¿Qué es una biografía? Algunos teóricos ocupan la metáfora de la red de pescar, una red utilizada para capturar la historia que se quiere contar. Pero lo cierto es que la red, tal como me lo enseñó mi maestra, puede verse de más de una forma: una red es una colección de agujeros unidos por una cuerda. Este es mi tercer intento de escribir una biografía. Puede que no tenga la información suficiente como para redactar el texto definitivo que sacie toda la curiosidad por conocer a estas personas, así que recomiendo ampliamente darle lectura a las siguientes páginas como un conjunto de notas para guiar a los verdaderos biógrafos en su búsqueda por la verdad —lo más aproximadamente posible en términos humanos—. Reciban, pues, este conjunto de agujeros por los que se riega la vida y quizá, si tienen suerte, pesquen algo de interés.

Descubrimiento

Descubrir un autor, a mi parecer, es de los placeres más fascinantes a los que uno como escritor, investigador o simplemente lector puede tener acceso. Imaginen mi exaltación cuando, haciendo labor de archivo en la Biblioteca Central de la UNAM, encuentro en el piso de la tesiteca un trabajo sobre una novela de la segunda década de los 20 llamada Yatagarasu. Por su título invariablemente supuse que debía ser de origen asiática, así que dispuse de unos cuantos minutos para ojear el texto. Resulta que no, la novela es mexicana, firmada por un anónimo. El autor de la investigación teorizó que la novela guardaba una íntima conexión intertextual con una serie de tuits publicados en 2025 por la revista Los Pájaros, en los que se narra la vida de un escritor cuya familia se fragmenta debido al fracaso de las ventas de su obra. Los tuits nunca rebelan el nombre de dicho personaje, mas lo nombran como C. Adjuntan en ocasiones fotografías de un cuaderno de anotaciones en los que se puede ver al menos en 15 ocasiones el nombre Yata o alguna variante. Lo evidente —según el estudiante— era replantear la novela como un oxímoron de dichos tuits: la versión benévola de una historia que podía leerse de dos formas.

Ahora surge la duda: ¿qué bases tenía el joven para afirmar tal hipótesis? En el texto literario, la trama gira en torno a Yata, una niña que sueña con convertirse en la persona más bondadosa del mundo. Sus padres le preguntan a qué se quiere dedicar, pero solo responde que quiere ser una mejor persona. Le responden que eso está muy bien, pero que debe trabajar en algo mientras tanto. Yata no parece comprender; para ella, ser una gran persona requiere de mucho trabajo y dedicación. Los mayores la dejan en paz, ya que consideran que es una fase por la que pasan los infantes. El tiempo transcurre sin muchos sobresaltos. Yata se va de su hogar para convertirse en ayudante de un albergue para migrantes en la frontera. Da de comer a los discapacitados y cobija a quienes llevan consigo apenas el polvo que arrastraron durante su odisea. A partir de un episodio en el que uno de los refugiados se propasa con ella, Yata decide regresar a su lugar de origen, frustrada, adolorida, distinta, buscando el consejo de sus padres. Descubre con asombro que su casa ha sido abandonada. Los vecinos tienen poco de mudarse, así que no saben cuál es el destino de los inquilinos. Yata busca por los lugares que solía recorrer, sin hallar indicio alguno de su infancia. Todos los negocios han cambiado, las direcciones llevan a otros lares, los lugareños la miran como a una forastera. Solo encuentra, casi al final, a una anciana que la reconoce de inmediato. Yata se encuentra tan exaltada que no puede evitar abrazarla y soltar un par de lágrimas. «¿Pero qué te ocurre, mi niña?». Y Yata, quien apenas puede contener su llanto luego de escuchar su voz, responde: «Mis papás tenían razón, señora, el mundo es malo, la gente es mala, el mundo es terrible. Y ahora no sé ni dónde se encuentran mis papás, los necesito». La señora le limpia la cara con su reboso para concluir con estas palabras: «Eres Yata, ¿no es así? La hija del Cuervo y de la Cuerva. Bueno, pues déjame decirte que sí estás equivocada, pero no por lo que crees. Tus papás se fueron hace años porque decidieron salir a buscarte, en el camino se toparon con los padres de otros hijos extraviados. Hoy día tu mamá y tu papá son los fundadores de una organización que se dedica a recuperar niños y niñas perdidos de todo el país. Solo falta una persona». «Y quién es?», pregunta con una ingenuidad perversa. «¿Cómo que quién es? Pues tú, mi niña. Bienvenida a casa».

Los tuits, por otra parte, detallan una historia diferente. Aquí la atención se centra en el padre, quien, como ya he dicho, posee escasos méritos en el mundo de las letras. Su hija no comprende del todo en qué consiste el trabajo de su padre; para ella, solo está «sentado frente a la máquina de escribir, gritando mucho y golpeando la mesa». C. es un bebedor de mezcal. Las únicas veces que sale de su cuarto son para buscar otra botella cuando se acaba la anterior. No representa un problema tan grave, pues con todo no es agresivo con su familia. Más bien el licor alimenta su frustración. Los cuidados de la niña son costosos, el alcohol no se queda atrás. Quien se encarga de tales gastos es la madre. Las publicaciones no especifican de dónde obtenía los recursos para sostener ella sola a su familia, pero el estudiante especula que obtenía unas regalías por unos cuantos trabajos para la televisión por papeles pequeños, pues «Cuerva» es el nombre artístico de una actriz de la primera década de los cuarenta cuyo ascenso se vio mermado y posteriormente desapareció de escena. La idea es que dejó la actuación para dedicarse de tiempo completo a su hija y su marido. No había peleas, pero tampoco amor. La niña absorbió las emociones negativas de su hogar. Al menos así lo hace constar la libreta del padre: «Yata se ve molesta últimamente, su mal genio no me deja concentrarme. Tendré que sacarla a pasear el domingo a ver si se calma». Sí, no es un error, le dice Yata a su propia hija de cariño. Casi 12 años después del nacimiento de la niña, la madre encuentra el coraje suficiente para separarse de C. El escritor lo relata de esta manera: «Sus pertenencias son lo único que me queda de su paso por mi vida. No quiso llevarse nada, ni siquiera se despidió de Yata. No me gustaría preguntarle a don suegro adónde pudo haberse ido, él debió convencerla de algún modo. Ya no sé ni qué estoy diciendo, solo sé que se fue y que no volverá». Aquí terminan los tuits, con la firma de C. en un costado de sus últimas notas sobre una novela que publicaría 10 años después, pero de la que no se supo nada.

Si aceptamos la hipótesis del estudiante, estaríamos afirmando que C. es el autor de Yatagarasu y por consiguiente, que su vida se encuentra plasmada en aquellos tuits, y que él mismo la tergiversó en su novela. Pero, ¿acaso es válida? Es suficiente que ciertos nombres coincidan para establecer una relación biográfica entre el autor y los personajes. No, por supuesto. Hace falta, tal como mencioné al comienzo, una investigación de archivo. La tesis del joven es adecuada porque responde a la necesidad interpretativa que todo texto requiere, pero no es definitiva en tanto que roza los límites de la veracidad y la verosimilitud. Trasgrede la línea entre ficción y realidad.

No obstante, una vez más, ¿qué texto literario no hace esto mismo?

Motivado por el trabajo, decidí emprender una nueva búsqueda, partiendo de la información proporcionada por el estudiante, quien espero algún día pueda leer esto y vea que su esfuerzo inspira a la investigación científica, por pequeña que pueda resultar esta en particular.

Hallazgos

Yatagarasu es una novela publicada el 29 de febrero de 2020 por Penguin Random House, de autor anónimo. Ambientada en una época indeterminada, pero reconocible por la tecnología descrita, los acontecimientos ocurren antes de 1970. Es por ello que se cree que, a pesar de salir en la segunda década del siglo XXI, fue escrita mucho antes. Al principio intentó venderse como un libro infantil; no obstante, el lenguaje era demasiado trabajado para la comprensión de los pequeños. Entonces se trató como un libro juvenil, ahí obtuvo su nicho de mercado. Se vendió bien durante cinco años, cinco años en los que nadie se preguntó si el autor recibía algún pago por las ganancias.

El editor a cargo de la publicación fue Sagitario Serpentario, director y dueño de la revista Los Pájaros. Llama la atención que la presentación del libro en la Feria Internacional del Libro en el Palacio de Minería no contó con su presencia; más bien, asistió un grupo representante que mostró la novela como la primera de una serie de obras recuperadas de un acervo hasta entonces desconocido —no salió ningún otro libro bajo la misma colección—, y que la editorial tenía por objetivo dar con la identidad del autor en cuestión para honrarle como se merece, ya fuese en vida o de manera póstuma. Resulta interesante que el rumbo de la revista y de la editorial cambió radicalmente durante los años posteriores. Bajo la administración anterior Los Pájaros se había establecido como la presencia más fuerte en el mercado —tanto como le es posible a una revista literaria en este país—, desbancando a Letras Libres y Nexos. Sin embargo, en la actual mantuvo un perfil bajo y más bien discreto. Las publicaciones nobeles bajaron y se concentraron en un puñado de escritores que tenían contrato con la editorial por al menos 10 obras.

Durante los cinco años de venta de Yatagarasu la estrategia comercial fue esa, hasta que en el aniversario de publicación, el director anunció una edición conmemorativa de la obra y además, buscarían destapar nuevos talentos para que no termine su trayectoria como la de este autor. Sin embargo, el único otro autor «rescatado» fue Tecolote, un escritor poblano que ya había colaborado con anterioridad en Los Pájaros, y cuyo epitafio se encuentra en el dossier de septiembre. De él salió una antología poética de 80 páginas que no llamó mucho la atención. La edición nueva prometida no fue publicada y en su lugar obtuvimos los tuits. Lo curioso del asunto es que nunca hubo un pronunciamiento oficial respecto al hilo. En realidad los datos no fueron presentados bajo ninguna introducción, por lo que la conexión entre estos y la novela no fue tan evidente al principio. Se llegó a decir que se trataba de una estrategia comercial y que por ello no se debía fiar de la información. La tesis del estudiante debió pasar sin pena ni gloria por la Facultad de Filosofía y Letras gracias a este comentario.

Lo cierto es que sí existen registros de casi todas las personas mostradas en el hilo y de aquellas que no, pueden ser rastreadas con sus alter-egos del libro. Las descripciones de la casa de los padres de Yata coinciden en cierta medida con una región al norte de Coyoacán. Actualmente no hay ninguna residencia en la zona exacta, pero los habitantes cercanos cuentan que hace varios años una casa se quemó hasta los cimientos. Unos incluso afirman que de niños vieron a una anciana provocar el incendio. Nada de esto fue confirmado. Lo que sí se pudo confirmar es que en aquella región transcurrió la infancia de la Cuervo, ex directora de Los Pájaros. La mujer ocupó su cargo durante el primer año de la revista hasta su deceso en diciembre de 2019. Aunque su gestión fue corta, la Cuervo fue la persona más influyente del mundo cultural a lo largo de su vida activa. Su contacto más cercano fue el Colibrí, un editor de renombre con quien fundó la editorial a cargo de Los Pájaros y Tentenelaire1.

Considero extraño que la fecha de defunción de ambos en el registro civil permanezca oculta salvo por el año. Ambos fallecieron en 2019. Pocos meses antes de que yo escribiera estas líneas un informante anónimo llegó a mí con el dictamen de un concurso literario celebrado en Xalapa-Enríquez, con fecha del 27 de diciembre de ese año. Había una mención honorífica para alguien cuyo pseudónimo era Tentenelaire. El informante también me facilitó una copia del texto: un cuento que relataba la travesía de una joven en su lucha contra el gobierno de Díaz Ordaz. Debido a que la documentación oficial del participante se perdió, es arriesgado asegurar que dicho texto pertenecía a la Cuervo o a Colibrí. Sin embargo no creerlo sería ingenuo. Por último, el informante comentó que el hecho de que ambas fechas de defunción se empalmaran no se debía a un error burocrático. «Ambos desaparecieron el mismo día, el 25 de diciembre. Colibrí debía ir a Xalapa por el concurso, pero nunca llegó», dijo. No podía decir más, pero sugirió consultarlo con el señor Serpentario, ya que él tendría la información restante.

Lo que sigue corresponde a las afirmaciones que obtuve del señor Serpentario luego de conseguir una entrevista con él. Nada de lo expresado en el siguiente capítulo ha sido confirmado o negado, por lo que no puede ser usado como testimonio bajo ninguna circunstancia. La responsabilidad de los comentarios es de quien los emite y no representan en forma alguna al autor de este artículo ni a la editorial. Algunos fragmentos fueron suprimidos debido a la baja calidad del audio.

Entrevista

E: Buenas noches, don Serpentario. ¿Cómo se encuentra?

S: Intrigado, joven. No es habitual que se me busque para un diálogo con tanta insistencia.

E: Me disculpo por la molestia. Mi intención es meramente académica. Recuerde que usted tiene la libertad total para reservarse el derecho a responder cualquier pregunta que le parezca incómoda.

S: No se preocupe, joven. Si he aceptado es porque estoy dispuesto a facilitarle lo que desee saber.

E: Lo agradezco sinceramente. ¿Le parece si comenzamos?

S: Para luego es tarde, joven.

E: ¿Hace cuánto conoció usted a la Cuervo?

S: Eso tendrá casi cuarenta años. Aunque de hecho, conocí primero a su compañero, don Colibrí.

E: ¿Ah, sí? ¿Cómo entró en ese círculo social?

S: Es una anécdota curiosa. Verá, por ese entonces yo era un joven como de su edad, más chico, creo, como de 20 años. No tenía trabajo ni estudios avanzados. Ni siquiera un acta de nacimiento con la que defender mi existencia ante gobernación, fíjese. El punto es que don Colibrí supo de mí y me preguntó si me las arreglaba bien con lo que ganaba. Me espanté porque creí que querría estafarme o algo por el estilo, así que le dije que no poseía mucho y que lo poco que tenía me bastaba para ser feliz. Adivinó mis pensamientos porque me explicó que en realidad lo que él quería era proponerme un empleo. ¿Qué empleo?, pensé yo. No se veía como un mal sujeto, de hecho hasta me resultó fácil confiar en él luego de un rato. El trabajo que me propuso era servir de chivo expiatorio. Quería darle mi nombre a otro jovencito para que pudiera regresar a México sin problemas, puesto que había cometido un crimen en el extranjero. Había matado a su propio padre, quien resultó ser el embajador personal de doña Cuervo, mi segunda jefa. Nadie sabía esto en ese entonces, por lo que acepté y de hecho, no resultó nada mal. Don Colibrí me dio asilo y yo traté de serle útil. Así fue hasta que cambié de mando.

E: ¿A qué se debió ese cambio?

S: El otro chico, el Tecolote, era problemático. Doña Cuervo lo sabía y esa es la razón de que quisiera mantenerlo lejos de don Colibrí. Yo, por el contrario, le resulté provechoso, así que me ofreció un mejor empleo una vez que le puso un estate quieto al muchacho.

E: ¿Exactamente en qué consistió ese “estate quieto”?

S: Verá, el Tecolote tenía conflictos legales. Como le dije, mató a su padre en el extranjero y doña Cuervo poseía esa información porque la víctima era un conocido suyo. Tengo entendido que el chico había ganado una beca o algo así, entonces los dos se pusieron en contacto. El padre no gustaba mucho de tener a su hijo tan cerca. El punto es que doña Cuervo le dijo que lo vigilara y este se negó, quizá él tenía sus propios planes. Mi teoría es que los dos pensaban lo mismo, como si la sangre los llamara a enfrentarse, cosa más rara. Doña Cuervo me contaba que estaba harta de la ineptitud de sus subordinados, detestaba tener que asegurarse de que tuvieran la cabeza fría para que no cometieran ninguna imprudencia. Cuando regresó el Tecolote supo que no podría deshacerse de él tan fácilmente ya que don Colibrí lo protegería. Decidió, por tanto, separarlos.

E: Pero hay algo que no entiendo, doña Cuervo parece tener conflictos muy fuertes con el Tecolote. ¿A qué se debe esta rivalidad?

S: Durante mucho tiempo la excusa que daba era que no soportaba a las personas como su padre; idealistas, simplonas y nada metódicas, pues, según ella, ese tipo de gente nos colocaba en la periferia cultural. Pero la verdad es otra: el Tecolote no se parecía tanto a don Cuervo como se parecía a ella misma. Era evidente que los conflictos padre/hija se reflejaban en la relación del chico con su propio papá. Ambos, a su manera, habían tratado de erradicar aquel lazo. Uno mediante la fuerza bruta, la otra por medio del poder cultural. No sentía empatía alguna por el joven, ya que no sentía aprecio alguno por sí misma. Todo le recordaba que, sin importar cuánto creciera, cuántos logros cumpliera, siempre sería la hija de «Cortazarito». Nada puede cambiar de dónde vienes.

E: Solo que nadie conocía al señor. Realmente no creo que importara.

S: Un par de personas sí lo conocían: su esposa y su hija. A ambas les fastidió la vida.

E: Entiendo. Aunque todavía me queda la duda, ¿cómo hizo ella para separar al Tecolote de don Colibrí?

S: Ahí es donde entré yo. Gracias a que el Tecolote usaba mi nombre y el suyo estaba mancillado por su crimen, a doña Cuervo se le ocurrió la idea de acabar con él en términos legales. Con ayuda de varios funcionarios a quienes nunca conocí en persona, tramitó un acta de defunción en su nombre. La historia oficial era que él había salvado a un par de jóvenes de un violador que pretendía atacar a los tres en su propio hogar; sin embargo, el muchacho había perdido la vida junto con el agresor. De este modo ella se deslindó de su embajador, quien a pesar de su eficiencia en el trabajo, le causaba muchos conflictos por su personalidad destructiva y al mismo tiempo le negó al Tecolote la oportunidad de regresar a su antigua vida. Lo tenía agarrado de los huevos, si me permite la expresión. El muchacho no podía decirle a nadie que todo era mentira porque entonces los cargos en su contra volverían. La otra alternativa era que guardara silencio y escribiera para ella.

E: ¿Escribiera para ella?

S: Sí, sé que suena extraño, pero no se podía negar el talento del Tecolote. La Cuervo caviló que no era correcto desperdiciar habilidades tan pulidas, así que suprimió a la persona y se quedó con el talento. El Tecolote trabajó casi medio año para la revista Los Pájaros escribiendo exactamente lo que la Cuervo le ordenaba. Usaba mi nombre como pseudónimo y lo manteníamos en una casa que le pertenecía a la editorial. Mi jefa no quería que saliera para que no causara problemas, pero a mí me daba lástima. Se me ocurrió sacarlo una o dos veces, aunque no resultó tan bien. En una ocasión me pateó y se fue corriendo. Intentó comprar un boleto de autobús hacia Puebla, los guaruras de la Cuervo lo detuvieron. Ellos no fueron tan amables como yo. La mujer perdió la cabeza; luego de ordernarle una golpiza, ella lo encerró en esa casa. Tenía estrictamente prohibido hablar conmigo. Lo único que se quedó con él fueron hojas y papel. Le quitaron la laptop para que no se comunicara con nadie. Ni siquiera podía leer, se llevaron sus libros. Yo todavía me encargaba de checar su estado anímico y proveerle alimentos. Así vivió durante al menos dos meses.

E: Bueno, ¿y el Colibrí no dijo nada?

S: Don Colibrí se encontraba bastante desmejorado. Pienso yo que extrañaba mucho a su esposa, la melancolía se le encaramó. No preguntó nada cuando mi jefa le dijo que el Tecolote extrañaba su hogar y había decidido volver con su mamá. Esto es todavía más extraño cuando recuerdas que fue el mismo Colibrí quien había dicho a su madre por teléfono que su hijo estaba muerto. El viejo casi no se movía. Fue para todos una revelación, casi un milagro, que preparara una cena de navidad solo para él y para doña Cuervo. Ella supo que había algo más. No me comentó de qué hablaron cuando la invitó, pero me dijo: «por fin ha llegado el día. Tendrás que hacer lo que te pedí».

E: ¿Y eso era…?

S: Había dos misiones para las que doña Cuervo me había estado preparando. Más bien, era una sola misión, dividida en dos partes: debía matar a Colibrí y a Tecolote.

E: Quiere decir, ¿personalmente?

S: Con estas manos que usted ve.

E: ¿Y fue así?

S: El asunto es más complejo. Yo sabía que en algún momento solicitaría que yo me encargara de ambos, era lo lógico. Por lo que diariamente me miraba en el espejo, así tipo Taxi Driver y me repetía que podía con ello. Entrené un poco con los guaruras por si las cosas se salían de control. Ellos me decían «no te apendejes, compadre, solo esto necesitas», y me pasaron una pistola.

E: O sea que sí lo hizo.

S: Relájese, joven, a eso voy. ¿Tiene idea de lo complicado que es para un anciano como yo recordar los tropiezos de su vida?

E: Me disculpo, por favor continúe.

S: Como decía, estaba en el culmen de mi existencia. Obedecer resignificaría el futuro para mí. Entonces, repetí las instrucciones en mi cabeza: «ve a la casa del Tecolote, dale de comer, ponte detrás para que no te vea mientras lo haces y jala el gatillo». Aparecí temprano. Abrí sin mucho ruido; eran las nueve de la mañana, pero le llevé una hamburguesa con papas curly. No se había levantado, seguía bastante enfermo. Por un momento creí que las bacterias habían hecho el trabajo por mí. Antes de tocarlo para despertarlo se movió y me miró con unas ojeras que manchaban sus párpados de negro. «Quiero ver a mi mamá», suplicó casi murmurando. No podía abrir la boca. «Ella cree que ya no existes», le respondí volteando la cara. «Déjame verla, necesito decirle que nada de esto fue su culpa», insistió. «Tu mamá lo sabe, Tecolote. No te preocupes por eso». «Si me dejas verla, te prometo que corregiré tu novela», finalmente soltó.

E: ¿Qué novela?

S: Qué gracioso, eso fue justo lo que le pregunté. Por ese entonces yo tenía la idea de escribir algo, estaba inspirado por el ambiente. Se enteró porque dejé unos borradores en la casa, mezclados entre los papeles. Propuso que lo dejara hablar con ella por Skype y a cambio él me ayudaría periódicamente a corregir mis borradores hasta tener la novela lista. «Sabes que no puedo», respondí con una mano en la chamarra, a punto de… Me contuve, al final. Quizá me puse a pensar que ninguno de los dos era tan diferente; o por el contrario, eramos tan diferentes que él sí tenía por quién preocuparse. «¿Y cómo le haremos, pues? Las redes de comunicación están intervenidas». «Entonces déjame ir a verla», respondió con cierta malicia, «volveré antes de que nadie se dé cuenta. Solo quiero que sepa que estoy vivo». Le recordé el incidente pasado, del cual terminó disculpándose. «Volveré antes de que amanezca, te lo juro». Eso no tenía sentido, no podía viajar 6 horas de ida y vuelta para ver a su madre antes de comenzara la jornada siguiente. Me estaba suplicando que lo soltara para siempre. «¿Me prometes que volverás en la mañana?», pregunté resignado, «no olvides que tienes que ayudarme con la novela». «Claro que sí, Sagitario, volveré». Con mucha cautela salimos de la casa, le compré un boleto redondo. «Te voy a esperar aquí», afirmé. «Sí, está bien», me respondió, pero sin mirarme, solo veía el boleto. Estaba incrédulo. Se marchó a las 7:30. No regresé por él, y sabía que él no volvería.

E: ¿Qué ocurrió después?

S: Yo estaba bien preocupado. La Cuervo me había citado a las ocho en casa de don Colibrí y yo no llegaría hasta pasadas las 11, el tráfico me tuvo quieto cerca de una hora. También me desconcertaba no haber recibido llamadas de ella, algo inusual si considera que no le gustaba que la hicieran esperar. Cuando logré acudir las luces estaban apagadas salvo por el comedor. Vi por la ventana, la Cuervo seguía allí, sentada tomando mezcal. Don Colibrí apoyaba su cabeza contra la pared. Caía sobre ellos un manto de silencio. Entré por el sótano, que como usted sabe yo conocía muy bien por mis servicios anteriores. Me quedé en las escaleras cuando escuché la voz de don Colibrí. «Siempre ha estado con vida», dijo. «No siempre, pero sí desde que nació», corrigió la Cuervo, y luego le dio un besito a su vaso. Bueno, es lo que yo me imagino, en realidad no podía verlos en lo absoluto.

E: ¿Quién estaba con vida?

S: La colibrí, su esposa. ¿Recuerda que la mencioné hace ratito? Bueno, pues ella. De ella se trataba todo este asunto. Colibrí ahora sabía que su mujer había sido encarcelada en Lecumberri junto a Revueltas y los otros presos políticos, y que había sido liberada hacía más de 20 años, pero jamás volvió con él. Ni siquiera le escribió.

E: Debió ser un golpe muy duro para él.

S: A medias, en realidad. Claro que le dolió saber que el amor de su vida no tenía interés alguno en reencontrarse con él, pero cuando supo adónde había ido después de recuperar su libertad, recobró la templanza. Quizá, luego de reflexionarlo un poco, se veía en su semblante una calma que jamás le había conocido.

E: ¿Y cuál era ese lugar?

S: Uruguay. Tenía alguien especial allá.

E: Ya veo. ¿Es posible saber quién era?

S: No, lo siento. Es alguien a quien yo respeto muchísimo y prefiero guardar su identidad.

E: Es comprensible. Pero dígame entonces, ¿qué sucedió entre la Cuervo y el Colibrí?

S: Yo supongo que lo peor ya había pasado. Incluso podría suponer que luego de decirse todo lo que se tenían que decir, ya se encontraban en paz. La Cuervo entendía que la novela de su padre tarde o temprano se publicaría y que no había gran cosa que pudiera hacer al respecto.

E: ¿Qué novela?

S: Es la segunda vez que me pregunta eso, joven. Pero está bien, la conversación lo amerita. No sé si la conozca, Yata…

E: ¡Yatagarasu!

S: Entonces sí la ha leído… Interesante.

E: Es parte del asunto que me trajo aquí. Por favor continúe.

S: Con gusto, joven. Doña Cuervo no podía evitar la publicación del libro y don Colibrí no podía buscar a su esposa. Estaban atados de manos. La operación se había vuelto inútil. Yo aún tenía la pistola en mis manos. Terminé de subir, dejé el arma en frente de ellos y les cuestioné: «¿ahora qué?». Se sorprendieron de verme, pero la Cuervo se levantó para decirme: «No te preocupes, Sagitario, se cancela tu misión. Hiciste bien». Y así, los tres nos acabamos el mezcal. Al día siguiente don Colibrí supuestamente preparó todo para irse a Xalapa a recibir un premio o algo por el estilo, pero no asistió. Tampoco se reportó con nosotros. Yo pienso que sí se fue a Uruguay a reconciliarse con la Colibrí, o al menos a pedirle disculpas. La Cuervo me pidió que la llevara a su casa, donde vivía de niña. Aclaró que no la esperara, ya que se tomaría su tiempo. No volví a ver a ninguno de los dos. Unas semanas más tarde recibí un paquete con instrucciones para tomar la dirección de la revista y la editorial. Me afiancé como pude y aquí estoy, treinta años después, conversando con usted. Recuerdo esa época con mucho cariño, no debido a que me la haya pasado muy bien, sino porque era el punto de mi vida en el que todo parecía un misterio, como si yo mismo viviera la novela que quería escribir.

E: Entiendo, qué impresionante, señor Sagitario. Muchas gracias por su tiempo.

S: Al contrario, gracias por el suyo, joven.

E: Perdone, una última pregunta; ¿aquellos tuits que salieron después de la publicación de Yatagarasu fueron parte de las instrucciones que le dejaron?

S: La novela iba a perderse, nadie la compraba. Cuando vino a nosotros, nos hicimos cargo y la levantamos como pudimos. Los tuits fueron parte de mi investigación personal. No es algo que me solicitara la Cuervo, pero sé que es lo que ella habría hecho de manejar mejor el internet.

E: Muchísimas gracias. Eso sería todo. Le deseo un excelente día.

S: Igualmente, joven. Ojalá le sirva. Vaya con Dios y recuerde, tenga cuidado.

Conclusiones

Todos los días me pregunto si lo que me ha dicho es verdad. Hay cosas que no concuerdan en tiempo y otras se vuelven contradicciones. A veces pienso que en realidad sí mató a ambos y esto me lo dijo para limpiar su imagen ante una posible investigación judicial. Lo cierto es que no puedo llegar más lejos sin meterme en problemas legales. Como quiera que sea, voy a darle el beneficio de la duda. Todos lo merecemos alguna vez.

En cuanto a la historia en sí, doy por hecho que el camino que forjamos define en gran medida nuestra personalidad, pero también lo hacen quienes estuvieron antes que nosotros. La cantidad de casos en los que la paternidad ausente e irresponsable perjudica a los hijos es alarmante. Sin embargo, no me considero en la posición para hacer un juicio moral, pues, yo como individuo —no como escritor—, reservo mis propios conflictos a la privacidad de mi ser. Las cosas cambian con una fuerza avasalladora, pero de alguna manera, el mundo se las arregla para mantenerse igual.

La maldad, la locura y el deseo siempre serán constantes en el relato humano. Las aves aprenden a volar en la caída, eso debe decirnos algo. Habrá que esperar a que nuestra historia sea contada por las generaciones del futuro, un lugar donde quizás, ellos encuentren la respuesta.

Julio Corvidae

Puebla, México

1Esta última no cuenta con ejemplares disponibles ni digitalizaciones.