Aquel efecto que se produce después de dejar de ingerir alcohol por un tiempo, hoy Tomás Pacheco Estrada nos escribe desde Córdoba, Veracruz para advertirnos (o no) de sus consecuencias.

 

Los entes del infierno vienen a visitarme para atormentarme, Dios ayúdame, solo yo puedo verlos. Unos tienen tres ojos, cuernos, alas y son sebosos; ríen enloquecidos con criaturas de inmundicia: arañas, serpientes y escorpiones, ratas y demás. Corren jugando por el cuarto, brincan y dan saltos asombrosos, forman un círculo alrededor mío, se carcajean.

     – Déjenme en paz- dije- Váyanse de aquí- sujeté un palo de la silla rota y lo utilicé para defenderme, el sudor recorría mi frente, los ojos desorbitados, vidriosos y con líneas rojas; la boca babeante y los dientes amarillos cubiertos de sarro; el cabello negro, sucio, largo y alborotado. Con la madera empecé a golpear paredes llenas de retratos familiares, uno donde estaba mi esposa fallecida, mis hijos queridos; lo único que me interesaba era destruir a los pequeños diablillos danzantes. Pronuncié gritos desgarradores:

     – Vuelvan al infierno – seguía quebrando cosas sin importarme el valor. Los finos vasos de cristal tallado; las bellas figuras de porcelana, una en forma de gato me lo regaló ella cuando nos casamos; el lugar era un tiradero, destrozos por donde quiera había. Exhausto tomaba un respiro, acabe con los demonios, al más pequeño lo golpee como el bateador que diera un homerun. Las infernales criaturas eran de variados colores: rojas, negras, verdes, todas deformes. El reloj, de cubierta dorada, marcaba las doce de la noche.

      Millones de ratas están en el piso, una serpiente negra y grande rodea mi cuello y lo aprieta; las arañas peludas suben por mi cuerpo y lo cubren. Caí al suelo revolcándome de dolor. – ¡Auxilio, me van a comer las ratas!- sentí mordiscos a mi ropa. Pataleaba y sacudí mi cuerpo azotándolo contra la pared; estrellaba la frente tiñendo de rojo el muro. Después se hizo la oscuridad, todo se nubló en mi mente, en un abismo profundo descendía hasta tocar  el fondo; un túnel quedaba enfrente. Con las manos a tientas seguía avanzando – Está muy oscuro – tropecé con algo, no le di importancia; cansado de tantos pasos dados, me recosté en lo que creí era el piso.Solo oía mi respiración, levantándome, proseguí a continuar hasta el final de la ruta.

      Mucho tiempo transcurrió para vislumbrar una débil luz que, a lo lejos, tintineaba. Me apresuré a darle alcance, puse toda mi energía en llegar a ella; cuando estaba cerca, una mano tomó mi brazo y momentos después, al darme cuenta de lo sucedido, estaba acostado en una cama.

       La mujer, vestía de color azul pastel, un sombrero con velo tapaba el rostro de la desconocida dama; los finos guantes le llegaban hasta el termino del brazo; al aventar el sombrero un cabello castaño resbalaba como cascada de agua dulce del Niagara; su vestido se deslizaba sobre su escultural cuerpo.

       Maravillado esperaba a la misteriosa doncella para tenerla entre mis brazos: desnuda por completo, de espaldas a mí, mostrándome su trasero grande. Al darse vuelta quedé impactado, pues tenía el cuerpo de una joven, pero el rostro de una calavera: los ojos vacíos, destruidos, sin vida ya; el hueso todavía con pedazos de carne putrefacta, con gusanos en las grietas o suturas que unen a la cabeza.

       Descalza se acercaba a mí, traté de levantarme, mas unas ramas que salieron de la cama me sujetaron de las extremidades. – ¡Socorro, el alma de Viviana me persigue! – grité, el espeluznante ser se posó encima mío, sentía el calor de sus piernas en mi estómago Agachando la faz la tuve enfrente, cara a cara, el asco me hizo vomitarle encima; aún con el viscoso líquido, sus dientes se juntaron con mi boca, dándome un beso repugnante. Abrió la quijada, de entre sus mandíbulas surgió un bicho parecido a una sanguijuela, lo depositó en mis labios, impidiéndome hablar.

       La belleza de su cuerpo se pudría lentamente, la carne y sangre quedaron sobre mí, dejando al descubierto el frío esqueleto. Trataba de gritar, pero no producía ningún sonido, desesperado, movía la cabeza de un lado a otro. Cerré los ojos y cuando los volví abrir… respiré tranquilo.

      -Fue un maldito sueño- me dije a mis adentros. La mesa y las cosas del cuarto estaban destruidas, varias de mis pertenencias se habían hecho añicos, de pronto, una botella de licor rodó hacia mí para que volviera a tomar su delicioso contenido. Sin pensarlo, la levanté y bebí un trago.

 

Acerca del autor

Tomás Pacheco Estrada es un escritor y cineasta, nacido en 1978,  ha participado en el Concurso de Corto de terror Annabelle 2 con el cortometraje Almas Malditas. Ha publicado sus relatos en los libros de: Antología Tinta Café, Trapiche,  Vive la Muerte 400 palabras 400 años.
Actualmente escribe para las revistas y sitios electrónicos de Marabunta, Revista Fantastique y Minatura; así como en el fanzine De Parasito.