La literatura nutre el arte, así como el arte nutre a la literatura, hoy Ronnie Camacho Barrón nos escribe desde Matamoros, Tamaulipas para presentarnos un atrapante cuento, el cual viene acompañado de una ilustración especial hecha por su hermano Said Seb-astián Camacho Barrón.

 

¡Los macarrones están listos!

     ¿Sabes?, nunca pensé que te traería a casa, no eres muy simpático y realmente muchos te tenemos miedo, pero bueno mis padres querían conocerte y que mejor forma de hacerlo que invitándote a cenar.

     Ya quiero que den las ocho para que se despierten y al fin te puedan conocer.

     Yo sé que para ti es muy gracioso molestar a los demás y más centrarte específicamente en mí solo porque soy adoptado, pero Mamá y Papá ya me habían advertido que muchas personas no lo entenderían y que otras más se reirían de mí solo por eso.

     Siendo sincero no te entiendo, pero debo admitir que durante el día mi vida sin ellos es muy solitaria, pues tengo que levantarme desde muy temprano para ir a la escuela, solo para que me molestes, luego saliendo tengo que ir a hacer el super y finalmente llego a casa a prepararme la comida.

     Tal vez mi vida no sea como la tuya o la del resto de los niños, pero no me siento mal, pues desde el principio mis padres me han hecho saber que si bien la sangre no nos une, ellos me aman con todo su corazón.

     Y cuando despiertan juegan conmigo, me ayudan con la tarea y tratan recuperar todo el tiempo perdido, antes de que yo tenga que ir a dormirme.

     Ellos son magníficos y de hecho, su historia favorita y la que siempre relatan al resto de la familia, es la de cómo me encontraron y aunque la he escuchado miles de veces, siempre es un gusto para mí, oírla de nuevo.

     ¿Quieres escucharla?, ¿No?, bueno de todos modos te la contare.

     Mis padres cuentan que la primera vez que me vieron fue cuando conocieron a sus vecinos del departamento de arriba. Al parecer mis verdaderos progenitores eran una pareja joven y sin experiencia que recién se había casado y trataban de formar una familia juntos. Pero lo que parecía el comienzo de un cuento de hadas terminò siendo una horrenda pesadilla.

     Como los vecinos de abajo, mis padres adoptivos fueron testigos de todos los gritos, pleitos y amenazas que se suscitaban entre la joven pareja del piso de arriba. Cuentan que, sin importar la hora, fuera día o de noche, ellos escuchaban mi incesante y desgarrador llanto que en ningún momento mis verdaderos progenitores se molestaron en calmar.

     Pasaron los meses y las cosas fueron de mal en peor, fue así que mis padres decidieron hacer algo al respecto y aunque habían tratado de mantener un perfil bajo después de haber tenido problemas en su antigua ciudad, ellos decidieron rescatarme. Con sigilo, se adentraron en el departamento de mis padres biológicos y lo que vieron, los horrorizó, pues las personas que me dieron la vida tenían su casa hecha un muladar: comida vieja se podría en la nevera, botellas de cerveza se esparcían por todo el suelo y yo dormía en una cuna repleta de basura, con el pañal lleno y evidentes signos de desnutrición.

     Fúricos por lo que vieron Mamá y Papá trataron de encontrar aquellos monstruos para hacerles pagar, pero por más que buscaron solo encontraron señales que delataban que ellos se habían marchado hacía tiempo.

     Mamá dice qué al verme, el primer pensamiento de ambos fue llamar a una apropiada institución para que se hiciera cargo de mí y aunque estaban decididos a hacerlo, cambiaron de opinión, cuando me tuvieron en brazos.

     Con mucho cariño y un brillo en los ojos, ellos siempre relatan que desde el momento en que sintieron mi tibia cabecita y mi entre cortada respiración, su corazón se derritió por completo. Pues en sus palabras yo era una bolita de carne, tan tierna y adorable que tuvieron que hacer un esfuerzo enorme para no comerme. Desde entonces y sin que nadie se les opusiera ellos me criaron con el mismo amor que le darían a un hijo verdadero.

     A diferencia de la relación de mis verdaderos progenitores, la relación entre mis padres adoptivos llevaba siglos de existir, aun así, fue difícil para ellos adaptarse a mí, después de todo, las personas como ellos no suelen tener hijos. Imagina la sorpresa de todos mis tías y tíos cuando se enteraron de mí, aun hoy no puedo estar cerca de algunos de ellos sin que mis padres estén presentes.

     Durante mis primeros diez años de vida me criaron como uno de ellos, dormía durante todo el día y jugaba con ellos toda la noche, pero con el tiempo, cuando notaron que más que acostumbrarme todo eso me hacía daño, decidieron criarme de un modo más “normal”

     Cuando tuve la edad suficiente para valerme por mí mismo ellos recuperaron su habitual costumbre de volver a dormir durante el día y dejaron que me hiciera cargo de todo, la luz, el agua, la comida, etcétera. Pero sin importar que, cada noche les cuento cómo me fue durante el día, fue así como supieron de ti y de todo lo que me haces.

     Hubieras visto la cara que pusieron cuando les mostré los primeros moretones que me hiciste o cuando les repetí todos tus insultos o peor aun cuando supieron que me bajaste los pantalones frente a toda la clase. Estaban tan molestos que no puedo ni describirlo, de hecho, no tendré que hacerlo, justo ahora acaban de dar las ocho, estoy tan contento, ¡Por fin los vas a conocer!

     Mientras espero en la mesa del comedor las puertas del sótano se abren y de ellas emergen mis padres. Ambos lucen somnolientos, se estiran y bostezan de tal forma que dejan expuestos sus afilados colmillos, para mi es algo normal, pero para mí agresor es razón más que suficiente para comenzar a temblar en la silla en la que lo tengo amarrado.

     Cuando mis padres me ven sus ojos se iluminan.

     ―Hola Má, hola Pá  ― los saludo.

     ―Hola tesoro ―ellos me abrazan y a pesar de sus cuerpos fríos puedo sentir lo caluroso de su afecto.

     ―Mamá, Papá, él es Ricardo, el compañero de quien les hablé ―los presento.

     ―¿Con que este es el niño, ¿Eh? ―pregunta mi padre con desdén.

     ―Sí, él es el compañero que todos los días me molesta y se burla de mi por ser adoptado.

      Al enterarse de quien es, mis padres gruñen furiosos y en un parpadeo se plantan frente a él.

      ―¡Jamás debiste meterte con nuestro niño! ―ruge mi madre a centímetros de su cara.

      Ricardo comienza suplicar bajo la mordaza que aprisiona su voz y a pesar del desagrado que siento por él, les pido que se detengan.

     ―¡Mamá, Papá, esperen!, quiero escucharlo.

     Ante mi extraña decisión mis padres se detienen, intercambian una mirada confusa y tras unos  segundos de dudas, obedecen y le quitan la mordaza.

     ―¡Perdóname Francisco no vuelvo a molestarte, yo…y…yo solo estaba jugando pero te juro que a partir de hoy no me vuelo a meter contigo! ―promete entre lágrimas.

      Sus suplicas y lloriqueos me hacen pensar y aunque me gustaría creer en sus palabras me gusta más comer en familia.

       ―Má, Pá, pueden hacerlo, ya hace hambre ―respondo antes de probar una cucharada de mis macarrones.

 

Sobre el autor

ronnie cbRonnie Camacho Barrón, es originario de Matamoros, Tamaulipas, México, titulado en la carrera de Comercio Internacional y Aduanas, se dedica también a la creación literaria. Publicó su primer novela Las Crónicas Del Quinto Sol 1: El Campeón De Xólotl. También participó en la antología titulada Taller Alquimia De Palabras: Antología De Cuentos y Relatos.

Su hermano Said Sebastián Camacho Barrón, cursa el quinto semestre de la Licenciatura De Diseño Grafico en la Universidad Autónoma Del Noroeste, además de diseñar la ilustración para este cuento también fue el responsable de diseñar la portada del libro de Ronnie.