Hay eventos que cambian significativamente nuestra vida, algunas veces son momentos, a veces libros, en otras personas. Hoy Héctor Daniel Olivera Campos nos comparte una interesante historia.

 

En cuarto de primaria llegó una niña extranjera a nuestra aula. Hablaba castellano, pero con un marcado acento que nos sonaba extraño y que nos parecía ridículo; por lo que, de inmediato, la hicimos blanco de nuestras peores bromas. Nos burlábamos tanto que a la hora del recreo conseguimos que nadie quisiese jugar con ella. La chiquilla me daba pena, pero yo también era de las que la criticaba, aunque con poca convicción, más que nada, para no quedar fuera del rebaño maldiciente.

     Un día, durante el recreo, estábamos jugando a la mariola y la niña extranjera se nos acercó y nos contó que en su país ese juego se llamaba rayuela. Mis amigas volvieron a reírse de ella, pero yo encontré que tenía mucha lógica, pues el tablero sobre el que saltábamos eran un conjunto de rayas que habíamos pintado con tizas de colores sobre el suelo de hormigón y que delineaban toscos rectángulos. Reprendí a mis compañeras de juego y, desde aquella mañana, me hice amiga de Viviana, que así se llamaba la chiquilla.

    En los meses que siguieron Viviana me contó muchas cosas de su país, Argentina. Disfruté tanto escuchando las novedades que me narraba que pasó a ser mi mejor amiga -aunque confieso que no me llegó a gustar el mate, que una vez me dio a probar en casa de sus padres-.

    Cuando finalizó sexto de primaria la familia de Viviana se mudó a otra ciudad y nuestros caminos se separaron para siempre. Me legó muchos buenos momentos que recuerdo con afecto.  Creo que fue ella la que sembró en mi mente mis deseos de viajar, conocer otras culturas y deleitarme escuchando acentos diferentes al mío.

     Años después, cuando estudiaba bachillerato y me deshacía en dudas acerca de la carrera universitaria que debía escoger -mi padre se había empeñado en que estudiara Administración de Empresas-, sucedió que pasé ante una librería en cuyo escaparate se exhibía un libro que se titulaba “Rayuela” -el nombre del autor me era familiar-. Me acordé de mi amiga Viviana y, con una sonrisa en los labios, entré en la librería y compré la novela.

      Hay libros que cambian el destino de un alma y a mí me ocurrió con “Rayuela”. Para mí fue un deslumbramiento absoluto y me descubrió las posibilidades de la literatura como arte. Hasta entonces la literatura había significado para mí nada más que una forma de ocio, un entretenimiento. El que me obligaran a leer en la escuela “El Quijote” y “La Celestina”, a una edad, creo yo que inadecuada para entender tales obras, había sembrado en mí una aversión preventiva a los clásicos y, por extensión, hacia la alta literatura. Sin embargo con Cortázar tuve un flechazo. Tras “Rayuela” me leí toda la obra del argentino. Y cuando terminé de leerme a Cortázar me zampé Borges al completo. Nadie vuelve a ser el mismo, nadie sale igual que cuando entró tras visitar a Julio y a Jorge Luís -creo que me he ganado el derecho a tutearlos-. Descubrí mi vocación y elegí estudiar literatura comparada en la universidad desafiando la férrea oposición paterna.

     Mucho más tarde me enteré que el juego que en Galicia llamamos mariola y en Argentina rayuela es probablemente el juego que más nombres tiene en castellano dependiendo del lugar en el que se juegue. Cuando tuve mi primera hija y hube de nombrarla, no lo dudé, la tomé en brazos, recién nacida y le dije: “Te llamarás Mariola”.

 

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