encontrar comida, techo y dinero. Hemos encontrado a gente buena, muy buena, que nos ha alimentado y vestido, incluso un par de ocasiones nos alojaron para que no trasnocháramos en la ruta. No obstante, también tuvimos el infortunio de que nos asaltaran hasta dejarnos en los mismos harapos en los que venimos desde nuestra partida. Fuimos afortunadas de que ninguno intentara propasarse con nosotras. He tenido tanto miedo de que se quieran robar a la niña que a veces no puedo dormir. Todos los días afilo el cacho de tijeras que guardé por si hace falta. Hasta el momento no lo he usado, pero no me han faltado ganas.

Hace poco caminábamos por una calle asquerosa en donde las cacas de los perros se secaban al sol y un olor a caño irritaba nuestras narices. Las casas que cercaban la calle estaban en obra negra. A lo lejos un templo dedicado a La Luz del Mundo se distinguía por su altura y opulencia, después noté que en las panaderías adyacentes colgaron carteles en los que se le daba la bienvenida al ilustrísimo pastor, embajador de Dios y vocero de todos sus designios. Tengo entendido que hace poco lo enjuiciaron por almacenamiento y distribución de pornografía infantil. Como sea, creo que me estoy desviando. Quizá cuando lo pase a limpio tache esta parte. O tal vez no.

El punto es que caminábamos bajo el sol de las dos de la tarde en una calle apestosa. La mugre me picaba la piel y me ardían las heridas expuestas. Quetzal tenía hambre, pero se estaba aguantando. A mí solo me quedaba dinero para los pasajes. Finalmente encontramos un autobús que se dirigía a la capital. Subimos con desaire, entregué nuestros últimos pesos. Nos sentamos hasta atrás. El calor entraba por la ventana. Casi caí de sueño, pero Quetzal me despertó: hablaban de nosotros en la radio. Unos reporteros daban su opinión acerca de la masacre en la que un escuadrón de las Fuerzas Armadas perdió la vida luego de enfrentarse a una comunidad indígena dedicada al narcotráfico. El enfrentamiento terminó en un incendio forestal que aniquiló buena parte de la población junto con la flora y la fauna de la región. Aunque no se han identificado todos cadáveres, se sabe que los activistas Golondrina pudieron iniciar el conflicto al poner a la población en contra de los militares. Sus restos ya fueron trasladados a las autoridades competentes. En cuanto a los soldados muertos, se les hará un funeral con todos los honores en una semana.

Alguien habló, dijo algo como «pinches indios», y «si fuéramos más como los Estados Unidos no estaríamos tentándonos el corazón para acabar con esas lacras». Le dije a Quetzal que se quedara en su lugar, me levanté y frente al tipo le pregunté: ¿Disculpa? Me respondió que no me importaba, vieja metiche. Le contesté que tenía razón, no era de mi incumbencia. Avancé un poco, me detuve, lo jalé de la coleta mal atada que traía y lo azoté contra el tubo de manos. Lo repetí al menos dos veces más para dejarlo aturdido. La señora que iba con él me llamó infeliz, hija de la chingada y no sé qué más. Le grité al chofer que nos bajara en ese momento. Él se veía indeciso, había apretado su botón de pánico. «O me bajas o hasta aquí quedas», le insistí con las tijeras. Por fin nos abrió. Metí la mano en el bolsillo del tipo que había perdido el conocimiento para robarle la cartera. Cargué a Quetzal y nos metimos por las calles más enredadas que pudimos. Corrimos un buen tramo hasta que tropecé y tiré a Quetzal accidentalmente. Comenzó a llorar levemente y aunque le pedí que no hiciera mucho ruido no pudo evitarlo. La billetera traía 500 pesos e identificaciones. Tiramos todo salvo el dinero, busqué una farmacia por los alrededores. Hallamos una tienda de abarrotes que por fortuna vendía gasas y alcohol. Desconfió de nosotras debido al aspecto que traíamos. Intenté no verme desesperada, pero ya quería largarme. Le pedí por favor que nos entregara los insumos para poder irnos. Supongo que creyó en nosotras al cabo de un rato, nos dio las cosas y nos dijo: cuídense mucho, que Dios las acompañe.

Luego de curar a la niña seguimos corriendo. Todos los policías nos miraban con sospecha, incluso unos puercos con lujuría. Ya no podía seguir más, mis pierdas me ardían, la espalda me punzaba y varias de mis cortadas se abrieron. Había perdido el sentido de la orientación, no sabía hacia dónde dirigirnos. Tomar un taxi podía implicar nuestra muerte, los autobuses eran confusos y andar a pie nos dejaba expuestas. Quetzal me cuestionó si estaba arrepentida de lo que le hice al señor. Le pregunté si ella creía que yo había hecho mal. «Yo… no sé, no estoy segura. Ese hombre fue muy grosero». Claro que lo fue, lo pensé, pero no seguí con la charla porque no estaba segura de enseñarle lo correcto a la chiquita. Volvimos a ver la torre del tempo de La Luz del Mundo. Con la aguja como punto de referencia podríamos encaminarnos una vez más, solo tendríamos que tener cuidado con los puercos.

El templo estaba cerrado. Las rejas tenían anuncios pegados acerca de retiros espirituales. Algunos yacían en la banqueta junto a la popó de perro. Quetzal me señaló la cruz. «¿Ese de allá arriba es Dios?», preguntó. «No, solo uno de sus tantos intermediarios», dije. Otro autobús nos recogió. Esta vez el conductor escuchaba cumbias. Nada para alarmarse.

Anochecía cuando arribamos a la colonia donde se encuentra la casa de don Colibrí. Con un dejo de ironía, Quetzal me preguntó: ¿Y este que vive aquí sí es Dios? Yo le respondí que sí, seguramente. Como nadie abría la reja tuvimos que saltarnos y llegar hasta su puerta a tocar. Un viejo impecable y más delgado nos recibió. Era el mismo Colibrí, solo que el tiempo le cobraba de a poco las carnes. «¿Golondrina, eres tú? ¿Qué te sucedió, mi niña?». Lo que le iba a decir era por tu culpa anciano estúpido por tu culpa mi familia está muerta mi hogar fue quemado hasta la raíz y por tu puta culpa la revista que mi hermano imaginó se convirtió en la herramienta para que la mafia literaria afianzara su poder carajo todo por tu puta condenada culpa, pero antes de hablar vomité; luego las piernas dejaron de aguantarme.

Nos permitió bañarnos mientras él preparaba algo que pudiéramos comer. Quetzal entró primero. Como no tenía ropa para ninguna nos prestó batas antiguas en lo que veía qué podía servirnos. Le di los 500 pesos: «con esto debe alcanzar para el agua caliente, la comida y la ropa más barata que encuentres». No quiso aceptarlos. Le sugerí que al menos los tomara para comprarle a la niña ropa decente. Cuando se fue yo pude meterme a bañar. Hacía tanto que no sentía el agua limpia por mi cuerpo. Quise aprovechar el ruido y lloré un poco. Ya me quedaban menos lágrimas que derramar. Mientras me enjabonaba se me ocurrió otra cosa; tenía las uñas cortas porque siempre me las como, entonces bajé suavemente y cerré los ojos para darme el amor que había perdido hacia mí. Me sentí por dentro, me acaricié, me excité tanto que casi me ahogo. Al terminar miré mis manos; susurré que nunca, nunca debía volver a perder algo tan importante.

En la cena no platicamos mucho. Entre Quetzal y yo nos acabamos toda la sopa, don Colibrí nos cedió los últimos bisteces encebollados. El hombre intentó sacarnos información, pero yo le hice señas a Quetzal de que guardara silencio. Poco después me enteré de que terminó contándole todo antes de irnos a dormir. Yo me quedé en un sillón con mi niña. Quiso darnos su habitación, mas dije que no. No necesitamos su caridad ni tengo el humor para aguantar su necesidad de aliviar su culpa. «Quiero disculparme con ustedes, yo sé que no puedo corregir mis acciones anteriores, pero creo que puedo ayudarlas en lo que necesiten». Respondí que lo hablaríamos en la mañana, estaba demasiado exhausta.

En cuanto se durmió le dejé una solicitud en su despacho. Le pedí que si algo me pasara, así como lo expresé por aquí, se hiciera cargo de la niña. «Ella es lo único que me queda. Yo no quería nada de esto pero la quiero a ella. Yo no quería ser madre y ahora estoy con una niña que lo ha perdido todo. Tuve que hacer cosas horribles para salvarla y ahora no tengo cómo darle la vida que merece. Este viaje ha sido irremediablemente extenso. No sabes las ganas que tengo de matarme. Tengo una navaja que miro todos los días, preguntándome si ese será el gran día, pero, hasta ahora, no había tenido la libertad para cortarme. Siempre me decía que no, por Quetzal. Ella me necesita. Sí, todavía me necesita, pero ahora te tiene a ti. Ya no tengo nada que perder. Ahora todo está bien. Ya es momento de darle fin a esta estúpida novela».

Mi bicicleta seguía en la casa. Don Colibrí la había guardado en la cochera. Me senté en ella e inmediatamente pensé en Golo. Dios mío, te extraño muchísimo, tú sabrías qué hacer. Pero bueno, ya no debo llorar. Debo dejar de escribir, limpiarme la cara y pedalear hasta la casa de la Cuervo para acabar de una vez por todas con el mal en esta tierra. Este es mi acto final, deséenme suerte.

Golondrina Golondrina.