La culpa la tengo yo por compasiva. Llamo a Sagitario. «El Teco sigue enfermo», me dice atento. Dale de comer. Mañana lo llevarás con el doctor. «Muy bien, doña Cuervo». Pienso que debí matarlo cuando pude: matarlo en verdad. Cuelgo porque sé que pronto algo vendrá. Oigo movimientos. Tengo cerca el botón de emergencias, listo. Hay alguien adentro. «Ya vamos a revisar, señora», dicen. No encuentran a nadie. Es porque probablemente ya está aquí. Pregunto quién es. Es posible que sea ella encarnizada. Me tapa la boca. Con las uñas me arrastra ella hacia lo negro. Siento el calor vivo. Un animal nocturno que desea carne. Me sangra la boca. «Hoy te mueres, Cuervo, te mueres», susurra. ¿Tan segura estás? «No me voy a retractar», me dice, «nunca». ¿Por qué no estoy muerta? La pregunta la enfurece, cruje dientes. He ganado tiempo. La atacan por detrás, le quitan el arma. «Son tijeras», dicen. ¿No te alcanzó para una navaja, mujer? «Ni para pistolas». Mis guardias le patean el estómago. Escupe bilis. Pronto siento lástima, yo la levanto. ¿Por qué, Golondrina? ¿Es acaso un deseo suicida lo tuyo? «Mataste a mi hermano. Me quitaste a mi familia, a mi mundo. Tú mataste mis perros. Carajo, ¿cómo quieres que esté calmada? ¿Cómo quieres… cómo?». Déjenla conmigo, debo atender esto. Los guardias se alejan lento porque dudan. «¿Por qué los gorilas? ¿Acaso temes estar expuesta, Cuervo?». A ti no te importa. No te debo explicaciones, insolente. Enseña los dientes. Cruje sus puños y exhala quejumbrosa: «Tú eres culpable». ¿Culpable de qué, querida, si es que puedo…? «Paloma me dijo… ». ¿Se supone que yo lo conozco porque…? «No te hagas pendeja. Tú le diste la orden de quemar todo».

Las nubes estaban prietas prietas. Sentía un buen de frío incluso con la chamarra del uniforme. Aún tenía mojadas las manos. Después de fundirle los ojos en el cráneo al Buitre me fui a buscar a mi hermano. Eventualmente un perro se soltó. Tenía un trozo de carne en la boca. Eran dedos. Seguí el rastro y ahí estaba: un cagadero de sangre y vísceras. Apestaba cabrón. Vomité y me aguanté las lágrimas. No pude salvarte, Palomita, perdóname, perdona a tu hermano que está rete idiota. Los hombres no lloran. Cuando salí noté que el camión que llevaba el resto de los niños se había pelado desde hacía rato. Pude haber hecho algo, pero el desquite era más grande. Tenía que hacer sufrir a todo cuanto hijodeputa que se encontrara allí. Así, si yo me iba al infierno, al menos me cargaría un palmo de pendejos conmigo. Entonces recordé mi misión. Debía quemar el pueblo. Mi sargento todavía tenía a la niña. Subí a la camioneta para regresar. En el camino me puse a pensar en los tiempos primeros cuando el fuego me quitó a mi otro hermano. Recordé los tiempos del alcohol. Había dejado de tomar poco después de que me permitieran enlistarme. Tenía que demostrar eficacia si no quería regresar a mi vida de indio pobre. Además, el alcohol me ponía triste. Una vez que quise chingarme el aguarrás del sargento me encontró en la espesura de la selva y me agarró a chingadazos. Comencé a llorar, no tanto por la putiza sino por lo que fui. El sargento me malentendió. Casi me mata. Así le dio una lección a todo el pelotón. Y a mí me enseñó que este mundo no es para los débiles. Es para los que se agarran los huevos y toman lo que es suyo por derecho. Ya no quedaba mucho tramo. Adentré el vehículo en primera hacia la selva. Tuve que dejarlo escondido y proseguir a pie. Yo sabía cuál era el flanco vulnerable del campamento. Traía conmigo armas, pero necesitaba la gasolina que me habían dado para quemar el pueblo. Era muy pesados los tambos para mí. Quise cargarlos de uno en uno, pero tardaría harto y podrían verme. Así que caminé hacia la ruta de tierra. Escuché alaridos en el pueblo. Me dije a mí mismo, chingá, seguro estos cabrones empezaron sin mí. Corrí hasta que vi lo que sucedía: eran los habitantes que quedaban quienes gritaban enardecidos, las mujeres que no habían sido violadas, los papás que esperaban volver a ver a sus hijos, los ancianos que perdieron la vista por beber el agua que nosotros les contaminamos. Y también estaban los activistas. Ellos y sus hijos, aquellos por quienes la selva se iría a la mismísima mierda misma. Si me acercaba así como si nada seguro me linchaban ahí mero. Tuve que llamar a la hermana oculto entre los hierbajos. No confió en mí ni porque le dije que conocía a la niña que ellos buscaban. Alertó a todos de mi presencia. Intenté pelarme pero me agarraron. Ahí me mataban si no intercedía el paralítico. Era el hermano de la condenada. Lo acercaron sus papás con cuidado. Me preguntó si era yo el dueño del uniforme que portaba. Le dije que sí, que mi nombre era el mismo que se veía bordado en el pecho. Dijo yo te conozco. Tú nos cubriste cuando te encontramos a ti y a tu hermano hace siete años. Pudieron acabar con nosotros ahí mismo, pero te hiciste el desentendido y nos diste tiempo para correr. Gracias. Yo nunca había escuchado gracias de nadie, ni siquiera de mi madre, que ahí se encontraba, hasta atrás, como no queriendo meterse. Le dije de nada. Solo eso porque no sabía qué más decir frente a toda la bola. Me preguntó si venía a ayudar. Y pos sí. Les dije que tenía harta gasolina, la que me dieron para quemar el pueblo, pero podíamos usarla en su contra y rescatar a la niña.

Vi en el rostro de todos la desconfianza. Claro que tenían sospechas, ¿por qué sería de otro modo? Lo cierto es que yo tampoco confiaba del todo en él, pero la información que poseía sobre el campamento podría ser la diferencia entre la victoria y la muerte sin sentido. Por eso me acerqué. Les demostré a los demás que no había que temer. Cuando sugirió lo de la gasolina nos causó extrañeza y quizá hasta incomodidad. Personalmente me preocupaba que el fuego se saliera de control. Aun así, las nubes se estaban formando; no tardaría en llover. Mis papás, Gola y yo hablamos con él en privado. Lo interrogamos para asegurarnos de que estuviera de nuestro lado. Gola interrumpió más de una ocasión, y aunque no estaba de acuerdo, gracias a ella supimos que la Cuervo había solicitado nuestro asesinato explícito. Lo tenía planeado desde que nos fuimos. Nos rastreó todo el viaje de regreso. Se enteró de la ocupación militar y lo aprovechó. Llamó a sus conocidos. En menos de una hora ya tenían la orden de matarnos y quemar hasta la raíz de todo rastro de nuestra existencia. Eso lo entendieron los guachos como que debían carbonizar el pueblo entero. El encargado era Paloma ya que era el de menor rango entre todos y probablemente lo despreciaban. Si se quemaba también qué bueno por pendejo. Gola no se tomó muy bien la noticia. Maldijo a la Cuervo con tantos insultos que no los puedo recordar todos. Tuvimos que calmarla para que el plan saliera bien. Pero, ¿qué plan? Bueno, ahora teníamos uno, pero solo había una oportunidad de que saliera bien. A pesar de que yo fui el de la idea me obligaron a quedarme. No podría correr si las cosas se ponían feas y mis llantas podrían estancarse entre las rocas o la maleza. Acepté con la condición de que me dieran un walkie-talkie para comunicarme con ellos en caso de emergencias. El Paloma me dio uno, el otro se lo quedó Gola. Le contamos el plan a los demás y salieron comandados por Gola y el Paloma. Los viejos ciegos se quedaron conmigo, esperando.

Así le digo, don Colibrí. Los señores ya se habían impacientado de que no llegaba el coche que me llevaría con Palomita. El jefe se enojó tanto que pateó un árbol tantas veces que tiró un nido de pajaritos. Luego los pisoteó y sus compañeros se rieron. Yo no reí, me sentí muy triste porque la mamá seguro había ido a buscar comida y ya no encontraría sus crías. Le dije que no lo hiciera y solo se rió de mí. Me dijo que yo qué iba a saber si solo era una puta chamaca. No sé qué significa puta, pero lo dijo de una manera tan fea que me dolió. Me sentía pequeñísima entre tantos desconocidos. Todos me miraban de una manera extraña; algunos parecían enojados conmigo aunque no les hubiera hecho nada, otros solo miraban, como si escondieran algo que no quisieran que sus mamás se enteraran. Entonces escuchamos el grito. Era diferente a casi todo lo que se escucha normalmente en en bosque salvo una cosa: la risa de la bruja. Grité ¡es la bruja!, casi sin pensarlo. Los soldados se rieron de mí otra vez. El sargento dijo que saldría a ver qué estaba pasando. Todos callaron inmediatamente. Yo creo que también le tenían miedo. Escuché que dijo algo que tenía que ver con los hijos de alguien, pero no sé quién. Solo sé que se metió corriendo y saltó hacia el suelo. Luego cayó algo que explotó afuera de la tienda. El señor se enojó mucho, tanto que tomó su pistola y les ordenó a los otros que hicieran lo mismo y lo siguieran. Tenían un escondite bajo la tienda. Uno me miró y le preguntó al sargento qué harían conmigo. Contestó que me llevarían con ellos porque necesitaban un rehén. Como yo no sabía lo que era un rehén me salí corriendo. El chico que preguntó al principio preguntó si debía ir tras de mí. Le dijo que sí, que no fuera tonto. Afuera yo corrí a pesar del olor que me mareó. Vi soldados tirados en el suelo. Se me enchinó la piel. Me asusté tanto que dejé que el muchacho me atrapara. Sus manos me lastimaban. Sentí que me moriría ese día, en ese momento. Hasta que vi a mi prima con una cadena. Le pegó en la espalda al soldado. Me dejó caer. Mi prima uso la cadena en su cuello hasta que ya no se movió más. Me pidió perdón, pero yo no sabía de qué. Yo no sabía nada de nada. Todos se estaban atacando entre todos y yo tenía que esconderme. En ese momento creí que me abrazaría, pero en realidad me cargó y me llevó lejos. Tomó una cosa como la que usted tiene en la mano y dijo, ya la tengo, ¿me copias? Ya la tengo. Mientras nosotras nos alejábamos los papás de mis amigos corrieron hacia la tienda y le prendieron fuego. Ya no pude ver qué más pasó porque mi prima me subió a una camioneta con mis tíos. Nos fuimos rapidísimo. Yo creo que nunca había estado en un coche a una velocidad como esa. No me sentía nada bien, los olores me mareaban. Mi prima me abrazó. Dijo que todo estaría bien pronto. De repente me hizo falta mi mamá. Tenía tanto que no la veía. Mami… Quiero ver a mi mamá… No quería llorar y lloré. Mi prima me abrazó más fuerte. No dijo nada, solo me abrazó. Llegamos a casa de mis tíos. Nos metimos cuando mi prima llamó a mi primo Golo. No sé si usted lo conoce, es el hermano de mi prima. Lo llamó pero no contestó. Tío Golondrina sugirió que estaría en la letrina. Fue para allá cuando escuchamos algo raro atrás. Fuimos todos a ver, pero mi prima me encerró en la casa. Dijo que era peligroso. Quería saber si podía ayudar de algún modo, así que me fui a mi escondite secreto desde donde espiaba lo que ocurría afuera del baño. El sargento había llegado también quién sabe cómo. Mi corazoncito se hizo más pequeño. Tenía a mi tío contra la pared del corral y les dijo a mi tía y a mi prima que no se movieran o lo mataban. Pero todo era mentira porque ninguna se movió y aun así le disparó a mi tío. Luego le disparó a mi tía y casi lo hace con mi prima. Pero no, mi prima no fue herida.

Entonces nosotros lo atrapamos. El niño Golondrina nos dijo qué debíamos hacer como si supiera cómo guiarnos a través de los otros sentidos. Sabía a la perfección cómo dictar los movimientos hacia el enemigo. Él sospechaba que los guachos tendrían un atajo que les daría la ventaja táctica contra el pueblo en caso de que ocurriera una revuelta como estas. La buscamos por toda la zona hasta encontrarla. Un túnel subterráneo posiblemente en línea recta que recortaba más de la mitad de camino entre el campamento y la población. Estaba justo al lado del arroyo, por lo que la opción más lógica fue encausar el canal hacia el túnel para inundar a los cabrones. Pero no tomamos en cuenta que había más de una salida para ese túnel, por lo que el sargento logró huir por el hoyo que daba a la casa de los Golondrina. Los demás murieron afortunadamente. Empezamos a festejar cuando escuchamos los disparos. Para cuando hicimos acto de presencia ya había al menos dos muertos. El joven se oía furioso, como nunca lo había sentido en nadie salvo a doña Paloma cuando le «mataron» a sus hijos. Atrapamos al cabrón y entre todos dispusimos acabar con él. Nos disparó un par de veces, pero yo no recuerdo haber oído a nadie quejarse, así que seguimos. No quedó nada de ese pobre diablo. Nada, les digo. Luego olimos el fuego.

El fuego purifica. Al menos eso dicen. Es difícil aceptarlo cuando literalmente aniquila todo a su paso. Los incendios provocados por el enfrentamiento se extendieron. Mis papás devolvían la sangre de sus cuerpos a la tierra. Nunca me había sentido tan solo en mi existencia. Gola había quedado en shock mientras sus ojos me miraban con melancolía. Recité un poco del culero de Paz. Una tía me enseñó a ver con los ojos cerrados, ver hacia dentro y a través del muro. Mi abuelo a sonreír en la caída y a repetir en los desastres: al hecho, pecho. (Esto que digo es tierra sobre tu nombre derramada: blanda te sea.). Y luego recité a Vallejo, como tenía que ser, no había otro modo: hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma… ¡Yo no sé! Son pocos, pero son… Y ya para terminar dije unas palabras de García Lorca, las únicas que pude recordar: verde carne, pelo verde, con ojos de fría plata. Un carámbano de luna la sostiene sobre el agua. La noche se puso íntima como una pequeña plaza. Guardias civiles borrachos en la puerta golpeaban. Verde que te quiero verde. Verde viento. Verdes ramas. El barco sobre la mar. Y el caballo en la montaña.

Frente a mí se burlaba el mundo de mi desgracia. Yo había sobrevivido para ver el cadáver de mi mamá, de mi papá y el de mi hermano, que me miraba con una sonrisa tétrica, como si no supiera que acaba de morir y que debe cerrar los ojos. Los ciegos corrieron con el humo. Eventualmente las llamas consumieron mis alrededores. No quería moverme. Quería que el fuego me devorara junto a mi familia. Se me acercó Paloma. Todo era un desastre. Me tomó para alejarme de la imagen. La mujer temeraria se convirtió en una niña huérfana. De repente reaccioné. Debíamos ir primero por Quetzal. La sacamos de la casa. Estaba hecha un añicos. Vámonos, nena, aquí no hay nada para nosotras. Debo buscar a mi madre, me dijo antes de subirse a la camioneta. Debo ir por ella, si no regreso en 15 minutos arranquen. Lo esperamos una hora, hasta que la lluvia arreció. Vimos cómo los árboles perdían la fuerza y tronaban bloqueando la entrada. Quetzal me dijo hay que irnos. Nos fuimos. No hablamos de ello jamás. No hubo otro pensamiento en mi cabeza que me jodiera más que verte a ti, vieja puta, sentada en tu lujosa casa. Una mujer tan despreciable y tan anciana como tú, escribiendo tus artículos de mierda y dirigiendo la revista de mi hermano. Por eso vine a matarte. Y te voy a matar aunque me cueste la vida. Eres lo único que me importa. Eres la única razón por la cual sigo de pie.

—Debo decir que me sorprende, jovencita; pero, ¿qué hay de la niña Quetzal?

Continuará…

Julio Calderón