Los monos y los humanos somos más parecidos de lo que pensamos, y hoy Mónica Vargas nos lo recuerda de una manera curiosa.

Mi hermano Julio estudió veterinaria. Desde niño le gustaban los animales. Cuando alguien salía de viaje prefería que le trajeran una conchita de mar, un caracol o la foto de un ave exótica a un dulce típico o un llavero.

      Comenzó a trabajar en el zoológico del Altiplano inmediatamente después de titularse. Lo asignaron a la última área que habría elegido: la de los primates. Nadie quería pasar su día cuidando monos araña: son sucios, ruidosos, inquietos y de vez en cuando agresivos.

      Le tocaba revisarlos en cuanto a peso, medidas, alimentación y comportamiento. Comenzó una vez al mes y luego una a la semana. Cuando me di cuenta iba diario. Al principio creí que era la emoción de su primer trabajo, después pensé que eran sus jefes los que lo obligaban a trabajar horas extras, no fue hasta un año después que me arrepentí de no haberlo detenido.

      Hace ocho meses vi el primer signo: dejó de comer carne y nuestra casa parecía frutería. Más adelante comenzó a levantarnos la voz por cualquier cosa. Al final nuestra casa eran solo gritos rápidos que verdaderamente dejamos de entender.

      Pasaron unas semanas para que se subiera a la mesa, brincara en el jardín, orinara en los árboles de la abuela y sus manos se entorpecieron en su vida diaria. Dejo de ir a la casa y sospeché lo evidente. Fui a buscarlo a su trabajo, me dijeron que estaba en la jaula de los monos, trabajando. Me asomé como lo hacían el resto de los visitantes.

      Julio me dijo en alguna ocasión que existen doscientas sesenta y un especies de monos en el mundo. Quizá él sea la doscientos sesenta y dos.

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