Desde la Ciudad de México Karen Rodríguez Delgado nos envía un texto que combina varios elementos que seguramente te pondrán a pensar en varias cosas.

 

Las remembranzas de mi infancia son las más tristes de toda mi vida, no son únicamente los gritos de dolor de mi madre, también recuerdo la vez que no teníamos más que un pan en la mesa y un vaso de leche. Nuestro único alimento del día.

     Hubo cosas buenas y otras no tanto. Solíamos jugar atrapadas, hacíamos castillos de barro, les jalábamos las colas a los marranos y correteábamos a las gallinas de la vecina, peleábamos por ver a quien le cabía más tierra en la mano. Mi hermano mayor era el único que tenía un trompo de juguete y, de hecho, fue el único juguete de todos. Cuando no lo quiso más, me lo dio, pero yo no sabía cómo jugarlo y nunca quiso enseñarme, así que se lo di a una de mis hermanas menores, ella lo perdió.

     Tal vez mi padre no era tan malo realmente. O solo siento que lo estoy disculpando por todo lo que hizo, pero ni perder ambos ojos, una mano, una pierna, ni quedar inmóvil eran justificación. Hubiera preferido más de cien veces que estuviera postrado para que no golpeara a mamá. Cuando era joven tuvo una riña con sus compañeros del campo, uno de ellos le picó el ojo con un desarmador, o eso es lo que dicen. La mirada que tenía con su único ojo siempre fue tan transgresora.

     De pequeño, un alacrán picó mi pie, así que él corrió desde la puerta de nuestra casa hasta donde yo estaba y me llevó rápido con el doctor, me hizo un torniquete con su cinturón que pensé me arrancaría la pierna.  La compresa que me puso el médico estaba fría y no recuerdo muchas cosas de ese día, tenía la fiebre altísima y estuve en cama unos días. Mi papá pensó que moriría, pero no fue así, estábamos asustadísimos. No había nada de qué preocuparse. Mientras me llevaba a casa cargando no pude dejar de ver su rostro. Fue la única vez que lo vi contento, el único momento que sólo fuimos él y yo, y por eso, es que no lo puedo ver como el villano más grande de mi vida.

     La lucha interna que cargo en la espalda cual ring de lucha libre, tan grande como loza y yo soy el Pípila. A veces pienso: Lo peor para alguien sordo es perder la vista. Mi padre no había perdido la vista por completo, pero era su frustración la que lo hizo así. Lo peor para alguien que siente, es dejar de hacerlo. Pero para mí, mi padre nunca sintió.

     Todos en el pueblo conocían la situación de mi madre, nunca nadie se atrevió a hacer algo por ella, incluso había quienes la ignoraban por completo. Se sentía incapaz de mirar a las personas a los ojos, era como si les debiera algo. La gente tiene muchos prejuicios a las madres solteras, incluso ella los tenía, por eso no se había atrevido a dejarlo. No esperaba que mi padre cambiara, tenía tanto miedo de enfrentarse a todo ella sola. Se conformó con vivir así. Nunca pensó que era más peligroso estar dentro de casa. Yo no podía entender su miedo.

       Un día que no soy capaz de recordar, escuché que discutían y se oía como el cuarto de madera en que vivíamos se movía bruscamente. Me daba miedo que les cayera encima. —No quiero más a estos inútiles, no sirven para nada, es más, ni a ti mujer. Estoy harto. Deberían estar muertos. — Escuché gritos de ambos. No supe qué la dejó tan impactada que sintió la necesidad de huir. Azotó la puerta tan fuerte que rompió una bisagra, la manija se cayó. Dejó sus piernas temblorosas y corrió apurada.

     Entré a ver qué había sucedido con papá. Su cinturón lo tenía sujeto en el cuello como si fuera un perro. Estaba muerto.

 

Acerca de la autora

nos fuimos lejos autoraKaren Rodríguez Delgado (Ciudad de México, 1999). Estudia Derecho en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM) y en la Escuela de Derecho Ponciano Arriaga. Ha publicado en la Revista Literaria Monolito, De-lirio y los Pseudointelectuales. En este año participó en el Onceavo curso de creación literaria impartido por la Universidad Veracruzana y la Fundación para las Letras Mexicanas.

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