Cerramos el año con un texto de Deyanira R B, quien nos comparte desde Veracruz, un cuento que juega con elementos como la soledad, el frío y lo fugaz de la vida.

Ciudad de México, 1985

Hacía relativamente poco tiempo que Lilia Shnaider se había mudado a los icónicos edificios de Villa Flora en la Ciudad de México cuando ocurrieron los sucesos que están por relatarse…

   Lilia había nacido en una familia compuesta por un padre alemán y una madre dominicana en Aspen, Colorado. Ella había llegado a México debido a un intercambio por parte de la Universidad de Nueva York y, en cuanto se mudó al edificio, a todos los vecinos le dio por decirle “La gringa”, aún cuando su aspecto, predominantemente latino, difícilmente encajaba con la imagen del American Dream. Según ellos, se debía a su áspero acento al hablar el español.

     La estadía de “la gringa” en México pasó de forma tranquila. No obstante, a pesar de que la mitad de su sangre era latina, Lilia no se sentía cómoda del todo en el ambiente de la capital mexicana. Ella tampoco podía entender a sus vecinos.

     Manuel era uno de esos individuos que más trabajo le costaba comprender. A pesar de que él tenía veinte años, se comportaba como un anciano y sus supersticiones y miedos ponían a todos los habitantes del edificio al borde de un ataque de nervios. Últimamente le había dado por rumiar que el fin del mundo estaba cerca, pero todos preferían ignorarlo.

   Día con día, Lilia Shnaider, alias “La gringa”, se sentía más y más melancólica. Ella extrañaba su vida como estudiante de la UNY pero, sobre todo, extrañaba su hogar en Colorado. A pesar de que le causaban un miedo y una fascinación indescriptibles, Lilia hubiera querido volver a aquellas planicies blancas que le blanqueaban el alma, pero…

     Un día que parecía igual que cualquier otro, “la gringa” se despertó con una sensación que le oprimía el pecho con una fuerza aplastante, como si una avalancha hubiera barrido con cualquier intención de que su cuerpo se levantara de la cama. Ella miró nerviosamente hacia todas direcciones, pero no había nada fuera de lo común en su habitación excepto que no había luz. Tenía que reparar los fusibles.

    A pesar de aquella sensación tan desagradable, logró levantarse y salir al pasillo del edificio, el cual estaba completamente a oscuras. Parecía envuelto por el negro más absoluto, vacío, como si prácticamente no existieran señales de vida en sus alrededores.

     Durante su infancia rodeada de la nieve de Colorado, “La gringa” comenzó a tener un gran terror por sitios como ese. Era como si aquel vacío le recordara el suyo, uno que se alojaba en lo más profundo de su corazón.

    Ella se quedó viendo por largo tiempo aquel hueco oscuro sin pensar en el hecho de que estaba siendo observada:

    “¿Qué demonios está haciendo esta tipa?, ¿a caso no sabe que el mundo se va a acabar pronto? Yo sé lo que digo, no estoy loco ni imbécil, ¡el fin del mundo se acerca!”, pensó Manuel por última vez, antes de desaparecer en este mundo.

   “La gringa” estaba ajena a todo pensamiento que no fuera el suyo y no escuchó la repentina desaparición. Cuando ella se dio la vuelta, ya no quedaba ni un rastro de su vecino, parecía como si aquel espacio siempre hubiera estado vacío.

    Comenzó a helar. Aquel frío de muerte le estaba impidiendo continuar con su misión para reparar los fusibles, pero ella, acostumbrada a las planicies nevadas de Colorado y sus inviernos brutales, decidió seguir con aquel camino trazado por su voluntad.

      Ella creyó haber llegado a la entrada del sótano; no obstante, cayó en la cuenta de que se hallaba afuera del edificio de apartamentos. De repente, hacia falta la mitad de la construcción.

    Toda la ciudad parecía vivir la misma situación que los icónicos edificios Villa Flora. Daban la sensación de estar cortados por la mitad, revelando que no había rastros de sus inquilinos. El negro había dado paso al blanco más segador y abrumador, la ciudad parecía estar cubierta por una especie de nieve bastante espesa.

   Esa situación resultaba inquietante para “La gringa”. Aquella ciudad no estaba acostumbrada a las nevadas, a duras penas llegaba a granizar una cuantas veces en el año.

    “La gringa” siguió caminando por varias cuadras más en medio de aquel bizarro paisaje invernal en busca de ayuda, ella caminó hasta que lo único que encontró fue un páramo donde no se observaba ni un ser viviente. El aire apenas si pasaba en aquel paraje desolado, como si tocara una canción desgarradora de desesperanza para todo el que pudiera oírlo.

     Lilia estaba convencida de que jamás había presenciado una nevada tan intensa como la de esa ocasión. Ella se sentía terriblemente sofocada por el frío que se colaba por su liviana ropa de dormir, no había ni un solo respiro, estaba atrapada.

      En determinado momento, y con el ánimo decaído, “La gringa” sintió que sus pasos se hacían más dificultosos conforme pasaba el tiempo; ella tardó en darse cuenta que, a medida que caminaba, el hielo iba aprisionando sus pies, como si una serie de filosas manos blancas detuviera su camino.

     “La gringa” luchaba arduamente para liberarse de aquella prisión de hielo aunque en lugar de liberarse se sentía más atrapada en medio de la nevada. Era como si aquellas manos la arrastraran a las profundidades de la tierra, hacia la nada. Lilia intentó gritar pidiendo ayuda, sin ninguna respuesta en aquel desierto blanco.

    Parecía que el hielo se metía en lo más recóndito de sus células, congelando desde adentro y dejándola paralizada en medio de aquella oscuridad blanquecina…

     Nadie se dio cuenta del momento exacto en el que la tierra cobró vida durante aquella mañana del 19 de septiembre. La tierra tembló con gran estrépito al desgajarse.

   La gente que estaba despierta a esa hora fue testigo de la caída de diversas edificaciones, incluso los habitantes y ocupantes de varias casas cayeron junto con sus vienes inmuebles hasta quedar reducidos a escombros, generando nubes de polvo y sangre. Aquel día, toda la ciudad quedó completamente en ruinas. Parecía, en efecto, el fin del mundo tal y como se concebía hasta entonces.

    La gente y las autoridades estaban tratando de rescatar a los sobrevivientes así como de sacar los cadáveres de entre los escombros, pero entre los restos de la ciudad destruida pululaban de forma incesante los cuerpos desgarrados de las víctimas de aquel pavoroso siniestro.

    Los grupos de rescate llegaron al edificio Villa Flora alrededor del mediodía. El inmueble amarillo estaba en muy mal estado, prácticamente destruido. Hubo diversos intentos por encontrar supervivientes entre el montón de escombros pero, de todos los habitantes del edificio, apenas quedaban vivos un par de individuos.

   Cuando finalmente los rescatistas lograron encontrar los restos del cuarto de “La gringa” la hallaron bajo los escombros. Ella estaba muerta, aunque sorprendentemente se hallaba intacta y, cuando tocaron el cuerpo, estaba por debajo de la temperatura de un cadáver normal.

     Los forenses determinaron que Lilia Shnaider, ciudadana estadounidense de 20 años, natural de Aspen, Colorado, había muerto a las 06:00 horas del 19 de septiembre de 1985 debido a un inexplicable caso de hipotermia, justo una hora antes de que comenzara el temblor.

 

Sobre la autora

Nacida en Veracruz, Ver, México. Próxima licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica. Lectora por pasión y narradora por convicción, ha publicado un par de relatos en páginas especializadas como Íkaro, Casa Rosa, Monolito, Penumbría y Página Salmón, pero siempre con el deseo de dar a conocer más de su narrativa.