El oficio escriturario posee en su camino aristas que no todos están dispuestos a enfrentar. Yo, por ejemplo, me sorprendo de haber vivido tantas frustraciones y asperezas sin haber enloquecido. Por supuesto que hay días en los que me siento triste o asqueado, pero con los años uno va perdiendo la sensibilidad. Como dicen, uno se va curtiendo. Todas esas lágrimas y golpes de rabia se endurecen hasta que se quiebran cuando uno ya no puede distinguirlas. Hoy día mi memoria sobre mi mujer se limita a dos o tres momentos en los que fuimos felices, dos o tres momentos en los que nos deseamos la muerte y ese único momento en que abandonó nuestra la casa en la madrugada del 2 de octubre. Lo demás es un pastiche de sensaciones confusas. A veces me pregunto si sería capaz de recordar mejor de haber tenido un hijo. Quizá la Colibrí ni siquiera se habría atrevido a dejar la casa con un pequeño que dependiera de ella. Nuestro hijo hoy sería un adulto cuyo destino irremediablemente sería las letras. Era inconcebible para la gente de nuestro tiempo que los vástagos no siguieran el camino trazado por los padres. No habría importado si estuviera de acuerdo o no, ya que habría sido exitoso. Cuando tienes el éxito asegurado tener la vocación es un mero accesorio. Yo hubiera preferido que fuera cineasta, no porque me guste más el cine, sino porque la literatura perdió su camino hace varios años. Todavía recuerdo cuando comenzaron a filmar Mariana, Mariana. José Emilio Pacheco no dijo gran cosa salvo que el guion sería adaptado por Vicente Leñero. A modo de confidencias le hice la pregunta obligada: «Oye, José, ¿y tú de verdad quieres que hagan película tu novela?». Lo que me dio en respuesta fue más un acertijo que otra cosa: «Si lo que quieres, mi estimado Colibrí, es que te diga que no me gusta la idea, pues no, no me gusta para nada. Pero si lo que quieres es que te diga lo contrario, contrariamente te digo que me gusta lo que no me gusta». En contraste, si en esa época me hubieran dicho que treinta años después las adaptaciones se volverían el único medio por el cual los libros mantienen un poco de presencia yo habría apelado a la estética poética por encima del estímulo audiovisual como tantos otros viejos de mi época, y me habría equivocado como todos ellos. Mi generación se tomó muy en serio el fetiche por los libros. Se nos olvidó que leer es un acto de resistencia, no una parafernalia elitista. Hay que leer mucho y leer en donde sea. Hay que absorber lo leído y después escupir lo que no sirve. Yo no entiendo mucho del internet, lo que sí sé es que ahí el legado de Efraín Huerta encontró un nicho para sus poemínimos. Eso es algo que, por ejemplo, la Cuervo no entiende. Ella se esfuerza demasiado por mantener intacto lo que le enseñaron en la universidad sobre la literatura. ¿Cómo podría ser de otra forma teniendo al máximo representante de la poesía mexicana después de Sor Juana? El magnánimo Octavio Paz. Queramos o no, la cosmovisión poética se transformó enteramente a partir de su «Piedra de sol» y ninguno quedó indiferente: tenías que amarlo u odiarlo. Naturalmente nuestra primera reacción fue amarlo. Era el único de nosotros que tenía posibilidades reales de ganar el nobel. Cada verso estaba escrito con una precisión fulminante. Su Laberinto de la soledad era la radiografía mejor trabajada sobre la figura del mexicano: sus anhelos, sus miedos, sus rituales y sus escepticismos, todo estaba allí. Luego nos dio la peor de las decepciones. Brillante escritor, terrible ser humano. La mayoría se hizo de la vista gorda, nadie quería perder la gracia de Dios aquí en la Tierra. Ya teníamos casos similares con Arreola y Poniatowska. Elena y Helenita fueron las que más sufrieron. Al menos la historia está reivindicando la magia de Elena dándole el lugar que siempre mereció. Aunque no sé si valió la pena esperar hasta la muerte de los dos. De todos modos, el tiempo le dio la razón a los lamebotas. Con el nobel de Paz todos salimos beneficiados, especialmente la Cuervo. Ella fundó su imperio con los restos que le dejó el Gachupín. Todos aquellos que se comprometieron con el prócer de las letras mexicanas en lo sucesivo debían acudir a la Cuervo para ganar algún concurso, fundar alguna editorial o sencillamente publicar en el Fondo. Jamás le faltaron propuestas. De todos modos, quienes lo intentaban sabían que debían acatar ciertas reglas internas para no ser sometidos al más duro examen de su obra, puesto que si ella los rechazaba cada crítico literario de renombre enterraría la novela, antología poética o lo que fuera en la más profunda de las fosas, no tanto con adjetivos crueles, sino con la indiferencia absoluta. Así se perdieron muchos de los que en mi opinión, fueron los mejores escritores de las décadas de los setenta, ochenta, noventa y la primera del nuevo siglo. No tardó mucho en darse cuenta de que filtrar la calidad literaria también le daba acceso al filtro de información y por supuesto, la censura de discursos. Como tal, ella no escribió en ningún periódico, pero gestionaba a quienes sí lo hacían para moderar la aceptación o el desprecio hacia ciertos sectores de la política. No nos dimos cuenta de cuándo se apoderó de gran parte de la información que entraba y salía del país. Su problema fue el internet. Los escritores nóveles ya no se arriesgaban a exhibir sus obras frente a editoriales que con seguridad los desaprobarían. Optaron por la autopublicación en blogs de bajas visitas y lecturas organizadas totalmente en línea. La Cuervo no manejaba ninguna de estas herramientas, así que le costó trabajo restaurar su presencia. Pidió información de los actores más importantes de la escena independiente para comprarlos, y lo logró con algunos; sin embargo, otros cuervitos mucho más jóvenes que ella comenzaron a robarle la idea, convirtiendo el internet en un campo minado de concursos falsos y plagio sistematizado. Fue ahí cuando se dio cuenta de que no podía competir contra las nuevas plataformas de comunicación. Se encerró en los pocos escritores que todavía tenían la esperanza de ver su novela en algún estante de Gandhi o El Sótano. En ese punto su influencia disminuyó a tal punto que pocos recordaban su nombre. Era una sombra que perseguía a los obtusos, pero que nadie podía describir exactamente. Así nos pasó a todos. Por esa razón me sorprendió que los Golondrina viajaran desde tan lejos para que los ayudara con Tentenelaire. Había lugares a kilómetros de aquí en los que nuestra historia —más de mi mujer que mía— era narrada como un cuento fantástico. Ahora mismo considero que no es justo, porque creo que vale más la pena escuchar la historia de los Golondrina que la mía o la de la Cuervo. No obstante, la prensa siempre es selectiva y lo único que quisieron decir fue que hubo un incendio provocado por indígenas que mató a militares. Nada había escrito sobre la madre de Quetzal, quien desapareció semanas antes del suceso y jamás fue encontrada; o sobre los niños que fueron secuestrados; o sobre la familia Golondrina, de quienes únicamente sobrevive la hija. Nada. Nada salvo lo que ella misma me escribió la noche que llegó a mi casa. La noche que vomitó frente a mí y se desplomó. Cuando yo las acogí. Les ofrecí mi casa para que pasaran el tiempo que les hiciera falta. Esa noche en que ella intentó pagarme con 500 pesos, en los que vi reflejada toda la desesperación de su alma. No los acepté. Les traje comida y ropa limpia. Hablé con la niña, quien como ya dije, se llama Quetzal. La pequeña me contó lo que pasó. No pude creer el estoicismo con el que hacía referencia a la tortura, la violación, el secuestro y el asesinato. Estaba acostumbrada, supuse. Apenas pude dormir. Cavilé un rato en el joven Golondrina. Me costó creer que hubiera perdido la vida. Y a pesar de que nunca fuimos tan cercanos, ver destrozada a su hermana y a la pequeña me golpeó el corazón. Todos ellos conglomeraron sus esperanzas en mí. Ahora que lo pienso, no debieron hacerlo. Realmente no me conocían. Era solo una leyenda que bien podría resultar falsa como tantas otras. Yo tenía mis propios problemas. El Tecolote, por ejemplo, de quien no he sabido nada desde hace tres meses, sigue desaparecido. Sé que Sagitario tiene algo que ver en todo esto. Ese muchacho nunca había escrito más allá de lo elemental y ahora dirige una de las columnas más prestigiosas de la revista. En este punto de la historia la abstracción es fundamental. Al menos para mí, que ya no tengo la lucidez de antes. Es por eso que me alejé momentáneamente. Nadie se me acercó durante un periodo que me permitió darle a mi vida un nuevo rumbo. Comencé a limpiar mi habitación y mi estudio. Fui con un nutriólogo después del cardiólogo. Me levanté a las 6 de la mañana para correr. Entre los papeles a desechar encontré dos textos: el primero era el cuento que escribí cuando mi mujer se fue. Lo edité posterior a varias relecturas. Quedé tan orgulloso del resultado que se me ocurrió mandarlo a un concurso independiente, distante del influjo de la Cuervo. Lo envié con pseudónimo. Mes y medio después publicaron los resultados, obtuve una mención honorífica. Me invitaron a la entrega de premios el 27 de diciembre en Xalapa. El segundo era un manuscrito de la novela Yatagarasu. Todo esto antes de saber que la Golondrina iría a casa de la Cuervo. Un auto de la Cuervo me la trajo de vuelta con uno de sus guardias. Eran las 4 de la mañana. «Don Colibrí, le ruego disculpe la molestia, doña Cuervo pidió que se la trajésemos sana y salva». Les dije que no se preocuparan, en voz baja pregunté qué fue lo que había hecho. «La joven intentó apuñalar a doña Cuervo con estas tijeras». «Mmm, ya veo. Gracias por todo. Yo me haré cargo». «Puedo quedarme a vigilar si usted lo desea, doña Cuervo solicitó que no me apartara a menos que usted me lo pidiera». Le di un poco de dinero por sus servicios para que se fuera. A partir de aquí, la narración se vuelve obsoleta. Solo quedan diálogos que a mi parecer, resumen el fin de este año, uno de los más turbios de mi vida.

—¿Y cómo estuvo?

—¿Cómo estuvo qué?

—La venganza, ¿funcionó?

—No sé.

—¿Cómo que no sabes? ¿No estuviste allí o cómo?

—Sí, pero… se puso extraño.

—Con ella siempre se pone extraño.

—Quetzal y yo nos vamos en una semana.

—¿Ya tienen dónde quedarse?

—Sí, pero no aquí. Nos vamos de México.

—Creo que me perdí de algo.

—Luego de que fracasara mi tentativa, la Cuervo me invitó a pasar a su sala. Quería que le explicara el por qué de mis acciones. Naturalmente mi primera reacción fue mandarla al demonio. Entonces ella empezó a hablar. Puso sobre la mesa mis opciones: asesinarla ahí mismo y acabar presa, abandonando a Quetzal a un destino incierto o fracasar y ser abatida en esa sala por los guaruras que todavía seguían a la expectativa. «Nadie sabrá qué fue de ti si ellos entran por esa puerta», me dijo. Le contesté que no me importaba lo que ocurriera conmigo, además de que Quetzal ya se encontraba a salvo con alguien, no le dije que usted, aunque lo intuyó. «Cariño, no hay nadie en esta ciudad además de nuestro querido Colibrí que estuviera dispuesto a ayudarte. Estás sola, no hay nada que puedas hacer para cambiarlo».

—Esa hija de…

—Aún hay más. Yo sabía que la Cuervo no se acercaría a la niña si tuviera que dañarlo a usted, porque ella lo protege. No comprendo por qué, pero así es. «Si estás tan segura de que no habrá consecuencias, ¿por qué no atacas de una vez?», interrumpió mis pensamientos. «Te diré por qué: tú sabes que hay una tercera opción, una que resuelva tus problemas, quieres presionarme para que la diga, por eso no me haces nada; no quieres perder esta oportunidad, ¿no es así?». ¿Cuál es esa tercera opción?, pregunté. La vieja sonrió. «No somos tan diferentes, querida, ambas cuidamos de lo nuestro y somos capaces de defenderlo con la vida. Para defender lo que es importante para mí tuve que hacer cosas que muchos calificarían de incorrectas, y si te soy honesta no me arrepiento. Sí, yo ordené que mataran a tu familia y que destruyeran todo vestigio de tu estúpida comunidad. Sin embargo, sigues aquí, eres fuerte. Tal vez obtusa, pero fuerte. Me estorbas aquí, lavándole el cerebro al pobre Colibrí. Necesito que te vayas. Hace tiempo traté, ¿lo recuerdas? Cuando tu hermano seguía con vida, ese día que saliste indignada de la casa de Colibrí jurando que ustedes arreglarían el conflicto armado por su cuenta con su poesía y no sé qué tanta cosa. Yo dije, okey, me parece perfecto. Pero tenías que volver. ¿No podías quedarte muerta? ¿No podías dejar tus indigenismos donde no fastidiaras a los demás? Yo sé que no, no me respondas. Y aquí estás.» «Aquí estamos, Cuerva», alcancé a decirle. «Sí, aquí estamos. Y esto no va a parar hasta que no te ponga un ultimatum. Mi oferta es la siguiente: escoge un lugar, cualquiera que siempre hayas querido visitar, que te guste su historia, no me importa; elige cualquier lugar del mundo y yo te consigo papeles para que te lleves a la niña y vivan juntas como madre e hija por el resto de su inexpugnable vida». Yo no podía creer tanto cinismo viniendo de una anciana tan pequeña. Su cuello se veía tan frágil que la facilidad de estrangularla acarició mis sentidos, sin más. Vieja puta, grité, vieja puta puta puta. Eres una vieja puta. No eres capaz de comprender las emociones humanas, y jamás entenderás lo que has hecho. «Seguramente, pero yo estoy aquí y tú estás al borde del colapso. No me sorprendería que hubieses cavilado en el suicidio». Ahí me di cuenta de que no podía hacer nada, que la vida de Quetzal sería un completo desastre si no la sacaba de este sitio. Y que personas como la Cuervo, como usted y como yo no tenemos salvación.

—En verdad lamento todo por lo que has pasado. Yo…

—No se disculpe, don Colibrí. Acepté la propuesta de la Cuervo. Nos vamos en una semana. Quiero llevar a Quetzal a conocer el mar.

—Entiendo.

—No, pero gracias por la intención.

—Quiero pedirte un favor.

—¿Un favor?

—Toma esta novela.

Yatagarasu

—Quiero que esperes un tiempo y después la distribuyas. Suena complicado, pero créeme, llegará a las manos correctas desde donde sea que estés. Yo me encargaré del resto cuando aparezca en estos lares.

—No puedo, don Colibrí. Lo siento.

—Sé que parece mucho, pero…

—De verdad, no puedo. La Cuervo me prohibió escribir o acercarme a cualquier cosa que se asemeje a la literatura.

—Ya veo. Al menos llévala contigo. Estará más segura allá que en mis manos.

—¿Esto lo escribió el Tecolote?

—Ábrelo.

—No… Don Colibrí, ¿esto fue escrito por quien creo que…?

—Sí, es la novela escrita por el papá de la Cuervo. Mi viejo amigo, Cortazarito.

—¿Qué está tramando, don?

—Yo nada, solo quiero que se le honre a alguien que ha vivido en el olvido por muchísimo tiempo.

Efectivamente, una semana después se fueron. Alcancé a despedirme de la pequeña, a quien le tomé cierto cariño. Todavía faltaba encargarme de un asunto. Levanté el teléfono para marcarle a mi querida Cuervo.

—Hola, Cuervo. ¿Cómo estás?

—Colibrí, vaya sorpresa. ¿No te había pedido que no volvieras a llamar?

—Seré breve. Van a publicar un pequeño cuento mío en una antología independiente. El 26 me voy a Xalapa.

—Felicidades, querido. ¿Por qué no me avisaste? Pude haberte echado una mano.

—Yo sé que sí, Cuervo, por eso no lo hice.

—Bueno, ¿ese era todo tu mensaje?

—No, quiero que vengas a cenar conmigo esta navidad. Es posible que esté planeando mi retiro.

—¿Alguna razón en particular?

—Todas, Cuervo, todas. Sabes que el oficio escriturario es muy demandante y yo ya viví mucho de eso.

—Lo entiendo completamente. Yo también estoy exhausta.

—No, no lo entiendes, pero gracias por la intención.

—Te noto un poco agresivo. ¿Pasa algo?

—Hoy particularmente me siento renovado. Creo que es buena señal.

—Me alegro, querido, te lo mereces más que nadie.

—Merezco que me digas qué fue lo que hiciste con mi esposa.

Fin de la segunda parte

Julio Yair Calderón Luna