Ezequiel Olasagasti nos comparte desde Buenos Aires, Argentina un cuento que nos hace pensar en la individualidad, los grupos, el compañerismo y ¿Por qué no? Las sorpresas.

 

     Detrás de una de las colinas que forman las sierras de Sidivizzu vivía un rebaño de ovejas con su pastor. No eran muchas, una población que oscilaba entre las 25 y 30 dependiendo de los nacimientos y la necesidad de banquetes en días festivos.

    Pasaban sus días pululando de un lado a otro de la cerca que las apresaba. Se empujaban, mordían raíces y balaban a media voz hasta que la noche las dormía al unísono. Una vez al día el pastor las sacaba a comer brotes frescos de otras zonas. Era el único momento en que conocían algo más que su pequeño mundo cercado, aunque las más viejas también se sabían de memoria los lugares de pastoreo. El ovejero las hacia salir por un enorme portón, quedándose atrás para evitar que cualquiera quedara rezagada. Les daba unos golpecitos a las ancianas que rezongaban al caminar, caminar. Las jóvenes salían disparadas. Les tomaba un par de días aprender que Faccizi, el perro del pastor, las iba a detener en seco y con una velocidad desconocida en el mundo caprino. Luego rodearía el grupo corriendo de un flanco a otro evitando que cualquiera saliera del pequeño cumulo parecido a una nube.

     Todos conocían la rutina. Llegaba el pastor, sacaba a las ovejas, ellas salían despacio para evitar las dentelladas de Faccizi y se mantenían juntas y ordenadas. Era media hora de caminata para llegar a los pastizales del lado sur de colina. Los pastos eran tan verdes y tiernos como en cualquier otra parte de la sierra pero al pastor le gustaba ese lugar en particular porque tenía una gran roca donde podía sentarse. Desde allí vigilaba de reojo al rebaño mientras disfrutaba la vista de la arbolada que nacía al pie de la montaña. Dejaba a Faccizi como líder del rebaño, se alejaba unos metros y se acomodaba en la piedra. Llenaba su pipa y cada tanto, mientras afinaba la mandolina, veía a los animales que no sabían más que morder tallos y escaparse de los envistes del sádico perro ovejero.

     La rutina se venía repitiendo por años con pocas interrupciones, Y si tenía algunas, estas siempre eran generadas por una de las pocas ovejas que tenían un nombre. Al pastor no le gustaba nombrar su mercadería pero había una que  la tenía tan identificada que no pudo evitar bautizarla, la llamó “Baku”. Era fácil de reconocer, portaba una capa de lana que superaba en dos o tres veces a la de sus compañeras. Esto era así porque el escándalo, las patadas y las mordidas que repartía a la hora de esquilarla hicieron que el pastor muchas veces la saltee. Además Baku era por demás inteligente y había aprendido como evitar que le quiten su lana. Por meses se la pasaba revolcándose en cualquier suciedad que tenía a mano hasta pasar de ser un gran mitón de lana a una yesca gigante y rasposa. Se pensó varias veces en darle muerte para que al menos su cuerpo sirva para ser especiado y puesto a las brasas. Pero el astuto animal ya se habia adelantado a evitar ese final. Esto fue involuntario, cabe aclarar, pero al estar Baku siempre corriendo de un lado a otro del corral y los pastizales o empujando por horas las maderas de la cerca, desarrolló cierta musculatura que dejaba en evidencia que su carne seria dura y poco apetitosa.

     Con su engañoso tamaño de puro pelaje y los músculos desarrollados comenzó a tener la confianza necesaria para enfrentarse a temido Faccizi. Sus primeros escapes habían sido frustrados por el can cuando era una simple borrega desbordante de coraje pero sin demás armas. Le quedaron tatuadas las marcas de los colmillos en las patas y el hocico. Ya pasados los años la oveja sabía defenderse. Empezó a usar el estilo de pelea típico de un canino combinado con envestidas y patadas que improvisaba en el momento.

      Las fugabas de Baku llegaban a las 84  pero en ninguna pudo ingresar al bosque que nacía al final de las sierras. Hacerse paso entre sus compañeras se le hacía pan comido, ya sabía arreglárselas con Faccizi pero no podía escapar del pastor. Siempre la atrapaba del cuello con un lazo en plena carrera. La traía al rebaño a las rastras entre gruñidos feroces. Una vez que la metía en el corral le daba una paliza salvaje frente a todas las demás. Faccizi se unía al linchamiento mordiéndola por cada rincón que encontraba libre.

     Baku siguió escapando una y otra vez pero terminaba siempre en el mismo final, la soga estrangulando su lanudo cuello y la posterior paliza. Se escapó de forma violenta y corriendo a toda velocidad, se escapó con sigilo escondiéndose a cada paso que daba, incluso aprendió a abrir el corral para huir por las noches cuando todos dormían. Pero era inútil, el pastor siempre divisaba ese punto gris que era Baku en el horizonte y lo traía de las clinas al rebaño.

     El pastor no temía dejar al rebaño cada vez que debía salir a la caza de la rebelde, incluso cuando se llevaba a Faccizi para que rastreara el inconfundible olor a mugre de la fugitiva. Tenía confianza en la obediencia de sus animales. Además contaba con la ayuda de “Hama”, Otra de las pocas afortunadas que cargaron con un nombre entre todas las demás. Era el antónimo de Baku y, a diferencia de esta, se había ganado su nombre por medio de la obediencia y la buena conducta. No daba mucha lana y era bastante flaca y desgarbada como para comerla. Tenía privilegios de los que solo mascotas como Faccizi gozaban. El pastor la dejaba que se aleje hasta las zonas de las flores cuando sacaba al rebaño a pastar, y nunca recibió una mordida del perro ya que su dueño lo entrenó para que no la moleste.

     El resto de la población ovina, con la poca inteligencia con la que contaba, entendieron que ser como Hama era conveniente. Dedujeron que siendo como ella recibirían mejores tratos del pastor así como también, evitarían los ataques del sádico Faccizi. Ninguna imitó nunca las actitudes de Baku. Lo que le resultó más fácil a su escasa inteligencia fue aprender que ser como Baku solo traía palizas y castigos. Nunca intentaron detenerla, solo la ignoraban. Se hacían a un lado dejándola que pase con libertad y le daban la espalda cuando veían que abría el portón para salir.

     En el pasado Baku les balaba lo más fuerte que podía pidiéndoles a sus hermanas que se aventuran junto a ella a la escapatoria. Pero todo el rebaño, que habia aprendido a ser como Hama, nunca se movieron del corral ni del espacio que Faccizi les marcaba en los pastizales.

     Con el pasar de los años la marca impoluta que Hama había dejado impresa en sus hermanas convirtieron al rebaño en uno de los mejores de la región. El pastor casi ni las vigilaba. Las ovejas se guiaban solas del corral al pastizal y viceversa con un comportamiento que emulaba a la milicia. Faccizi, un poco viejo ya, se dedicaba a las siestas y la comida en abundancia, un comportamiento que antes hubiese sido imposible. Lo único que cortaba la constante paz lograda era Baku con sus intentos de escape. Eran cada vez más escasos y menos complicados de evitar  pero seguían siendo una molestia para todos. Hasta que un día el pastor, con la cascarrabias propia de alguien de su edad, decidió que esa sería la última travesura de Baku. Fue una tarde de pastoreo como tantas otras, la oveja rebelde se apartó del grupo y pasó corriendo por al lado del viejo perro cansado que aunque la escuchó ya no se molestaba en perseguirla. Corrió la pobre Baku lo más rápido que pudo hacia la arbolada que deseo por años. Como cada vez que dirigía hacia allí su escapatoria creía fervientemente que llegaría y sería libre. El pastor se levantó de su piedra con parsimonia. Con movimientos lentos fue dejando cada cosa en un costado. La pipa, la mandolina, su chaleco de hilo. Tomó la soga que uso millares de veces con el animal, pero además se acomodó con cuidado su revolver en la cintura. Baku le había sacado una ventaja que jamás habia podido conseguir. Esta vez sentía que la libertad era más real que nunca. Tres disparos rápidos retumbaron en el valle haciendo volar a todos los pájaros de los arboles cercanos. Otros dos disparos se escucharon segundos después y un último arrojado solo para vaciar el tambor. El tercer balazo impactó en la pata de Baku, mas por suerte que por puntería, y esta cayó al suelo arrastrándose un par de metros con el rostro. Fue atada del cuello y las patas y fue arrastrada con descuido por el pastor como si fuera un saco de verduras podridas. Le llevaría de nuevo hasta su preciada piedra, ahí cargaría una bala más y atravesaría el cráneo del animal para acabar de una vez por todas con las molestias que ocasionaba a la perfecta armonía del rebaño.

     Subió la colina con esfuerzo. La edad, la inclinación y el peso de Baku le complicaban todo mucho más. Con un jadeo incesante llegó al pastizal donde lo esperaban solo cinco ovejas del rebaño, entre ellas Hama. El pastor dejó caer primero el revólver y después el cuerpo de Baku que balaba y se agitaba con desesperación. Faccizi, el perro guardian, yacía tirado en un costado boca arriba sobre un charco de sangre oscura que era absorbida por los altos pastos del lugar. Su cuerpo estaba  cubierto de miles de huecos hechos por los pequeños, cónicos pero poderosos dientes del rebaño.

    Las cuatro ovejas esperaron unidas detrás de la figura de Hama. Permanecieron firmes con la mirada clavada en las pupilas del hombre. Tenían aun machones de pelos de Faccizi en el hocico. Hama era una nube moteada de manchas rojas ya que todas sus compañeras se limpiaron la sangre en ella.

      El pastor se quedó estático ante la imagen que tenía en frente. Lo único que movía con velocidad era el pecho al respirar lo más hondo que podía para calmar los nervios. Las ovejas balaban por lo bajo, se mordisqueaban la lana y se mecían en el lugar esperando algún movimiento de Hama que no dejaba de mirar fijo al pastor. El hombre giro levemente la cabeza hasta notar algo extraño al pie de la colina. Acompañó con el cuerpo  el movimiento de la cabeza para ver mejor. Pudo ver como el resto del rebaño corría con velocidad y orden colina abajo hacia la arbolada. Olvidando todo, terminó de rotar el cuerpo y dio unos pasos hacia donde miraba. Un grito se escuchó con fiereza y al volver a mirar el pastor notó que Hama se le habia acercado. Ahora ella y las demás gruñían enseñando los pequeños conos que formaban su dentadura.

     El rebaño se encontraba dentro del bosque. Se movían por el lugar sin separarse mucho una de otra. Masticaban los desconocidos pastos nuevos y algunas frutas que ya no eran admitidas en los árboles. Todas voltearon al sentir que Hama ingresaba al bosque. Tras ellas venían las otras cuatro hermanas del rebaño que traían a Baku posada sobre sus costados. La oveja rebelde caminaba con dificultad por los golpes y el daño que la bala le habia dejado en las patas. Era contenida por las demás que marchaban en un paso parsimonioso.

      Sobre la colina el cuerpo del perro sucumbía al rigor mortis. Unos pasos más allá,  el pastor se encontraba en la misma posición. Tenía las costillas y los huesos del cráneo rotos a patadas, y su cuerpo flotaba sobre una aureola de sangre que brotaba de los miles de orificios hechos con los diminutos dientes cónicos. Su mano sujetaba el revólver aún caliente y con olor a pólvora. La única bala que pudo disparar al aire cayó en alguna parte de los montes de Sidivizzu.