Directamente desde Chiapas, hoy presentamos un texto de José López Avendaño, escritor que ha colaborado anteriormente con nosotros y hoy nos hace preguntarnos ¿Qué tanto te gusta tu cabello?

 

A Janis Liévano

Ella se desvistió para cambiarse. El armario estaba repleto de vestidos, sacos, pantalones, faldas multicolores. El tiempo era fresco, entre el invierno y la primavera, por eso debía irse cubierta. De Janis lo que más podía distinguirse era su cabello: largo como una cascada cayendo, su color castaño era lo que más llamaba la atención y la hacía destacar entre sus compañeras de clase. Desde hace meses llevaba una idea en la cabeza: donar su cabello a los pacientes de cáncer.

     Pero sus buenas intenciones estaban detrás de un sentimiento de culpa, de redención. Sus antiguas amigas la habían tratado mal durante un largo tiempo. Usar el cabello corto y el ser de baja estatura fueron los motivos de Bullying. Así, se lo dejó crecer hasta llegar a alcanzar una longitud considerable. Alentada, inspirada, con alegría, supuso que había superado esta “deficiencia”.

     Llegó entonces el momento en que debía irse cortar su larga cabellera para hacer la donación. El día estaba húmedo pues antes había llovido bastante. Se fue caminando ya que no distaba mucho la estética, apenas unas cuantas cuadras. Le gustaba pasar cerca de los charcos, brincar sobre ellos.

    En el trayecto comenzó a notar cierta ansiedad en su cuerpo, por alguna razón su mano y sus piernas temblaban. Se tocó la frente creyendo que estaba con fiebre o algo, pero no. Después, sin ningún motivo tuvo la sensación de que su cabello estaba siendo jalado. Primero fueron unos piquetes que apenas percibía, como un insecto que se enreda y lucha. Esto la detuvo un instante, después los jalones fueron aumentando en intensidad.

     Se sentó en la banqueta para revisarse. Se había hecho un peinado de “cebolla” para poder mantener el cabello acorralado, no quería que le estorbara la vista. Estuvo algunos minutos. Las personas iban y venían, algunas llevaban paraguas como prevención. Intentó levantarse. No lo logró. Una fuerza ajena la mantenía sentada sin poder hacer valer su libre albedrío. Tuvo que recurrir a un esfuerzo mayor para así tratar de seguir su marcha. Se dio cuenta que no lograba adelantar un ápice hacia la dirección a la que se dirigía. Las personas no reparaban en ella, seguían su camino y ninguna parecía tener el mismo problema. En el suelo vio una fila ordenada y austera de hormigas que cargaban migajas de pan, les tuvo envidia puesto que estaban haciendo algo que ella no.

    Intentó cambiar de rumbo, de ir por la dirección contraria y regresar a casa. Comprobó entonces que sus piernas obedecían, que su cuerpo se destensaba y que sus músculos se liberaban de aquel hechizo repentino. Recordó entonces aquellas historias que había escuchado de niña donde por un embrujo las personas se petrificaban.

     Un paso, luego otro, al principio titubeó, después recuperó la confianza. No había duda de que se trataba del lugar a dónde se dirigía. Intentó girar y correr para ir cortarse el cabello, pero su cuerpo no respondió. Era una estatua al hacerlo. Una niña pequeña, desde la otra acera la veía asombrada y le hablaba a su mamá señalando en su dirección. Su vocecilla, era apenas una sutil efervescencia de sonido. Janis estaba condicionada por su cuerpo.

      Al saber que aquello era imposible, regresó a casa a contarle a su familia este curioso y raro acontecimiento que la había demorado. Por supuesto nadie le creyó. Su madre (una ferviente creyente del catolicismo) primero la tomó de mentirosa, pero después reflexionó, al fin su hija nunca había sido mitómana, por lo que pensó en algún tipo de posesión o de “mal aire” como lo denominaba que la había detenido. Claro, era lo que su sentido común podía ofrecerle.

     El cabello de Janis fue creciendo más, ahora tenía una cabellera semejante a la de Rapunzel. A su madre le gustaba que ella luciera su pelo largo, pero después fue notando cómo a su hija se le estaba haciendo incómodo. Le costaba trabajo el recogérselo, lavarlo, cepillarlo. Todo ese proceso era largo, cansado y tedioso. Su madre quiso contarle el pelo ella misma para que no tuviera el inconveniente de salir como en la otra ocasión. Al intentarlo Janis reaccionó con violencia. Parecía no ser la misma, sus ojos expresaban incomodidad. Se alejaba tan pronto como veía las tijeras salir del cajón. Era un movimiento hecho por inercia, por intuición.

      La llevó con ayuda psicológica. En todos los test reaccionaba con bastante normalidad, su actitud ante el mundo no distaba de la adolescente promedio; aparte de esto se le hizo exámenes a su salud física, también resultó excelente: su vista, sus reflejos eran los comunes en una chica de su edad. La doctora, una profesional en el rubro, trataba de ser lo más amable con ella, de congeniar para buscar en una posible amistad alguna revelación, un secreto.

       Ante esta nula respuesta, su madre se desesperaba cada día más. A Janis se le hacía cada vez más difícil caminar con el pelo suelto, éste se enredaba en sus piernas y hasta en ocasiones la hacía tropezarse.

      Cierto día ocurrió la tragedia. Iba de vuelta a casa en el camino que tantas veces antes había recorrido. Algo pasó. Las articulaciones de sus manos y pies no la obedecieron. Estaban entumidas, pesadas; después se aligeraron, pero fue cuando su cuerpo comenzó a llevarla por su propia cuenta. Por una fuerza extraña sus movimientos no le pertenecían, se sentía muñeca, títere en manos de alguien. Quiso gritarle a algún transeúnte para ser salvada; su boca no respondió.

     Tomó un sendero hasta ese instante desconocido. Pasó por una colina, ascendió con pasos rápidos, ligeros. El fresco de la hierba la acompañaba, ese olor característico entre humedad y vegetación. Se fue caminando sin parar, se dio cuenta que por más que lo intentara su cuerpo hacía lo que le venía en gana.

     Giró tras algunas veredas que desconocía. Su cuerpo, por otro lado, parecía saber con exactitud hacia dónde se dirigía. A lo lejos, pudo distinguir una cueva entre malezas. En todos sus años de vida jamás se le había mencionada la existencia de aquella gruta, de esa entrada que acaso conducía a algún infierno o a un paraíso. Sus piernas le dolían, el cansancio de la larga caminata estaba dando efecto. Con agitación, con intriga, cruzó el umbral pertrecho que se le hacía lleno de antigüedad. De nuevo recordó las historias que le contaban, cuando los niños se perdían en bosques o eran robados por duendecillos.

     Ahora, en ese instante en que ingresó, estuvo liberada de la extraña fuerza que la conducía. El sudor recorría su cuello y cara como si un balde de agua hubiera caído sobre ella. Para refrescarse, para recuperar aire, se desató los nudos que contenían la larga y henchida cabellera. Una cascada, de mechones castaños, cubrieron sus pies. Se escuchó entonces cierto repiqueteo de dientes que chocaban constantemente. De pronto Janis sintió que su cuerpo se quedaba inerte, helado, incapaz de moverse.

     Su grito de pánico se ahogó. Del fondo de la cueva pudo distinguir la silueta de una criatura, acaso de un individuo o acaso de algún monstruo que hacía un tintineo con sus dientes.